Friday, October 28, 2011

Caridad es el primer mandamiento

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Nuestra liturgia dominical se enriquece hoy por diversos motivos de agradecimiento y de súplica a Dios. Mientras que, de hecho, celebramos con toda la Iglesia la Jornada Mundial Misionera -cita anual que pretende renovar el impulso y el compromiso por la misión-, damos gracias al Señor por tres nuevos santos: el obispo Guido María Conforti, el sacerdote Luigi Guanella y la religiosa Bonifacia Rodríguez de Castro. Con alegría dirijo mi saludo a todos los presentes, en particular a las Delegaciones oficiales y a los numerosos peregrinos venidos para celebrar a estos tres ejemplares discípulos de Cristo.
La Palabra del Señor, que se ha escuchado antes en el Evangelio, nos ha recordado que toda la Ley divina se resume en el amor. El evangelista Mateo relata que los fariseos, después de que Jesús responda a los saduceos cerrándoles la boca, se reúnen para probarle (cfr 22,34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le pregunta: “Maestro, en la ley ¿cuál es el mandamiento más importante?”(v. 36). A la pregunta, totalmente intencionada, Jesús responde con absoluta sencillez: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer y más importante de los mandamientos”(vv. 37-38). En efecto, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Él debe, como dice la Escritura, penetrar todos los estratos de nuestro ser y colmarlos plenamente: el corazón debe conocerlo a Él y debe dejarse tocar por Él; así también el alma, las energías de nuestra voluntad y decisión, así como también la inteligencia y el pensamiento. Es un poder decir como San Pablo: “no vivo sólo yo, sino que Cristo vive en mí”(Gal 1,20).
Justo después, Jesús añade algo, que en verdad, no lo había preguntado el doctor de la ley: “El segundo es igual a este: Ama a tu prójimo como a ti mismo”(v. 39). Declarando que el segundo mandamiento es similar al primero, Jesús deja entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho, el signo visible con el que el cristiano puede mostrar al mundo el amor a Dios, es el amor a los hermanos. ¡Qué providencial resulta ahora el hecho de que justo hoy la Iglesia presente a todos sus miembros, tres nuevos santos que se dejaron transformar por la caridad divina y de ella haya recibido la impronta toda su existencia. En distintas situaciones y con distintos carismas, ellos amaron al Señor con todo el corazón y al prójimo como a sí mismos “de manera que se convierten en modelo para todos los creyentes” (1Ts 1,7).
El Salmo 17, poco antes proclamado, invita a abandonarse con confianza en las manos del Señor, que es “fiel a su consagrado” (v. 51). Este comportamiento interior guió la vida y el ministerio de san Guido María Conforti. Incluso desde que era joven, tuvo que superar la oposición del padre para entrar en el seminario, donde dio pruebas de tener un carácter decidido en el seguimiento de la voluntad de Dios, en el corresponder en todo a aquella caritas Christi que en la contemplación del Crucifijo, lo atraía a sí. Sintió fuertemente la urgencia de anunciar este amor a todos los que no habían recibido este anuncio y el lema “Caritas Christi urget nos” (cfr 2Cor 5,14) sintetiza el programa del Instituto Misionero, al que, apenas con treinta años, dio vida: una familia religiosa puesta enteramente al servicio de la evangelización, bajo el patrocinio del gran apóstol de Oriente, San Francisco Javier. Este empuje apostólico de San Guido María, fue llamado a vivirlo en el ministerio episcopal, primero en Rávena y después en Parma, donde se dedicó, con todas sus fuerzas, al bien de las almas que se le confiaron, sobre todo de las que se habían alejado del camino del Señor.
Su vida estuvo marcada por numerosas pruebas, muchas de ellas graves. Él supo aceptar todas las situaciones docilidad, acogiéndolas como indicación del camino marcado para él por la divina Providencia; en toda circunstancia, también en las derrotas más mortificantes, supo reconocer el diseño de Dios, que lo guiaba a edificar su Reino sobre todo en la renuncia de sí mismo y en la aceptación cotidiana de su voluntad, con un abandono confiado cada vez más pleno. Él, en primer lugar, experimentó y testificó lo que enseñaba a sus misioneros, que la perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, siguiendo el modelo de Jesús Crucificado. San Guido María Conforti tuvo su mirada interior fija en la Cruz, que dulcemente lo atraía a sí; en esta contemplación veía abrirse el horizonte entero, donde surgía el “urgente” deseo, escondido en el corazón de todo hombre, de recibir y acoger el anuncio del único amor que salva.
El testimonio humano y espiritual de San Luigi Guanella es para toda la Iglesia un particular don de gracia. Durante su existencia terreno, vivió con coraje y determinación el Evangelio de la Caridad, el “gran mandamiento” que también hoy la Palabra de Dios ha recordado. Gracias a la profunda y continua comunión con Cristo, en la contemplación de su amor, el padre Guanella, guiado por la Providencia divina, se convirtió en compañero y maestro, consuelo y alivio de los más pobres y de los más débiles. El amor de Dios animaba en Él el deseo del bien por las personas que se le confiaron, en la realidad de la vivencia cotidiana. Dedicaba a todos una rápida atención, respetando sus tiempos de crecimiento y cultivando en el corazón la esperanza que todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, gustando la alegría de ser amado por Él – Padre de todos-, que puede obtener y dar a los demás lo mejor de uno mismo. Queremos hoy alabar y dar gracias al Señor porque en San Luigi Guanella nos ha dado un profeta y un apóstol de la caridad. En su testimonio, tan cargado de atención y de humanidad hacia los últimos, reconocemos un signo luminoso de la presencia y de la acción benéfica de Dios: el Dios -como se ha oído en la Primera Lectura- que defiende al forastero, a la viuda, al huérfano, al pobre que debe dar en prenda su propia capa, la única que tiene para cubrirse por la noche (cfr Ex 22,20-26). Que este nuevo Santo de la caridad sea, para todos, en particular para los miembros de las Congregaciones fundadas por él, modelo de profunda y fecunda síntesis entre la contemplación y la acción, así como él la vivió y la puso por obra. Toda su experiencia humana y espiritual la podemos resumir en las últimas palabras que pronunció en su lecho de muerte: “in caritate Christi”. Y el amor de Cristo que ilumina la vida de todo hombre, revelando como en el don de uno mismo al otro no se pierde nada, sino que se cumple verdaderamente nuestra felicidad. Que San Luigi Guanella nos regale crecer en la amistad con Dios, para promover la vida en todas sus manifestaciones y condiciones, y hacer que la sociedad humana se convierta cada vez más en la familia de los hijos de Dios.
En la segunda Lectura hemos escuchado un pasaje de la Primera Carta a los Tesalonicenses, un texto que usa la metáfora del trabajo manual para describir la labor evangelizadora y que, en cierto modo, puede aplicarse también a las virtudes de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Cuando san Pablo escribe la carta, trabaja para ganarse el pan; parece evidente por el tono y los ejemplos empleados, que es en el taller donde él predica y encuentra sus primeros discípulos. Esta misma intuición movió a Santa Bonifacia, que desde el inicio supo aunar su seguimiento de Jesucristo con el esmerado trabajo cotidiano. Faenar, como había hecho desde pequeña, no era sólo un modo para no ser gravosa a nadie, sino que suponía también tener la libertad para realizar su propia vocación, y le daba al mismo tiempo la posibilidad de atraer y formar a otras mujeres, que en el obrador pueden encontrar a Dios y escuchar su llamada amorosa, discerniendo su propio proyecto de vida y capacitándose para llevarlo a cabo. Así nacen las Siervas de San José, en medio de la humildad y sencillez evangélica, que en el hogar de Nazaret se presenta como una escuela de vida cristiana. El Apóstol continúa diciendo en su carta que el amor que tiene a la comunidad es un esfuerzo, una fatiga, pues supone siempre imitar la entrega de Cristo por los hombres, no esperando nada ni buscando otra cosa que agradar a Dios. Madre Bonifacia, que se consagra con ilusión al apostolado y comienza a obtener los primeros frutos de sus afanes, vive también esta experiencia de abandono, de rechazo precisamente de sus discípulas, y en ello aprende una nueva dimensión del seguimiento de Cristo: la Cruz. Ella la asume con el aguante que da la esperanza, ofreciendo su vida por la unidad de la obra nacida de sus manos. La nueva Santa se nos presenta como un modelo acabado en el que resuena el trabajo de Dios, un eco que llama a sus hijas, las Siervas de San José, y también a todos nosotros, a acoger su testimonio con la alegría del Espíritu Santo, sin temer la contrariedad, difundiendo en todas partes la Buena Noticia del Reino de los cielos. Nos encomendamos a su intercesión, y pedimos a Dios por todos los trabajadores, sobre todo por los que desempeñan los oficios más modestos y en ocasiones no suficientemente valorados, para que, en medio de su quehacer diario, descubran la mano amiga de Dios y den testimonio de su amor, transformando su cansancio en un canto de alabanza al Creador.
“Te amo Señor, mi fuerza”. Así, queridos hermanos y hermanas, hemos aclamado con el Salmo responsorial. De tal amor apasionado son signo elocuente estos tres nuevos santos. Dejémonos atraer por su ejemplo, dejémonos guiar por sus enseñanzas, para que toda nuestra existencia se convierta en testimonio del auténtico amor a Dios y al prójimo.
Nos obtenga esta gracia la Virgen María, Reina de los Santos, y también la intercesión de San Guido María Conforti, San Luigi Guanella y Santa Bonifacia Rodríguez de Castro. Amén.
(Homilía del Papa en la canonización de los santos Guido Conforti, Luis Guanella y Bonifacia Rodríguez de Castro en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano 24-10-2011)
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Recordar los dones que Dios nos ha dado es fuente de esperanza

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Hoy querría meditar con vosotros un Salmo que resume toda la historia de salvación de la que el Antiguo Testamento nos da testimonio. Se trata de un gran himno de alabanza que celebra al Señor en las múltiples, repetidas manifestaciones de su bondad a través de la historia de los hombres: es el Salmo 136, o 135 según la tradición greco-latina.
Solemne oración de acción de gracias, conocido como el “Gran Hallel”, este Salmo se canta tradicionalmente al final de la cena pascual hebrea y Jesús probablemente también lo rezó en la última Pascua celebrada con los discípulos; a eso parece que se refiere la nota de los Evangelistas: “Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos” (cf. Mt 26,30; Mc 14,26). El horizonte de la alabanza ilumina así el difícil camino hacia el Gólgota. Todo el Salmo 136 se desarrolla en forma de letanía con la repetición de la antífona “porque su amor es para siempre”. A través de la composición se enumeran los muchos prodigios de Dios en la historia de los hombres y sus continuas intervenciones a favor de su pueblo; y a cada proclamación de la acción salvífica del Señor responde la antífona con la motivación fundamental de la alabanza: el amor eterno de Dios, un amor que, según el término judío utilizado, implica fidelidad, misericordia, bondad, gracia, ternura. Y este es el motivo que une todo el Salmo, repetido siempre de forma similar, mientras cambian las manifestaciones puntuales y paradigmáticas: la creación, la liberación del éxodo, el don de la tierra, la ayuda providencial y constante del Señor hacia su pueblo y a cada criatura.
Después de una triple invitación al agradecimiento al Dios soberano (vv. 1-3), se celebra al Señor como aquel que hace “grandes maravillas” (v.4), la primera de las cuales es la creación: el cielo, la tierra, los astros (vv. 5-9). El mundo creado no es un simple escenario en el que se inserta la actuación salvífica de Dios, sino que es el inicio de esta actuación maravillosa. Con la Creación, el Señor se manifiesta en toda su bondad y belleza, se compromete con la vida, revelando una voluntad de bien de la que emana toda actuación de salvación. Y en nuestro Salmo, haciéndose eco del primer capítulo del Génesis, el mundo creado se resume es sus elementos principales, insistiendo, especialmente, en los astros, el sol, la luna, las estrellas, criaturas magníficas que gobiernan el día y la noche. No se habla aquí de la creación del ser humano, pero está presente; el sol y la luna son para él -para el hombre-, para calcular el tiempo del hombre, poniéndolo en relación con el Creador, sobre todo a través de la indicación de los tiempos litúrgicos.
Y es la misma fiesta de Pascua la que se evoca poco después, cuando pasando a la manifestación de Dios en la historia, se inicia el gran suceso de la liberación de la esclavitud de los egipcios, del éxodo, marcado con sus elementos más significativos: la liberación de Egipto con la plaga de los primogénitos egipcios, la salida de Egipto, el paso del Mar Rojo, el camino en el desierto hasta la entrada a la tierra prometida (vv.10-20). Estamos en el momento originario de la historia de Israel. Dios ha intervenido potentemente para llevar a su pueblo a la libertad; a través de Moisés, su enviado, se ha impuesto al faraón revelándose en toda su grandeza y, finalmente, ha vencido la resistencia de los egipcios con el terrible flagelo de la muerte de los primogénitos. Así Israel puede dejar el país de la esclavitud, con el oro de sus opresores (cf. Ex 12,35-36), “con la mano alzada” (Ex 14,8), en el signo exultante de la victoria. También en el Mar Rojo, el Señor actúa con poder misericordioso.
Ante un Israel aterrorizado por la visión de los egipcios que los persiguen, hasta el punto de que se lamentan de haber dejado Egipto (cf. Ex 14,10-12), Dios, come dice nuestro Salmo, “el mar de Suf partió en dos […] por medio a Israel hizo pasar […] hundió en él al faraón con sus huestes” (vv. 13-15). La imagen del Mar Rojo “partido” en dos, parece evocar la idea del mar como un gran monstruo que se corta en dos trozos y que resulta inofensivo. El poder del Señor vence la peligrosidad de las fuerzas de la naturaleza y de las militares puestas en juego por los hombres: el mar, que parece bloquear el camino al pueblo de Dios, deja pasar a Israel a pie seco y después se cierra sobre los Egipcios ahogándolos. “Mano potente y tenso brazo” del Señor (cf. Dt 5,15; 7,19; 26,8) se muestran así en toda su fuerza salvífica: el injusto opresor ha sido vencido, ahogado en las aguas, mientras que el pueblo de Dios “pasa por medio” de ellas para continuar su camino hacia la libertad.
A este camino se refiere nuestro Salmo recordando, con una frase brevísima, el largo peregrinar de Israel hacia la tierra prometida: “Guió a su pueblo en el desierto, porque es eterno su amor” (v.16). Estas pocas palabras contienen una experiencia de cuarenta años, un tiempo decisivo para Israel que, dejándose guiar por el Señor, aprende a vivir en la fe, en la obediencia y en la docilidad a la ley de Dios. Son años difíciles, marcados por la dureza de la vida en el desierto, aunque también son años felices, de confianza en el Señor, de confianza filial; es el tiempo de la “juventud”, como lo define el profeta Jeremías hablando a Israel, en nombre del Señor, con expresiones llenas de ternura y de nostalgia: “De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada (Jr2,2). El Señor, como el pastor del Salmo 23 que ya hemos visto en otra catequesis, durante cuarenta años guió a su pueblo, lo educó y amó, llevándolo hasta la tierra prometida, venciendo también las resistencias y hostilidades de pueblos enemigos que querían obstaculizar el camino de la salvación (cf. vv. 17-20).
En la descripción de las “grandes maravillas” que nuestro Salmo enumera, se llega al momento del don final, del cumplimiento de la promesa divina hecha a los Padres: “Y dio sus tierras en herencia, porque es eterno su amor; en herencia a su siervo Israel, porque es eterno su amor (vv. 21-22). En la celebración del amor eterno del Señor, se hace ahora memoria del don de la tierra, un don que el pueblo debe recibir pero sin poseer, viviendo continuamente con un comportamiento de acogida consciente y agradecida. Israel recibe el territorio donde habitar como “herencia”, un término que designa de un modo genérico la posesión de un bien recibido de otro, un derecho de propiedad que, de forma específica, hace referencia al patrimonio paterno. Una de las prerrogativas de Dios es la de “dar”; y ahora al final del camino del éxodo, Israel, destinatario del don, como un hijo, entra en el país de la promesa realizada. Ha terminado el tiempo del vagabundeo, bajo las tiendas, en una vida marcada por la precariedad. Ahora ha comenzado el tiempo feliz de la estabilidad, de la alegría de construir casas, de plantar las viñas, de vivir en la seguridad (cf. Dt 8,7-13). Pero es también el tiempo de la tentación de los ídolos, de la contaminación con los paganos, de la autosuficiencia que hace caer en el olvido el Origen del don. Por esto el Salmista menciona la humillación y los enemigos, una realidad de muerte en la que el Señor, de nuevo, se revela como Salvador: “En nuestra humillación se acordó de nosotros, porque es eterno su amor; y nos libró de nuestros adversarios, ¡porque es eterno su amor! (vv. 23-24).
En este punto nace la pregunta: ¿Cómo podemos hacer de este Salmo nuestra oración, cómo podemos apropiarnos, por nuestra oración, de este Salmo? Es muy importante el marco del Salmo, al principio y al final: está la creación. Volveremos a este punto: la creación como el gran don de Dios del que vivimos, en el que Él se revela en su bondad y en su grandeza. Por tanto, tener presente la creación como don de Dios es un punto común para todos nosotros. Después continúa la historia de salvación. Naturalmente podemos decir: esta liberación de Egipto, el tiempo del desierto, la entrada en la Tierra Santa y después los demás problemas, están muy lejanos de nosotros, no es nuestra historia. Pero debemos estar atentos a la estructura fundamental de esta oración. La estructura fundamental es que Israel se acuerda de la bondad del Señor. En esta historia hay muchos valles oscuros, muchos momentos de dificultades y de muerte, pero Israel se acuerda de que Dios era bueno y puede sobrevivir en este valle oscuro, en este valle de muerte porque se acuerda. Tiene el recuerdo de la bondad del Señor, de su poder; su misericordia es eterna. Y esto es importante también para nosotros: acordarnos de la bondad del Señor. La memoria se convierte en fuerza de la esperanza. El recuerdo nos dice: Dios está, Dios es bueno, eterna es su misericordia. Y así el recuerdo abre, incluso en la oscuridad de un día, de un momento, el camino hacia el futuro: es la luz y la estrella que nos guía. También nosotros tenemos un recuerdo del bien, del amor misericordioso, eterno de Dios. La historia de Israel ya es un memorial también para nosotros, cómo se muestra Dios, cómo se ha creado un pueblo. Después Dios se ha hecho hombre, uno de nosotros: ha vivido con nosotros, ha sufrido con nosotros, ha muerto por nosotros. Permanece con nosotros en el Sacramento y en la Palabra. Es una historia, un memorial de la bondad de Dios que nos asegura su bondad: su amor es eterno. Y también en estos dos mil años de historia de la Iglesia, está siempre, la bondad del Señor. Después del periodo oscuro de la persecución nazi y comunista, Dios nos ha liberado, ha mostrado que es bueno, que tiene fuerza, que su misericordia vale para siempre. Y, como en la historia común, colectiva, está presente esta memoria de la bondad de Dios, nos ayuda, se convierte en estrella de esperanza, de manera que cada uno tiene su historia personal de salvación, y debemos hacer un tesoro de esta historia, tener siempre presentes en la memoria las grandes cosas que Dios ha hecho en mi vida, para tener confianza: su misericordia es eterna. Y si hoy estoy en la noche oscura, mañana Él me libera porque su misericordia es eterna.
Volvamos al Salmo, porque, al final, vuelve a la creación. El Señor -dice así- “Él da el pan a toda carne, porque es eterno su amor” (v. 25). La oración del Salmo se concluye con una invitación a la alabanza: “¡Dad gracias al Dios de los cielos, porque es eterno su amor!”. El Señor es el Padre bueno y providente, que da la herencia a sus propios hijos y el alimento para que todos vivan. El Dios que ha creado los cielos y la tierra y las grandes luces celestes, que entra en la historia de los hombres para llevar a la salvación a todos sus hijos, es el Dios que llena el universo con su presencia de bien, cuidando la vida y dando el pan. El invisible poder del Creador y Señor cantado en el Salmo se revela en la pequeña visibilidad del pan que nos da, con el que nos hace vivir. Y así este pan cotidiano simboliza y sintetiza el amor de Dios como Padre, y nos abre al cumplimiento del Nuevo Testamento, a aquel “pan de la vida”, la Eucaristía, que nos acompaña en nuestra existencia de creyentes, anticipando la alegría definitiva del banquete mesiánico en el Cielo.
Hermanos y hermanas, la alabanza del Salmo 136 nos ha hecho recorrer las etapas más importantes de la historia de la salvación, hasta alcanzar el misterio pascual, en el que la acción salvadora de Dios llega a su culmen. Con alegría consciente celebramos, por tanto, al Creador, Salvador y Padre fiel, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios se hace hombre para dar vida, para salvarnos a cada uno de nosotros, y se da como pan en el misterio eucarístico para hacernos entrar en su alianza que nos convierte en hijos. A todo esto llega la misericordia de Dios y la sublimidad de “su amor eterno”.
Quisiera concluir esta catequesis haciendo mías las palabras que San Juan escribe en su Primera Carta y que debemos tener siempre presentes en nuestra oración “¡Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1). Gracias.

Monday, October 17, 2011

El Papa convoca un año dedicado a la fe

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Como he hecho hace poco durante la homilía de la Misa, con gusto aprovecho de esta ocasión para anunciar que he decidido convocar un especial “Año de la Fe”, que comenzará el 11 de octubre de 2012 –50° aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II– y concluirá el 24 de noviembre de 2013, Solemnidad de Cristo Rey del universo. Las motivaciones, las finalidades y las líneas directivas de este “Año”, las he expuesto en una Carta Apostólica que será publicada en los próximos días. El Siervo de Dios Pablo VI convocó un análogo “Año de la fe” en 1967, con ocasión del décimo noveno centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, durante un periodo de grandes cambios culturales. Considero que, transcurrido medio siglo de la apertura del Concilio, ligada a la feliz memoria del Beato Juan XXIII, sea oportuno recordar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario, y hacerlo en perspectiva no tanto celebrativa, sino más bien misionera, en la perspectiva, justamente, de la misión ad gentes y de la nueva evangelización.
Queridos amigos, en la Liturgia de este domingo se lee lo que san Pablo escribió a los Tesalonicenses: “Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión”. Que esta palabra del Apóstol de las gentes sea auspicio y programa para los misioneros de hoy –sacerdotes, religiosos y laicos– comprometidos en anunciar a Cristo a quien no lo conoce, o a quien lo ha reducido a simple personaje histórico. Que la Virgen María ayude a cada cristiano a ser un válido testimonio del Evangelio.

La persuación de la fe no la dan las técnicas sino el Espíritu Santo

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Con alegría celebro hoy la Misa para vosotros, que estáis comprometidos en muchas partes del mundo en las fronteras de la nueva evangelización. Esta Liturgia es la conclusión del encuentro que ayer os llamó a confrontaros en los ámbitos de esa misión y a escuchar algunos testimonios significativos. Yo mismo he querido presentaros algunos pensamientos, mientras hoy parto para vosotros el pan de la Palabra y de la Eucaristía, en la certeza –compartida por todos nosotros- de que sin Cristo, Palabra y Pan de vida, no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Estoy contento porque este congreso se sitúa en el contexto del mes de octubre, precisamente una semana antes de la Jornada Mundial de las Misiones: esto pone a la nueva evangelización en su justa dimensión, en armonía con la de la misión ad gentes.
Vamos ahora a las lecturas bíblicas en las cuales hoy el Señor nos habla. La primera, extraída del Libro de Isaías, nos dice que Dios es uno, es único; no hay otros dioses fuera del Señor, e incluso el poderoso Ciro, emperador de los persas, forma parte de un plan más grande, que sólo Dios conoce y lleva adelante. Esta lectura nos da el sentido teológico de la historia: los cambios de época, el sucederse de las grandes potencias, están bajo el supremo dominio de Dios; ningún poder terreno puede colocarse en su lugar. La teología de la historia es un aspecto importante, esencial, de la nueva evangelización, porque los hombres de nuestro tiempo, tras el nefasto periodo de los imperios totalitarios del siglo XX, necesitan reencontrar una visión global del mundo y del tiempo, una visión verdaderamente libre, pacífica, esa visión que el Concilio Vaticano II ha transmitido en sus Documentos, y que mis Predecesores, el siervo de Dios Pablo VI y el beato Juan Pablo II, han ilustrado con su Magisterio.
La segunda lectura es el inicio de la Primera Carta a los Tesalonicenses, y esto ya es muy sugerente, porque se trata de la carta más antigua que nos ha llegado del mayor evangelizador de todos los tiempos, el apóstol Pablo. Él nos dice ante todo que no se evangeliza de manera aislada: también él tenía de hecho como colaboradores a Silvano y Timoteo (cfr 1 Ts 1,1), y a muchos otros. E inmediatamente agrega otra cosa muy importante: que el anuncio debe estar siempre precedido, acompañado y seguido de la oración. Escribe de hecho: “En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros, recordándoos sin cesar en nuestras oraciones” (v. 2). El Apóstol se dice bien consciente del hecho de que los miembros de la comunidad no los ha elegido él, sino Dios: “fueron elegidos por él”, afirma (v. 4). Cada misionero del Evangelio debe siempre tener presente esta verdad: es el Señor quien toca los corazones con su Palabra y su Espíritu, llamando a las personas a la fe y a la comunión en la Iglesia. Finalmente, Pablo nos deja una enseñanza muy preciosa, extraída de su experiencia. Escribe: “Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo con plena persuasión” (v. 5). La evangelización para ser eficaz, necesita la fuerza del Espíritu, que anime el anuncio e infunda en quien lo lleva esa “plena persuasión” de la cual nos habla el Apóstol. Este término “persuasión”, “plena persuasión” en el original griego, es pleroforìa: un vocablo que no expresa tanto el aspecto subjetivo, psicológico, sino más bien la plenitud, la fidelidad, lo completo, en este caso del anuncio de Cristo. Anuncio que, para ser completo y fiel, necesita estar acompañado de signos, de gestos, como la predicación de Jesús. Palabra, Espíritu y persuasión -así entendida- son entonces inseparables y concurren a hacer así que el mensaje evangélico se difunda con eficacia.
Nos detenemos ahora en el pasaje del Evangelio. Se trata del texto sobre la legitimidad del tributo que hay que pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios” (Mt 22,21). Pero antes de llegar a este punto, éste es un pasaje que se puede referir a cuanto tienen la misión de evangelizar. De hecho, los interlocutores de Jesús –discípulos de los fariseos y herodianos- se dirigen a Él con una apreciación, diciendo: “Sabemos que eres veraz y enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie porque no miras la condición de las personas” (v. 16). Y es precisamente esta afirmación, aun surgida de la hipocresía, la que debe llamar nuestra atención. Los discípulos de los fariseos y los herodianos no creen en lo que dicen. Lo afirman con una captatio benevolentiae para que los escuchen, pero su corazón está bien lejos de esa verdad; más bien quieren ponerle una trampa a Jesús para poderlo acusar. Para nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es verdadero y enseña el camino de Dios según la verdad y no está sujeto por nadie. Él mismo es este “camino de Dios”, que nosotros estamos llamados a recorrer. Podemos recordar las palabras de Jesús, en el Evangelio de Juan: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (14,6). Es iluminador al respecto el comentario de San Agustín: “era necesario que Jesús dijese: Yo soy el camino, la verdad y la vida” porque una vez conocido el camino faltaba conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y ¿nosotros dónde vamos sino a Él? ¿y por qué camino vamos sino a través de Él? (In Ioh 69, 2). Los nuevos evangelizadores están llamados a caminar los primeros en este Camino que es Cristo, para hacer conocer a los demás la belleza del Evangelio que da la vida. Y en este Camino, no se camina nunca solos, sino en compañía: una experiencia de comunión y de fraternidad que se ofrece a cuantos encontramos, para hacer partícipes a los demás de nuestra experiencia de Cristo y de su Iglesia. Así, el testimonio, junto al anuncio, puede abrir el corazón de los están en busca de la verdad, para que puedan alcanzar el sentido de su propia vida.
Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, ligado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se paga, porque la imagen de la moneda es la suya; pero el hombre, todo hombre, lleva consigo otra imagen, la de Dios, y por tanto es de Él, y sólo de Él de quien cada uno es deudor de su existencia. Los Padres de la Iglesia, inspirándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del Emperador acuñada en la moneda del tributo, han interpretado este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del Libro del Génesis. 
Un Autor anónimo escribe: “La imagen de Dios no está impresa en el oro sino en el género humano. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad… por tanto, da tu riqueza al César, pero reserva a Dios la inocencia única de tu conciencia donde Dios es contemplado… El César, en efecto, ha impreso su imagen en cada moneda, pero Dios ha escogido al hombre, que él ha creado, para reflejar su gloria” (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42). Y San Agustín ha utilizado muchas veces esta referencia en sus homilías: “Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda –afirma-, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (En. in Ps., Salmo 94, 2). Y aún: “Como se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… Cristo en efecto habita en el interior del hombre” (Ivi, Salmo 4, 8).
Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir solamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, recordar su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida.
Precisamente para dar renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el que a menudo se encuentran hacia el lugar de la vida, la amistad con Cristo que nos da su vida en plenitud, quisiera anunciar en esta Celebración eucarística que he decidido declarar un “Año de la fe” que ilustraré con una especial Carta apostólica. Este “Año de la fe” empezará el 11 de octubre del 2012, en el 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará el 24 de noviembre del 2013, Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Será un momento de gracia y de compromiso por una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en Él y para anunciarLo con alegría al hombre de nuestro tiempo. 
Queridos hermanos y hermanas, vosotros estáis entre los protagonistas de la evangelización nueva que la Iglesia ha emprendido y lleva adelante, no sin dificultad, pero con el mismo entusiasmo de los primeros cristianos. 
En conclusión, hago mías las expresiones del apóstol Pablo que hemos escuchado: agradezco a Dios por todos vosotros. Y os aseguro que os llevo en mis oraciones, consciente de vuestro compromiso en la fe, vuestra laboriosidad en la caridad y vuestra constante esperanza en Jesucristo nuestro Señor.
Que la Virgen María, que no tuvo miedo a responder “sí” a la Palabra del Señor y, después de haberla concebido en su seno, se puso en camino llena de alegría y esperanza, sea siempre vuestro modelo y vuestra guía. Aprended de la Madre del Señor y Madre nuestra a ser humildes y al mismo tiempo valerosos; sencillos y prudentes; equilibrados y fuertes, no con la fuerza del mundo, sino con la de la verdad. Amén.
(Homilía durante la celebración eucarística de clausura del primer encuentro internacional de nuevos evangelizadores en la Basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 16-10-2011)


No debemos perder nunca la esperanza en Dios

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En las anteriores catequesis hemos meditado sobre algunos Salmos de lamento y de fe. Hoy quisiera reflexionar con vosotros sobre un Salmo de tipo festivo, una oración que, en la alegría, habla de las maravillas de Dios. Es el Salmo 126 -según la numeración greco-latina el 125-, que celebra las grandes cosas que el Señor ha realizado en su pueblo y que continuamente realiza en todos los creyentes.
El Salmista, en nombre de todo Israel, comienza su oración recordando la experiencia exultante de la salvación:
“Cuando Yaveh hizo volver a los cautivos de Sión,
como soñando nos quedamos;
entonces se llenó de risa nuestra boca
y nuestros labios de gritos de alegría” (vv. 1-2a).
El Salmo habla de una “suerte restablecida”, es decir restituida a su estado original, en toda su anterior positividad. Es decir, se parte de una situación de sufrimiento y de necesidad a la que Dios responde dando la salvación y llevando al orante a la condición anterior, incluso enriquecida y mejorada. Es lo que le sucede a Job, cuando el Señor le devuelve todo lo que había perdido, redoblándolo y ampliando una bendición todavía mayor (cfr Jb 42,10-13), es lo que experimenta el pueblo de Israel cuando vuelve a su patria tras el exilio en Babilonia. Es justamente la referencia al fin de la deportación en tierra extranjera lo que se interpreta en este Salmo: la expresión “restablecer la suerte de Sión” es leída y comprendida por la tradición como un “hacer volver a los prisioneros de Sión”. En efecto, el retorno del exilio es el paradigma de toda intervención divina de salvación porque la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia han sido unas experiencias devastadoras para el pueblo elegido, no sólo sobre el plano político y social, sino también y sobre todo en el plano religioso y espiritual. La pérdida de la tierra, el final de la monarquía davídica y la destrucción del Templo parecen un desmentido de las promesas divinas, y el pueblo de la alianza, dispersado entre los paganos, se interroga dolorosamente sobre un Dios que parece haberlos abandonado. Por esto, el final de la deportación y el retorno a la patria se experimentan como un maravilloso retorno a la fe, a la confianza, a la comunión con el Señor; es un “restablecimiento de la suerte” que implica también la conversión del corazón, el perdón, la amistad reencontrada con Dios, la conciencia de su misericordia y la renovada posibilidad de alabarlo (cfr Jr 29,12-14; 30,18-20; 33,6-11; Ez 39,25-29). Se trata de una experiencia de alegría abrumadora, de sonrisas y de gritos de júbilo, talmente bella que “nos parece soñar”. Las intervenciones divinas tienen, a menudo, formas inesperadas, que van más allá de lo que el hombre pueda imaginar; de aquí la maravilla y el gozo que se expresan en la alabanza: “El Señor ha hecho cosas grandes”. Es lo que dicen las naciones y es lo que proclama Israel:
“Hasta los mismos paganos decían:
'¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!'.
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría!” (vv. 2b-3).
Dios hace maravillas en la historia de los hombres. Realizando la salvación, se revela a todos como Señor potente y misericordioso, refugio del oprimido, que no se olvida del lamento de los pobres (cfr Sal 9,10.13), que ama la justicia y el derecho y de cuyo amor está llena la tierra (cfr Sal 33,5).
Por esto, ante la liberación del pueblo de Israel, todas las gentes reconocen las cosas grandes y estupendas que Dios realiza para su pueblo y celebran al Señor en su realidad de Salvador. Israel se hace eco de la proclamación de las naciones y la repite, pero como protagonista, como directo destinatario de la acción divina: “Grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros”; “por nosotros” o más precisamente “con nosotros”, en hebreo ‘immanû, afirmando así esta relación privilegiada que el Señor tiene con sus elegidos y que encontrará en el nombre Emmanuel, "Dios con nosotros", con el que se conoce a Jesús, su culmen y su plena manifestación (cfr Mt 1,23).
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración debemos considerar más a menudo como, en los sucesos de nuestra vida, el Señor nos ha protegido, guiado, ayudado y así alabarlo por todo lo que ha hecho por nosotros. Debemos estar atentos a las cosas buenas que el Señor nos da. Estamos siempre pendientes de los problemas, las dificultades y casi no queremos darnos cuentas de las cosas buenas que vienen del Señor. Esta atención, que se convierte en gratitud, es muy importante para nosotros y nos crea un recuerdo del bien que nos ayuda también en las horas de oscuridad. Dios realiza cosas grandes, y quien experimenta esto -atento a la bondad del Señor con la atención del corazón- está lleno de alegría. Con esta nota festiva se concluye la primera parte del Salmo. Ser salvados y volver a la patria del exilio es como volver a la vida: la liberación abre a la risa, pero junto a la esperanza de un cumplimiento que todavía hay que desear y pedir. Esta es la segunda parte del Salmo que dice así:
“¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones.
El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas” (vv. 4-6)
Si al comienzo de la oración, el Salmista celebraba la alegría de una suerte restablecida por el Señor, ahora la pide como una cosa que no se ha realizado todavía. Si se aplica este Salmo a la vuelta del exilio, esta aparente contradicción se explicaría con la experiencia histórica, vivida por Israel, de vuelta a una patria difícil, sólo parcial, que induce al orante a solicitar una ulterior intervención divina para llevar a plenitud la restauración del pueblo.
Pero el Salmo va más allá del dato puramente histórico para abrirse a dimensiones más amplias, de tipo teológico. La experiencia consoladora de la liberación de Babilonia está inacabada, “ya” sucedida, pero “aún no” ha llegado a su plenitud. Así, mientras en la alegría se celebra la salvación recibida, la oración se abre a la esperanza de una plena realización. Por esto el Salmo utiliza imágenes particulares que, con su complejidad, remiten a la realidad misteriosa de la redención, en la que se entrelazan el don recibido y el que todavía no ha llegado, vida y muerte, alegría soñadora y lágrimas penosas. La primera imagen hace referencia a los torrentes secos del Négueb, que con las lluvias se colman de aguas impetuosas que devuelven la vida al terreno seco y lo hacen reflorecer. La petición del Salmista es, por tanto, que el restablecimiento de la suerte del pueblo y la vuelta del exilio sean como el agua, abrumadora e imparable, y capaz de transformar el desierto en una inmensa región de hierba verde y flores.
La segunda imagen se desplaza de las colinas áridas y rocosas del Négueb a los campos que los agricultores cultivan para obtener el alimento. Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe donde caerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si se echará raíces, si se convertirá en espiga (cfr Mt 13,3-9; Mc 4,2-9; Lc 8,4-8). Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. Pero, año tras año, el campesino repite su gesto y lanza su semilla. Cuando esta se convierte en espiga y los campos se llenan de mies, entonces aparece la alegría de quien está ante un prodigio extraordinario. Jesús conocía bien esta experiencia y hablaba de ella con los suyos: “Decía: 'Así es el Reino de Dios: como un hombre que lanza la semilla en el terreno; duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece. Cómo, él mismo no lo sabe” (Mc 4,26-27). Es el misterio escondido de la vida, son las maravillosas “cosas grandes” de la salvación que el Señor realiza en la historia de los hombres y cuyo secreto los hombres ignoran. La intervención divina, cuando se manifiesta en plenitud, muestra una dimensión abrumadora, como los torrentes del Négueb y como el grano de los campos, evocador este último de la desproporción típica de las cosas de Dios: desproporción entre el cansancio de la siembra y la inmensa alegría de la recogida, entre el ansia de la espera y la visión tranquilizadora de los graneros llenos, entre las pequeñas semillas lanzadas a la tierra y la visión de las gavillas doradas por el sol. En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante.
A todo esto se refiere el Salmista para hablar de la salvación, de la liberación, del restablecimiento de la suerte, del retorno del exilio. La deportación a Babilonia, como toda situación de sufrimiento y de crisis, con su oscuridad dolorosa hecha de dudas y de aparente lejanía de Dios, en realidad, dice nuestro Salmo, es como una siembra. En el Misterio de Cristo, a la luz del Nuevo Testamento, el mensaje se hace más explícito y claro: el creyente que atraviesa esa oscuridad es como el grano de trigo que cae en tierra y muere, pero para dar mucho fruto (cfr Jn 12,24); o bien, retomando otra imagen querida por Jesús, es como la mujer que sufre con los dolores del parto para poder llegar a la gloria de haber dado a la luz una vida nueva (cfr Jn 16,21).
Queridos hermanos y hermanas, este Salmo nos enseña que, en nuestra oración, debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza y firmes en la fe en Dios. Nuestra historia, aunque marcada a menudo por el dolor, las inseguridades y momentos de crisis, es una historia de salvación y de “restablecimiento de la suerte”. En Jesús termina nuestro exilio, toda lágrima se enjuga, en el misterio de su Cruz, de la muerte transformada en vida, como el grano de trigo que se destruye en la tierra y se convierte en espiga. También para nosotros este descubrimiento de que Jesús es la gran alegría del “sí”de Dios, del restablecimiento de nuestra suerte. Pero como aquellos que -volviendo de Babilonia llenos de alegría- encontraron una tierra empobrecida, devastada, como también las dificultades de la siembra hacen llorar a los que no saben si al final habrá cosecha. Así también nosotros, después del gran descubrimiento de Jesucristo -nuestra vida, camino y verdad- entrando en el terreno de la fe, en “la tierra de la Fe”, encontramos a menudo una vida oscura, dura difícil, una siembra con lágrimas, pero seguros de que la luz de Cristo, al final, nos da una gran cosecha. Debemos aprender esto también en las noches oscuras; no olvidar que la luz está, que Dios ya está en medio de nuestras vidas y que podemos sembrar con la gran confianza de que el “sí” de Dios es más fuerte que todos nosotros. Es importante no perder este recuerdo de la presencia de Dios en nuestra vida, esta alegría profunda de que Dios ha entrado en nuestra vida, liberándonos: es la gratitud por el descubrimiento de Jesucristo, que ha venido a nosotros. Y esta gratitud se transforma en esperanza, es estrella de la esperanza que nos da la confianza, es la luz porque los dolores de la siembra son el inicio de la nueva vida, de la grande y definitiva alegría de Dios.

Monday, October 10, 2011

La caridad es el traje adecuado que debemos vestir para gozar de Dios

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La liturgia de este domingo nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados. La primera lectura, tomada del libro de Isaías, prepara este tema, porque habla del banquete de Dios. Es una imagen –la del banquete– usada a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad, como describe Isaías:“El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados”(Is 25,6). El profeta añade que la intención de Dios es la de poner fin a la tristeza y a la vergüenza; quiere que todos los hombres vivan felices en el amor hacia Él y en la comunión recíproca; su proyecto entonces es el de eliminar la muerte para siempre, de enjugar las lágrimas de todos los rostros, de hacer desaparecer la condición deshonrosa de su pueblo, como hemos escuchado (vv. 7-8). Todo esto suscita profunda gratitud y esperanza: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”(v. 9). Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios –representado por un rey– a participar en este banquete suyo (cfr Mt 22,1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; al contrario, algunos muestran despreciar la invitación. Dios es generoso hacia nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por otras cosas, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. Pero esto no frena su generosidad. Él no se desanima, y manda a sus siervos a invitar a muchas otras personas. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados. Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido de bodas. Y entrando en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. Quisiera detenerme un momento sobre este punto con una pregunta: ¿cómo es posible que este comensal haya aceptado la invitación del rey y, al entrar en la sala del banquete, se le ha abierto la puerta, pero no se ha puesto el vestido de bodas? ¿Qué es este vestido de bodas? En la Misa in Coena Domini de este año, hice referencia a un bello comentario de san Gregorio Magno a esta parábola. Él explica que ese comensal ha respondido a la invitación de Dios a participar en su banquete, tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido de bodas, que es la caridad, el amor. Y san Gregorio añade: "Cada uno de vosotros, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva vestido de bodas si no custodia la gracia de la Caridad" (Homilía 38,9: PL 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente por dos leños, uno arriba y el otro abajo: el amor de Dios y el amor del prójimo (cfr ibid.,10: PL 76,1288). Todos nosotros somos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido de bodas, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo. ¡Queridos hermanos y hermanas! He venido para compartir con vosotros las alegrías y esperanzas, las fatigas y empeños, los ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Sé que os habéis preparado a esta Visita con un intenso camino espiritual, adoptando como lema un versículo de los Hechos de los Apóstoles: “¡En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina!”(3,6). Sé que tampoco en Lamezia Terme, como en toda la Calabria, faltan dificultades, problemas y preocupaciones. Si observamos esta bella región, reconocemos en ella una tierra sísmica no sólo desde el punto de vista geológico, sino también desde un punto de vista estructural, comportamental y social; es decir, una tierra donde los problemas se presentan de forma aguda y desestabilizadora; una tierra donde el desempleo es preocupante, donde una criminalidad a menudo atroz hiere el tejido social, una tierra en la que se tiene la continua sensación de estar en emergencia. A la emergencia, vosotros los calabreses habéis sabido responder con una preparación y una disponibilidad sorprendentes, con una extraordinaria capacidad de adaptación a los problemas. Estoy seguro de que sabréis superar las dificultades de hoy para preparar un futuro mejor. No cedáis nunca a la tentación del pesimismo y de cerraros en vosotros mismos. Recurrid a los recursos de vuestra fe y de vuestras capacidades humanas; esforzaos en crecer en la capacidad de colaborar, de cuidar del otro y de todo bien público, custodiad el vestido de bodas del amor; perseverad en el testimonio de los valores humanos y cristianos tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población. ¡Queridos amigos! Mi visita se coloca casi al final del camino emprendido por esta Iglesia local con la redacción del proyecto pastoral quinquenal. Deseo dar gracias con vosotros al Señor por el provechoso camino recorrido y por tantas semillas de bien sembradas, que permiten esperar bien para el futuro. Para afrontar la nueva realidad social y religiosa, distinta del pasado, quizás más llena de dificultades, pero también más rica en potencialidades, es necesario un trabajo pastoral moderno y orgánico que comprometa en torno al obispo a todas las fuerzas cristianas: sacerdotes, religiosos y laicos, animados por el compromiso común de evangelización. Al respecto, he sabido con favor del esfuerzo actual por ponerse a la escucah atenta y perseverante de la Palabra de Dios, a través de la promoción de encuentros mensuales en diversos centros de la Diócesis y la difusión de la práctica de la Lectio divina. También oportuna es la Escuela de Doctrina Social de la Iglesia, tanto por la calidad articulada de la propuesta como por su divulgación capilar. Auguro vivamente que de estas iniciativas brote una nueva generación de hombres y mujeres capaces de promover no tanto intereses parciales, sino el bien común. Deseo también alentar y bendecir los esfuerzos de cuantos, sacerdotes y laicos, están comprometidos en la formación de las parejas cristianas al matrimonio y a la familia, con el fin de dar una respuesta evangélica y competente a los muchos retos contemporáneos en el campo de la familia y de la vida. Conozco, además, el celo y la dedicación con que los sacerdotes llevan a cabo su servicio pastoral, como también el trabajo de formación sistemático e incisivo dirigido a ellos, en particular hacia los más jóvenes. Queridos sacerdotes, os exhorto a arraigar cada vez más vuestra vida espiritual en el Evangelio, cultivando la vida interior, una intensa relación con Dios y alejándoos con decisión de una cierta mentalidad consumista y mundana, que es una tentación constante en la realidad en que vivimos. Aprender a crecer en la comunión entre vosotros y con el obispo, entre vosotros y los fieles laicos, favoreciendo la estimación y la colaboración recíprocas: de ello vendrán sin duda múltiples beneficios tanto para la vida de las parroquias como para la misma vida social. Sabed valorar, con discernimiento, según los conocidos criterios de eclesialidad, los grupos y movimientos: estos deben integrarse bien dentro de la pastoral ordinaria de la diócesis y de las parroquias, en un profundo espíritu de comunión. A vosotros, fieles laicos, jóvenes y familias, os digo: ¡no tengáis miedo de vivir y dar testimonio de la fe en los distintos ámbitos de la sociedad, en las múltiples situaciones de la existencia humana! Tenéis todos los motivos para mostraros fuertes, confiados y valientes, y esto gracias a la fe y a la fuerza de la caridad. Y cuando encontréis la oposición del mundo, haced vuestras las palabras del Apóstol: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13). Así como se comportaron los santos y las santas, florecidos, en el transcurso de los siglos, en toda la Calabria. Que ellos os custodien siempre unidos y alimenten en cada uno el deseo de proclamar, con las palabras y con las obras, la presencia y el amor de Cristo. Que la Marde de Dios, tan venerada por vosotros, os asista y os conduzca al profundo conocimiento de su Hijo. ¡Amén!
(Homilía de la Misa celebrada en Lamezia Terme. Calabria, Italia, 9-10-2011)

Wednesday, October 5, 2011

Dios es un oasis de paz y el mejor guía en la oscuridad

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Queridos hermanos y hermanas, dirigirse al Señor en la oración implica siempre un acto de confianza, con la conciencia de confiarse a un Dios que es bueno, “misericordioso, lento a la ira, rico en amor y fidelidad” (Ex34,6-7; Sal 86,15; cfr Jl 2,13; Gn 4,2; Sal 103,8; 145,8; Ne 9,17). Por esto, quisiera hoy reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado de confianza en su totalidad, en el que el salmista expresa su serena certeza de que es guiado y protegido, puesto a salvo de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 (según la tradición greco-latina el número 22), un texto familiar para todos y amado por todos. “El Señor es mi pastor: nada me falta”: así comienza esta bella oración, evocando el ambiente nómada del pastoreo y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen recrea una atmósfera de confianza, intimidad, ternura: el pastor conoce a sus ovejas una a una, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cfr Jn 10,2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, está preparado para defenderlas, para garantizar su bienestar, para hacerlas vivir en tranquilidad. Nada puede faltarles si el pastor está con ellas. A esta experiencia se refiere el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por Él hacia pastos seguros:
“El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre”(vv. 2-3).
La visión que se abre a nuestros ojos es la de los prados verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia donde el pastor acompaña a su rebaño, símbolos de lugares de vida hacia donde el Señor conduce al Salmista, que se siente como las ovejas recostadas en la hierba al lado de un manantial, en situación de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca y el pastor vela por ellas. No olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, tostada por el sol abrasador, donde el pastor semi-nómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas áridas que se extienden alrededor de los pueblos. Pero el pastor sabe donde encontrar hierba y agua, esenciales para la vida, sabe guiar hacia el oasis donde el alma se “refresca” y es posible recuperar las fuerzas y coger nuevas energías para retomar el camino.
Como dice el Salmista, Dios lo guía hacia “verdes praderas” y “aguas tranquilas”, donde todo es abundante, donde todo se da copiosamente. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de carencia y de muerte, no disminuye la certeza de una radical presencia de vida, hasta el punto que se puede decir: “nada me falta”. El pastor, de hecho, tiene en el corazón el bien de su grey, adecua sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos “justos”, es decir adaptados a ellas, con atención a sus necesidades y no a las propias. La seguridad de su rebaño es su prioridad y a esto obedece su guía.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el Salmista, si caminamos detrás del “Pastor Bueno”, aunque puedan parecer difíciles, tortuosos o largos los senderos de la vida, incluso a menudo en zonas desérticas espiritualmente, sin agua y con un sol de racionalismo abrasador, bajo la guía del Señor debemos estar seguros de que estos son los “justos” para nosotros y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y que no nos faltará nada. Por esto el salmista puede declarar un tranquilidad y una seguridad sin dudas ni preocupaciones:
“ Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza" (v. 4).
Quien va con el Señor en los valles oscuros del sufrimiento, de las dudas y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus cambiantes sombras, la dificultad de distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la puesta de sol, cuando la visibilidad no es buena, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de caerse o de alejarse y perderse, y también está el temor de posibles agresores que se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle “oscuro”, el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por tanto el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligros de muerte. Sin embargo, el orante camina seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Ese “tú estás conmigo” es una declaración de confianza inquebrantable, que resume una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda su peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede caminar tranquilo, acompañado del sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno y señala la presencia tranquilizadora del pastor.
Esta imagen confortadora cierra la primera parte del Salmo, y deja lugar a una escena distinta. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora estamos bajo su tienda, que se abre para acoger:
“Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa”(v. 5).
Ahora el Señor se presenta como el que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El anfitrión divino prepara la comida en la “mesa”, un término que en hebreo significa, en su significado primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y donde se colocaban los víveres para una comida en común. Es un gesto de compartir no sólo la comida sino también la vida, un oferta de comunión y de amistad que crea vínculos y que expresa solidaridad. Después está el generoso don del aceite perfumado sobre la cabeza, que alivia el calor del sol del desierto, refresca y suaviza la piel, y anima el espíritu con su fragancia. Finalmente la copa rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con una generosidad abundante. Comida, aceite, vino: son los dones que hacen vivir y que dan alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. Proclama el Salmo 104, celebrando la bondad que viene del Señor: “Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva, para sacar de la tierra el pan y el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón” (v.14 y 15). El Salmista es objeto de muchas atenciones, por las que se ve a un viajero que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras sus enemigos deben detenerse a mirar, sin poder intervenir, porque al que consideraban su presa se le ha dado refugio, se ha convertido en huésped sagrado, intocable. El Salmista somos nosotros cuando somos realmente creyentes en comunión con Cristo.Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada nos puede hacer daño.
Al partir el viajero de nuevo, la protección divina continúa y lo acompaña en su viaje:
“Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo”(v. 6).
La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone en camino de nuevo. Además es un camino que adquiere un nuevo sentido, se convierte en peregrinación hacia el Templo del Señor, el lugar santo en el que el orante quiere “habitar” para siempre y al que quiere “regresar”. El verbo hebreo que se utiliza aquí tiene el sentido de “volver” pero, con una pequeña modificación vocálica puede entenderse como “habitar” y así está traducido en las versiones antiguas y en la mayor parte de las traducciones modernas. Ambas se pueden mantener: volver al Templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Él.
La estela del Pastor lleva a su casa, es la mitad de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio en la huida de los enemigos, lugar de paz donde experimentar la bondad y el amor fiel de Dios, día tras días, en la alegría serena de un tiempo sin fin.
Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, han acompañado toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cfr Is 63,11-14; Sal 77,20-21; 78,52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey el que tenía el deber de pacer el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cfr 2Sam 5,1-2; 7,8; Sal 78,70-72). Después en el exilio en Babilonia, casi un nuevo Éxodo (cfr Is 40,3-5.9-11; 43,16-21), Israel es reconducido a la patria como ovejas dispersas y reencontradas, reconducidas por Dios a los exuberantes pastos y lugares de reposo (cfr Ez 34,11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús que toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo llega a su plenitud, encuentra el culmen de su significado: Jesús es el “Buen Pastor” que va a buscar a la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y que da la vida por ellas (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7; Jn 10,2-4.11-18), Él es la vía, el camino justo que lleva a la vida (cfr Jn 14,6), la luz que ilumina el valle oscuro y que vence nuestros miedos (cfr Jn 1,9; 8,12; 9,5; 12,46). Él es el anfitrión generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos, preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cfr Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y es la definitiva del banquete mesiánico en el Cielo (cfr Lc 14,15ss; Ap 3,20; 19,9). Él es el Pastor real, rey en la dulzura y en el perdón, entronizado en el leño glorioso de la Cruz (cfr Jn 3,13-15; 12,32; 17,4-5).
Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Pidamos con fe que el Señor nos conceda caminar para siempre por sus senderos como grey dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa y nos conduzca hacia “aguas tranquilas”, para que en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus fuentes, manantiales de esa agua viva que “salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14; cfr 7,37-39). Gracias.

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