Sunday, February 28, 2010

Jesús llorando por las personas realizó plenamente su misión sacerdotal

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Lágrimas: Jesús lloraba ante la tumba de Lázaro, estaba realmente tocado interiormente por el misterio de la muerte, por el terror de la muerte. Personas que pierden al hermano, como en este caso, a la madre y al hijo, al amigo: toda la terribilidad de la muerte, que destruye el amor, que destruye las relaciones, que es un signo de nuestra finitud, de nuestra pobreza. Jesús es puesto a prueba y se confronta hasta lo profundo de su alma con este misterio, con esta tristeza que es la muerte, y llora. Llora ante Jerusalén, viendo la destrucción de la bella ciudad a causa de la desobediencia; llora viendo todas las destrucciones de la historia del mundo; llora viendo cómo los hombres se destruyen a sí mismos y sus ciudades en la violencia, en la desobediencia.

Jesús llora, con fuertes gritos. Sabemos por los Evangelios que Jesús gritó desde la Cruz, gritó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; cfr. Mt 27, 46), y que gritó una vez más al final. Y este grito responde a una dimensión fundamental de los Salmos: en los momentos terribles de la vida humana, muchos salmos son un fuerte grito a Dios: “¡Ayúdanos, escúchanos!”. Precisamente hoy, en el Breviario, hemos rezado en este sentido: ¿Donde estás, Dios? “Como ovejas de matadero nos entregan” (Sal 44, 12). ¡Un grito de la humanidad sufriente! Y Jesús, que es el verdadero sujeto de los Salmos, lleva realmente este grito de la humanidad a Dios, a los oídos de Dios: “¡Ayúdanos y escúchanos!”. Él transforma todo el sufrimiento humano, tomándolo en sí mismo en un grito a los oídos de Dios.
Y así vemos que precisamente de este modo se realiza el sacerdocio, la función del mediador, transportando en sí, asumiendo en sí el sufrimiento y la pasión del mundo, transformándola en grito hacia Dios, llevándola ante los ojos y en las manos de Dios, y así llevándola realmente al momento de la Redención.

Las lágrimas de Cristo, la angustia del Monte de los Olivos, el grito de la Cruz, todo el sufrimiento no son algo al lado de su gran misión. Precisamente de esta forma Él ofrece el sacrificio, hace de sacerdote. La Carta a los Hebreos, con este “ofreció”, prosphèrein, nos dice: esta es la realización de su sacerdocio, así lleva la humanidad a Dios, así se hace mediador, así se hace sacerdote.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Libertad plena y obediencia a Dios son las dos caras de una misma moneda

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La Carta a los Hebreos resume, finalmente, toda esta compasión en la palabra hypakoèn, obediencia: todo esto es obediencia. Es una palabra que no nos gusta, en nuestra época. La obediencia aparece como una alienación, como una actitud servil. Uno no usa su libertad, su libertad se somete a la voluntad de otro, por tanto uno ya no es libre, sino que está determinado por otro, mientras que la autodeterminación, la emancipación sería la verdadera existencia humano. En lugar de la palabra “obediencia”, nosotros queremos como palabra clave antropológica la de “libertad”. Pero considerando desde cerca este problema, vemos que las dos cosas van juntas: la obediencia de Cristo es conformidad de su voluntad con la voluntad del Padre; es un llevar la voluntad humana a la voluntad divina, a la conformación de nuestra voluntad a la voluntad de Dios.
San Máximo Confesor, en su interpretación del Monte de los Olivos, de la angustia expresada precisamente en la oración de Jesús, “no mi voluntad, sino la tuya”, describió este proceso, que Cristo lleva en sí como verdadero hombre, con la naturaleza, la voluntad humana; en este acto – “no mi voluntad, sino la tuya” – Jesús resume todo el proceso de su vida, es decir, del llevar la vida humana natural a la vida divina, y de esta forma transformar al hombre: divinización del hombre, y así redención del hombre, porque la voluntad de Dios no es una voluntad tiránica, no es una voluntad que esté fuera de nuestro ser, sino que es precisamente la voluntad creadora, es precisamente el lugar donde encontramos nuestra verdadera identidad.
Dios nos ha creado y somos nosotros mismos conformes con su voluntad: sólo así entramos en la verdad de nuestro ser y no estamos alienados. Al contrario, la alienación se realiza precisamente saliendo de la voluntad de Dios, porque de este modo salimos del diseño de nuestro ser, ya no somos nosotros mismos y caemos en el vacío. En verdad, la obediencia a Dios, es decir, la conformidad, la verdad de nuestro ser, es la verdadera libertad, porque es la divinización. Jesús, llevando al hombre, el ser hombre, en sí y consigo, en la conformidad con Dios, en la perfecta obediencia, es decir, en la conformación perfecta entre las dos voluntades, nos ha redimido y la redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la comunión con la voluntad divina. Es un proceso por el que rezamos cada día: “hágase tu voluntad”. Y queremos rezar realmente al Señor, para que nos ayude a ver íntimamente que esta es la libertad, y a entrar, así, con gozo en esta obediencia y a “recoger” al ser humano para llevarlo – con nuestro ejemplo, con nuestra humildad, con nuestra oración, con nuestra acción pastoral – a la comunión con Dios.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Wednesday, February 24, 2010

La Eucaristía es señal de que Dios no se rinde ante nuestras faltas

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"Permaneced en mí, en mi amor". Permanecer en el Señor es fundamental como primer tema de este pasaje. Permanecer: ¿dónde? En el amor, en el amor de Cristo, en el ser amados y en el amar al Señor. Todo el capítulo 15 [de San Juan] concreta el lugar donde permanecer, porque los primeros ocho versículos exponen y presentan la parábola de la vid: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos". La vid es una imagen veterotestamentaria que encontramos tanto en los profetas como en los salmos, y tiene dos significados: es una parábola para el pueblo de Dios, que es su viña. ¿Con qué intención ha plantado una vid en este mundo, ha cultivado esta vid, ha cultivado su viña, ha protegido su viña? Naturalmente con la intención de encontrar fruto, de encontrar el don precioso de la uva, del buen vino. Así aparece el segundo significado: el vino es símbolo, es expresión de la alegría del amor. El Señor ha creado su pueblo para encontrar la respuesta de su amor y así esta imagen de la vid, de la viña, tiene un significado esponsal, es expresión del hecho de que Dios busca el amor de su criatura, quiere entrar en una relación de amor, en una relación esponsal con el mundo mediante el pueblo que él ha elegido.
Pero luego la historia concreta es una historia de infidelidad (...) Pero Dios no se rinde: Dios encuentra un modo nuevo para llegar a un amor libre, irrevocable, al fruto de ese amor, a la uva verdadera. Dios se hace hombre y así él mismo se convierte en la raíz de la vid, se convierte él mismo en vid, y así la vid llega a ser indestructible. Este pueblo de Dios no puede ser destruido, porque Dios mismo ha entrado en él, se ha implantado en esta tierra.
El Señor no habla explícitamente de la Eucaristía, pero naturalmente tras el misterio del vino está la realidad de que él se ha hecho fruto y vino por nosotros, de que su sangre es el fruto del amor que nace de la tierra para siempre y, en la Eucaristía, su sangre se convierte en nuestra sangre, nos renueva, recibimos una nueva identidad, porque la sangre de Cristo se convierte en nuestra sangre. Así estamos emparentados con Dios en el Hijo y en la Eucaristía se hace realidad esta gran realidad de la vid en la cual nosotros somos los sarmientos unidos con el Hijo y así unidos con el amor eterno.
Creo que debemos meditar mucho este misterio, es decir, que Dios mismo se hace cuerpo, se hace uno con nosotros; sangre, uno con nosotros; que podemos permanecer -permaneciendo en este misterio- en comunión con Dios mismo, en esta gran historia de amor, que es la historia de la verdadera felicidad. Meditando este don -Dios se ha hecho uno con todos nosotros y, al mismo tiempo, nos hace uno a todos, una vid- también debemos comenzar a rezar a fin de que este misterio penetre cada vez más en nuestra mente, en nuestro corazón, y seamos cada vez más capaces de ver y de vivir la grandeza del misterio, y comenzar así a realizar este imperativo: "Permaneced".
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Dios nos llama a una vida de abundancia y alegría

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"Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca". Con esto volvemos al inicio, a la imagen, a la parábola de la vid: ha sido creada para dar fruto. ¿Y cuál es el fruto? Como hemos dicho, el fruto es el amor. En el Antiguo Testamento, con la Torá como primera etapa de la autorrevelación de Dios, el fruto se comprendía como justicia, es decir, vivir según la Palabra de Dios, vivir en la voluntad de Dios, y así vivir bien. Esto queda, pero al mismo tiempo se ve excedido: la verdadera justicia no consiste en una obediencia a algunas normas, sino que es amor, amor creativo, que encuentra por sí solo la riqueza, la abundancia del bien. Abundancia es una de las palabras clave del Nuevo Testamento, Dios mismo da siempre con abundancia. Para crear al hombre, crea esta abundancia de un cosmos inmenso; para redimir al hombre se da a sí mismo, en la Eucaristía se da a sí mismo. Y quien está unido a Cristo, quien es sarmiento en la vid, vive de esta ley, no pregunta: "¿Todavía puedo o no puedo hacer esto?", "¿debo o no debo hacer esto?", sino que vive en el entusiasmo del amor que no pregunta: "esto todavía es necesario o está prohibido", sino que, simplemente, en la creatividad del amor, quiere vivir con Cristo y para Cristo y entregarse totalmente a sí mismo por él y así entrar en la alegría del dar fruto. Recordemos también que el Señor dice: "Os he destinado para que vayáis": es el dinamismo que vive en el amor de Cristo; ir, es decir, no quedarme sólo para mí, ver mi perfección, garantizarme la felicidad eterna, sino olvidarme de mí mismo, ir como Cristo fue, ir como Dios fue desde su inmensa majestad hasta nuestra pobreza, para encontrar fruto, para ayudarnos, para darnos la posibilidad de llevar el verdadero fruto del amor. Cuanto más llenos estemos de esta alegría de haber descubierto el rostro de Dios, tanto más el entusiasmo del amor será real en nosotros y dará fruto.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Ser amigos de Dios para ser verdaderos amigos de los demás. La caridad cristiana no consiste en un moralismo heroico

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Sigue luego este mandamiento nuevo: "Amaos como yo os he amado". Ningún amor es más grande que "dar la vida por los amigos". ¿Qué significa? Tampoco aquí se trata de un moralismo. Se podría decir: "No es un mandamiento nuevo; el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo ya existe en el Antiguo Testamento". Algunos afirman: "Es preciso radicalizar todavía más este amor; este amor al otro debe imitar a Cristo, que se ha entregado por nosotros; debe ser un amor heroico, hasta el don de sí mismos". Pero en este caso el cristianismo sería un moralismo heroico. Es verdad que debemos alcanzar esta radicalidad del amor, que Cristo nos ha mostrado y donado, pero también aquí la verdadera novedad no es lo que hacemos nosotros, la verdadera novedad es lo que hace él: el Señor nos ha donado su persona, y el Señor nos ha dado la verdadera novedad de ser miembros suyos en su cuerpo, de ser sarmientos de la vid que es él. Por lo tanto, la novedad es el don, el gran don, y al don, a la novedad del don, sigue también, como he dicho, el actuar nuevo.
Procedamos en nuestra reflexión. El Señor dice: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer". Ya no siervos, que obedecen al mandamiento, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor. La novedad, por lo tanto, es que Dios se ha dado a conocer, que Dios se ha mostrado, que Dios ya no es el Dios ignoto, buscado pero no encontrado o sólo adivinado de lejos. Dios se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho "conocido", y así nos ha hecho amigos. Pensemos como en la historia de la humanidad, en todas las religiones arcaicas, se sabe que existe un Dios. Este es un conocimiento inmerso en el corazón del hombre, que Dios es uno, los dioses no son "el" Dios. Pero este Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar, no es amigo, sino que está lejos
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

El cristianismo no es un moralismo externo, sino una vida conforme a un nuevo ser

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"Permaneced" y "guardad mis mandamientos". "Guardad" es sólo el segundo nivel; el primero es el de "permanecer", el nivel ontológico, es decir, que estamos unidos a él, que nos ha dado su persona anticipadamente, ya nos ha dado su amor, el fruto. No somos nosotros quienes debemos producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros quienes debemos hacer todo lo que Dios se espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en este misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amor, precede a nuestro actuar y, en el contexto de su cuerpo, en el contexto del estar en él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros podemos actuar con Cristo. La ética es consecuencia del ser: primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad. Por lo tanto, demos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, pero debemos sólo actuar según nuestra nueva identidad. Por consiguiente, ya no es una obediencia, algo exterior, sino una realización del don del nuevo ser. Lo digo una vez más: demos gracias al Señor porque él nos precede, nos da todo lo que debemos darle nosotros, y nosotros podemos ser después, en la verdad y en la fuerza de nuestro nuevo ser, agentes de su realidad. Permanecer y guardar: guardar es el signo del permanecer y el permanecer es el don que él nos da, pero que debe ser renovado cada día en nuestra vida.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Tuesday, February 23, 2010

No existen dos principios: el bien y el mal. Dios es omnipotente

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Hace poco me escribió un profesor de Ratisbona, un profesor de física, que había leído con gran retraso mi discurso en la Universidad de Ratisbona, para decirme que no podía estar de acuerdo con mi lógica o podía estarlo sólo en parte. Dijo: "Ciertamente me convence la idea de que la estructura racional del mundo exija una razón creadora, la cual ha hecho esta racionalidad que no se explica por sí misma". Y proseguía: "Pero si bien existe un demiurgo -se expresa así-, un demiurgo me parece seguro por lo que usted dice, no veo que exista un Dios amor, bueno, justo y misericordioso. Puedo ver que existe una razón que precede a la racionalidad del cosmos, pero lo demás no". Y de este modo Dios permanece escondido. Es una razón que precede a nuestras razones, nuestra racionalidad, la racionalidad del ser, pero no existe un amor eterno, no existe la gran misericordia que nos da para vivir. Y en Cristo, Dios se ha mostrado en su verdad total, ha mostrado que es razón y amor, que la razón eterna es amor y así crea. Lamentablemente, también hoy muchos viven alejados de Cristo, no conocen su rostro y, así, la eterna tentación del dualismo, que se esconde también en la carta de este profesor, se renueva siempre, es decir, que quizá no existe sólo un principio bueno, sino también un principio malo, un principio del mal; que el mundo está dividido y son dos realidades igualmente fuertes: el Dios bueno es sólo una parte de la realidad. También en la teología, incluida la católica, se difunde actualmente esta tesis: Dios no sería omnipotente. De este modo se busca una apología de Dios, que así no sería responsable del mal que encontramos ampliamente en el mundo. Pero ¡qué apología tan pobre! ¡Un Dios no omnipotente! ¡El mal no está en sus manos! ¿Cómo podríamos encomendarnos a este Dios? ¿Cómo podríamos estar seguros de su amor si este amor acaba donde comienza el poder del mal? Pero Dios ya no es desconocido: en el rostro de Cristo crucificado vemos a Dios y vemos la verdadera omnipotencia, no el mito de la omnipotencia. Para nosotros, los hombres, la potencia, el poder siempre se identifica con la capacidad de destruir, de hacer el mal. Pero el verdadero concepto de omnipotencia que se manifiesta en Cristo es precisamente lo contrario: en él la verdadera omnipotencia es amar hasta tal punto que Dios puede sufrir: aquí se muestra su verdadera omnipotencia, que puede llegar hasta el punto de un amor que sufre por nosotros. Y así vemos que él es el verdadero Dios y el verdadero Dios, que es amor, es poder: el poder del amor. Y nosotros podemos encomendarnos a su amor omnipotente y vivir en él, con este amor omnipotente.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)

Sunday, February 21, 2010

¿En qué consiste la conversión de nuestra vida?

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Conversión es ir contracorriente, donde la “corriente” es el estilo de vida superficial, incoherente e ilusorio, que a menudo nos arrastra, nos domina y nos hace esclavos del mal o en todo caso prisioneros de la mediocridad moral. Con la conversión, en cambio, se apunta a la medida alta de la vida cristiana, se nos confía al Evangelio vivo y personal, que es Cristo Jesús. Su persona es la meta final y el sentido profundo de la conversión, él es el camino sobre el que estamos llamados a caminar en la vida, dejándonos iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De esta forma la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectificar nuestra conducta de vida, sino que es una decisión de fe, que nos implica enteramente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna forma sólo cercanas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el "sí" total de quien entrega su propia existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que primero se ofreció al hombre como camino, verdad y vida, como aquel que lo libera y lo salva. Precisamente este es el sentido de las primeras palabras con las que, según el evangelista Marcos, Jesús abre la predicación del “Evangelio de Dios”: “"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15).
El "convertíos y creed en el Evangelio" no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia 'más grande', que es la del amor (cfr Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar" (L'Oss. Rom. 5 de febrero de 2010, p. 8).
(Homilía del Miércoles de Ceniza. Ciudad del Vaticano 17-2-2010)

Saturday, February 20, 2010

¿Por qué la cuaresma inicia con la imposición de las cenizas?

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Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: me reconozco por lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero también hecha a imagen de Dios y destinada a Él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. Esto es el pecado, enfermedad mortal entrada bien pronto a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su propia inocencia y ahora puede volver a ser justo solo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que – como escribe san Pablo - “se manifestó por medio de la fe en Cristo” (Rm 3,22). De estas palabras del Apóstol tomé la inspiración para mi Mensaje, dirigido a todos los fieles con ocasión de esta Cuaresma: una reflexión sobre el tema de la justicia a la luz de las Sagradas Escrituras y de su cumplimiento en Cristo.
También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Ceniza está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial – el Miserere – forman un díptico penitencial, que pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. "Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera "recompensa" no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.
La segunda lectura, el llamamiento de Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que reconduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe san Pablo: "A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, "aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10)".
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma alarga nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra estamos en peregrinación, “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro”, dice la Carta a los Hebreos (Hb 13,14). La Cuaresma da a entender la relatividad de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, a la presencia de Dios en medio de nosotros. Amén.

Existe una "complicidad" activa entre el sacerdote y las personas que sufren

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[Dice el apóstol San Pablo] "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados" (St 5,14-15). Aquí es evidente la prolongación de Cristo en su Iglesia: es siempre Él quien actúa, mediante los presbíteros; es su mismo Espíritu que opera mediante el signo sacramental del óleo; es al Él a quien se dirige la fe, expresada en la oración; y, como sucedía a las personas curadas por Jesús, a cada enfermo se le puede decir: tu fe, apoyada por la fe de los hermanos y hermanas, te ha salvado.
De este texto, que contiene el fundamento y la praxis del sacramento de la Unción de enfermos, se extrae al mismo tiempo una visión del papel de los enfermos en la Iglesia. Un papel activo al “provocar”, por así decirlo, la oración hecha con fe. "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros”. En este Año Sacerdotal, quiero subrayar el vínculo entre enfermos y sacerdotes, una especie de alianza, de “complicidad” evangélica. Ambos tienen una tarea: el enfermo debe “llamar” a los presbíteros, y éstos deben responder, para atraer sobre la experiencia de la enfermedad la presencia y la acción del Resucitado y de su Espíritu. Y aquí podemos ver toda la importancia de la pastoral de los enfermos, cuyo valor es verdaderamente incalculable, por el bien inmenso que hace en primer lugar al enfermo y al mismo sacerdote, pero también a los familiares, a los conocidos, a la comunidad y, a través de vías ocultas y desconocidas, a toda la Iglesia y al mundo. En efecto, cuando la Palabra de Dios habla de curación, de salvación, de salud del enfermo, entiende estos conceptos en sentido íntegro, no separando nunca alma y cuerpo: un enfermo curado por la oración de Cristo, mediante la Iglesia, es una alegría en la tierra y en el cielo, es una primicia de la vida eterna.
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)

Friday, February 19, 2010

Vivir la cuaresma muy cerca de la Santísima Virgen

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El año litúrgico es un gran camino de fe, que la Iglesia realiza siempre precedida por la Virgen Madre María. En los domingos del Tiempo Ordinario, este itinerario está marcado este año por la lectura del Evangelio de Lucas, que hoy nos acompaña “en un paraje llano” (Lc 6,17), donde Jesús se detiene con los Doce y donde se reúne una muchedumbre de otros discípulos y de gente venida de todas partes para escucharlo. En este marco se coloca el anuncio de las “bienaventuranza” (Lc 6,20-26; cfr Mt 5,1-12). Jesús, alzados los ojos hacia sus discípulos, dice: Dichosos vosotros, los pobres... dichosos vosotros, que tenéis hambre... dichosos vosotros, que lloráis... dichosos vosotros, cuando los hombres... despreciarán vuestro nombre” por mi causa. ¿Por qué los proclama dichosos? Porque la justicia de Dios hará que estos sean saciados, alegrados, resarcidos de toda falsa acusación, en una palabra, porque les acoge desde ahora en su reino. Las bienaventuranzas se basan en el hecho de que existe una justicia divina, que ensalza a quien ha estado humillado y que abaja a quien se ha ensalzado (cfr Lc 14,11). De hecho, el evangelista Lucas, después de los cuatro “dichosos vosotros”, añade cuatro admoniciones: “ay de vosotros, los ricos... ay de vosotros, que estáis saciados... ay de vosotros, que reís” y “ay, cuando todos los hombres hable bien de vosotros”, porque, como afirma Jesús, las cosas se invertirán, los últimos serán primeros y los primeros últimos” (cfr Lc 13,30).
Esta justicia y esta bienaventuranza se realizan en el “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos pero que está ya presente en la historia. Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios. Ésta es la tarea que los discípulos del Señor están llamados a llevar a cabo también en la sociedad actual.

El Evangelio de Cristo responde positivamente a la sed de justicia del hombre, pero de modo inesperado y sorprendente. Jesús no propone una revolución de tipo social y político, sino la del amor, que ya ha realizado con su Cruz y su Resurrección. Sobre ella se fundan las Bienaventuranzas, que proponen el nuevo horizonte de justicia, inaugurado por la Pascua, gracias al cual podemos ser justos y construir un mundo mejor.
Queridos amigos, dirijámonos ahora a la Virgen María. Todas las generaciones la proclaman “beata”, porque ha creído en la buena noticia que el Señor ha anunciado (cfr Lc 1,45.48). Dejémonos guiar por Ella en el camino de la Cuaresma, para ser liberados de la ilusión de la autosuficiencia, reconocer que tenemos necesidad de Dios, de su misericordia, y entrar así en su Reino de justicia, de amor y de paz.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 14-2-2010)

La Iglesia es Madre y especialmente de los que sufren

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La maternidad de la Iglesia es reflejo del amor solícito de Dios, de la que habla el profeta Isaías: "Como uno a quien su madre le consuela, / así yo os consolaré, / (y por Jerusalén seréis consolados" (Is 66,13). Una maternidad que habla sin palabras, que suscita en los corazones el consuelo, una alegría íntima, una alegría que paradójicamente convive con el dolor, con el sufrimiento. La Iglesia, como María, guarda dentro de sí los dramas del hombre y el consuelo de Dios, los tiene juntos, a lo largo de su peregrinación en la historia. A través de los siglos, la Iglesia muestra los signos del amor de Dios, que sigue realizando cosas grandes en las personas humildes y sencillas. El sufrimiento aceptado y ofrecido, el compartir sincero y gratuito, ¿no son quizás milagros del amor? El valor de afrontar los males desarmados - como Judit – con la sola fuerza de la fe y de la esperanza en el Señor, ¿no es un milagro que la gracia de Dios suscita continuamente en tantas personas que gastan tiempo y energías en ayudar a quien sufre? Por todo esto vivimos una alegría que no olvida el sufrimiento, al contrario, lo incluye. De esta forma los enfermos y todos los sufrientes son en la Iglesia no sólo destinatarios de atención y cuidados, sino aún antes y sobre todo, protagonistas de la peregrinación de la fe y de la esperanza, testigos de los prodigios del amor, de la alegría pascual que florece de la Cruz y de la Resurrección de Cristo.
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)

La Virgen María demuestra especial cariño por los enfermos

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Los Evangelios, en las sintéticas descripciones de la breve pero intensa vida vida pública de Jesús, atestiguan que él anuncia la Palabra y realiza curaciones de enfermos, signo por excelencia de la cercanía del Reino de Dios. Por ejemplo, Mateo escribe: “Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente” (Mt 4,23; cfr 9,35). La Iglesia, a la que se ha confiado la tarea de prolongar en el espacio y en el tiempo la misión de Cristo, no puede desatender estas dos obras esenciales: evangelización y cuidado de los enfermos en el cuerpo y en el espíritu. Dios, de hecho, quiere curar a todo el hombre, y en el Evangelio la curación del cuerpo es signo de la curación más profunda que es la remisión de los pecados (cfr Mc 2,1-12). No sorprende, por tanto, que María, madre y modelo de la Iglesia, sea invocada y venerada como "Salus infirmorum", "Salud de los enfermos”. Como primera y perfecta discípula de su Hijo, Ella siempre ha mostrado, acompañando el camino de la Iglesia, una especial solicitud por los que sufren. De ello dan testimonio las miles de personas que se dirigen a los santuarios marianos para invocar a la Madre de Cristo, y encuentran fuerza y alivio. La narración evangélica de la Visitación (cfr Lc 1,39-56) nos muestra cómo la Virgen, tras el anuncio evangélico, no retuvo para sí el don recibido, sino que partió en seguida para ir a ayudar a la anciana prima Isabel, que desde hacía seis meses llevaba en el seno a Juan. En el apoyo ofrecido por María a esta pariente que vive, en edad avanzada, una situación delicada como el embarazo, vemos prefigurada toda la acción de la Iglesia en apoyo de la vida necesitada de cuidados.



En la memoria de las apariciones de Lourdes, lugar elegido por María para manifestar su solicitud maternal por los enfermos, la liturgia hace resonar oportunamente el Magnificat, el cántico de la Virgen que exalta las maravillas de Dios en la historia de la salvación: los humildes y los indigentes, como todos aquellos que temen a Dios, experimentan su misericordia, que invierte las suertes terrenas y demuestra así la santidad del Creador y Redentor. El Magnificat no es el cántico de aquellos a quienes sonríe la fortuna, que tienen siempre “el viento en popa”; es más bien la acción de gracias de quien conoce los dramas de la vida, pero confía en la obra redentora de Dios. Es un canto que expresa la fe probada de generaciones de hombres y mujeres que han puesto en Dios su esperanza y se han comprometido en primera persona, como María, en ser de ayuda a los hermanos en necesidad. En el Magnificat oímos la voz de tantos santos y santas de la caridad, pienso en particular en los que consumieron su vida entre los enfermos y los que sufren, como Camilo de Lellis y Juan de Dios, Damián de Veuster y Benito Menni. Quien permanece mucho tiempo cerca de las personas que sufren, conoce la angustia y las lágrimas, pero también el milagro de la alegría, fruto del amor.

Queridos amigos, como he escrito en la Encíclica Spe salvi, "la medida de la humanidad se determina esencialmente en la relación con el sufrimiento y con el sufriente. Esto vale tanto para el individuo como para la sociedad” (n. 30). Instituyendo un Dicasterio dedicado a la pastoral sanitaria, la Santa Sede ha querido ofrecer su propia contribución también para promover un mundo capaz de acoger y de cuidar a los enfermos como personas. Ha querido, de hecho, ayudarles a vivir la experiencia de la enfermedad de modo humano, sin renegar de ella, sino ofreciéndole un sentido. Quisiera concluir estas reflexiones con un pensamiento del Venerable Papa Juan Pablo II, que él testimonió con su propia vida. En la carta apostólica Salvifici doloris escribió: "Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien a quien sufre. En este doble aspecto él reveló profundamente el sentido del sufrimiento”. Que la Virgen María nos ayude a vivir plenamente esta misión. ¡Amen!
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)

Monday, February 15, 2010

Defender la familia es el mejor modo de custodiar los derechos del niño

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La Iglesia, a lo largo de los siglos, a ejemplo de Cristo, ha promovido la tutela de la dignidad y de los derechos de los menores y, de muchas formas, ha cuidado de ellos. Por desgracia, en algunos casos, algunos de sus miembros, actuando en contraste con este compromiso, han violado estos derechos: un comportamiento que la Iglesia no deja y no dejará de deplorar y de condenar. La ternura y la enseñanza de Jesús, que consideró a los niños un modelo a imitar para entrar en el Reino de Dios (cfr Mt 18,1-6; 19,13-14), han constituido siempre un fuerte llamamiento a nutrir hacia ellos profundo respeto y premura. Las duras palabras de Jesús contra quien escandaliza a uno de estos pequeños (cfr Mc 9,42) comprometen a todos a no bajar nunca el nivel de ese respeto y amor. Por ello también la Convención sobre los derechos de la infancia fue acogida con favor por la Santa Sede, en cuanto que contiene enunciados positivos sobre la adopción, los cuidados sanitarios, la educación, la tutela de los discapacitados y la protección de los pequeños contra la violencia, el abandono y la explotación sexual y laboral.

Es precisamente la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la ayuda más grande que se pueda ofrecer a los niños. Estos quieren ser amados por una madre y por un padre que se aman, y necesita habitar, crecer y vivir junto con ambos padres, porque la figura materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de su personalidad y de su identidad. Es importante, por tanto, que se haga todo lo posible por hacerles crecer en una familia unida y estable. Con este fin, es necesario exhortar a los cónyuges a no perder nunca de vista las razones profundas y la sacramentalidad de su pacto conyugal y a reforzarlo con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el diálogo constante, la acogida recíproca y el perdón mutuo. Un ambiente familiar no sereno, la división de la pareja, y en particular, la separación con el divorcio no dejan de tener consecuencias para los niños, mientras que apoyar a la familia y promover su bien, sus derechos, su unidad y estabilidad, es la mejor forma de tutelar los derechos y las auténticas exigencias de los menores.
(Mensaje al Pontificio Consejo para la Familia. Ciudad del Vaticano, 8-2-2010)

Thursday, February 11, 2010

Para ser buen cristiano no hacer falta ser "súper" hombre

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El encuentro auténtico con Dios lleva a la persona a reconocer la propia pobreza e insuficiencia, el propio límite y el propio pecado. Pero, a pesar de esta fragilidad, el Señor, rico en misericordia y en perdón, transforma la vida de la persona y la llama a seguirle. La humildad de la que dan testimonio [los santos] invita a los que han recibido el don de la vocación divina a no concentrarse en sus propios límites, sino a tener la mirada fija en el Señor y en su sorprendente misericordia, para convertir el corazón, y continuar, con alegría, para “dejarlo todo” por Él. Él, de hecho, mira lo que es importante para los hombres: “El hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón” (1 Sam 16,7), y hace a las personas pobres y débiles, pero con fe en Él, intrépidas apóstoles y predicadoras de la salvación.
En este Año Sacerdotal, roguemos al Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies y para que los que sientan la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, Pedro y Pablo.
A la Virgen Santa confiamos todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. María suscite en cada uno el deseo de pronunciar el propio “sí” al Señor con alegría y dedicación plena.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 7-2-2010)

El Papa recuerda la vocación específica de los laicos

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De la mano de una apreciación adecuada de la función del sacerdote va una correcta comprensión de la vocación específica del laicado. A veces, una tendencia a confundir apostolado laical con apostolado ministerial ha llevado a un concepto ensimismado de su función eclesial. Pero la visión del Concilio Vaticano II es que donde quiera que los fieles laicos vivan su vocación bautismal -en la familia, en casa, en el trabajo- ellos están participando activamente en la misión de la Iglesia para santificar el mundo. Un renovado enfoque sobre el apostolado laical ayudará a aclarar las funciones del clero y el laicado y así darán un fuerte ímpetu a la tarea de evangelizar la sociedad.
Esta tarea requiere una disposición a enfrentarse firmemente a los desafíos presentados por la marea creciente de secularismo en vuestro país. El apoyo a la eutanasia ataca el corazón mismo de la comprensión cristiana de la dignidad de la vida humana. Los desarrollos recientes en ética médica y algunas de las prácticas defendidas en el campo de la embriología dan razón para gran preocupación. Si la enseñanza de la Iglesia es comprometida, incluso ligeramente, en un área como ésta, entonces se hace más duro defender la totalidad de la doctrina católica de una manera integral. Los pastores de la Iglesia, por tanto, deben continuamente llamar a los fieles a una fidelidad completa al Magisterio de la Iglesia, respetando y defendiendo al mismo tiempo el derecho de la Iglesia a vivir libremente en sociedad según sus creencias.

Aseguraos de presentar esta enseñanza de esta manera que sea reconocida por el mensaje de esperanza que es. Con demasiada frecuencia, la doctrina de la Iglesia se percibe como una seria de prohibiciones y posiciones retrógradas, mientras que la realidad, como sabemos, es que es creativa y dadora de vida, y se dirige a la realización más plena posible del gran potencial de bien y a la felicidad que Dios ha puesto en cada uno de nosotros.
(Discurso a los obispos de Escocia en la visita ad limina. Ciudad del Vaticano, 5-2-2010)

Wednesday, February 10, 2010

¿Cuál es la causa del mal y de las injusticias?

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El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ­advierte Jesús­ es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre" (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
(Mensaje del Papa para la cuaresma. Ciudad del Vaticano, 4-2-2010)

Sunday, February 7, 2010

El apostolado exige cultivar la "dimensión cultural" de la fe para hacerlo con belleza

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[Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, conocidos también como Dominicos, nació en Caleruega (Burgos), en torno al mil ciento setenta. En su época de formación, destacó por su amor al estudio de la Sagrada Escritura y por su dedicación a los pobres.
Santo Domingo descubrió que muchos pueblos todavía no conocían el Evangelio y se encontró con diversos grupos heréticos, muy extendidos en el sur de Francia. Junto a su Obispo, Domingo acude al Papa, que lo envía a hacer frente al error albigense].

Este gran santo nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero, que empuja incesantemente a llevar el primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización: ¡es Cristo, de hecho, el bien más precioso que los hombres y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen el derecho de conocer y amar! Y es consolador ver como también en la Iglesia de hoy son tantos – pastores y fieles laicos, miembros de antiguas órdenes religiosas y de nuevos movimientos eclesiales – que con alegría gastan su vida por este ideal supremo: anunciar y dar testimonio del Evangelio.

En segundo lugar, Domingo, con un gesto valiente, quiso que sus seguidores adquiriesen una sólida formación teológica, y no dudó en enviarles a las universidades de la época, aunque no pocos eclesiásticos miraban con desconfianza a estas instituciones culturales. Las Constituciones de la Orden de los Predicadores dan mucha importancia al estudio como preparación al apostolado. Domingo quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reserva, con diligencia y piedad; un estudio fundado en el alma de cada saber teológico, es decir, en la Sagrada Escritura, y respetuoso con las preguntas planteadas por la razón. El desarrollo de la cultura impone a aquellos que realizan el ministerio de la Palabra, a los distintos niveles, de estar bien preparados. Exhorto por tanto a todos, pastores y laicos, a cultivar esta "dimensión cultural" de la fe, para que la belleza de la vida cristiana pueda ser mejor comprendida y la fe pueda ser verdaderamente nutrida, reforzada y también defendida.

Todos los fieles pueden encontrar una profunda “alegría interior” al contemplar la belleza de la verdad que viene de Dios, verdad siempre actual y siempre viva. El lema de los Frailes Predicadores – contemplata aliis tradere – nos ayuda a descubrir, además, un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de estas verdades, por la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia contemplación.

(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 3-2-2010)

Friday, February 5, 2010

¿Tiene sentido, hoy, una vida consagrada a Dios?

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"Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos" (Hb 4,14)... Cristo es presentado como el Mediador: es verdadero Dios y verdadero hombre, y por ello pertenece realmente al mundo divino y al humano.

En realidad, es precisamente y sólo a partir de esta fe, de esta profesión de fe en Jesucristo, el Mediador único y definitivo, que en la Iglesia tiene sentido una vida consagrada a Dios mediante Cristo. Tiene sentido sólo si Él es verdaderamente mediador entre Dios y nosotros, de lo contrario se trataría sólo de una forma de sublimación o de evasión.

La vida consagrada, de hecho, testimonia y expresa de modo “fuerte” precisamente la mutua búsqueda de Dios y del hombre, el amor que les atrae; la persona consagrada, por el mismo hecho de existir, representa como un “puente” hacia Dios para todos aquellos que la encuentran, una llamada, un envío. Y todo esto en base a la mediación de Jesucristo, el Consagrado del Padre. ¡El fundamento es Él! Él, que ha compartido nuestra fragilidad, para que nosotros mismos pudiésemos participar de su naturaleza divina.

Nuestro texto insiste, más que sobre la fe, sobre la “confianza” con la que podemos acercarnos al “trono de la gracia”, desde el momento en que el sumo sacerdote fue Él mismo “probado en todo como nosotros”. Podemos acercarnos para “recibir misericordia”, “encontrar gracia”, y para “ser ayudados en el momento oportuno”. Me parece que estas palabras contienen una gran verdad y al mismo tiempo un gran consuelo para nosotros, que hemos recibido el don y el compromiso de una especial consagración en la Iglesia.

Las personas consagradas están llamadas de modo particular a ser testigos de esta misericordia del Señor, en la que el hombre encuentra su propia salvación. Estas mantienen viva la experiencia del perdón de Dios, porque tienen conciencia de ser personas salvadas, de ser grandes cuando se reconocen pequeñas, de sentirse renovadas y envueltas por la santidad de Dios cuando reconocen su propio pecado. Por esto, también para el hombre de hoy, la vida consagrada sigue siendo una escuela privilegiada de la “compunción del corazón”, del reconocimiento humilde de la propia miseria, pero al mismo tiempo, sigue siendo una escuela de la confianza en la misericordia de Dios, en su amor que nunca nos abandona. En realidad, más uno se acerca a Dios, más se acerca a él, tanto más se es útil a los demás.

El particular, las comunidades que viven en la clausura, con su compromiso específico de fidelidad en el “estar con el Señor”, en el “estar bajo la cruz”, llevan a cabo a menudo este papel vicario, unidas al Cristo de la Pasión, tomando sobre sí los sufrimientos y las pruebas de los demás y ofreciendo con alegría todo por la salvación del mundo.

Si esta no existiese, ¡cuánto más pobre sería el mundo! Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente por su ser signo de gratuidad y de amor, y esto tanto más en una sociedad que corre el riesgo de ser sofocada en el torbellino de lo efímero y de lo útil (cfr Exhort. ap. post-sinod. Vita consecrata, 105). La vida consagrada, en cambio, testimonia la sobreabundancia de amor que empuja a “perder” la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que “perdió” el primero su vida por nosotros.

(Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor en la Basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 2-2-2010)

¿De dónde viene el título de la Virgen de la Candelaria?

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En la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, celebramos un misterio de la vida de Cristo, ligado al precepto de la ley mosaica que prescribía a los padres, cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subir al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cfr Ex 13,1-2.11-16; Lv 12,1-8). También María y José cumplieron este rito, ofreciendo – según la ley – una pareja de tórtolas o dos palomas. Leyendo las cosas más en profundidad, comprendemos que en aquel momento es Dios mismo quien presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del viejo Simeón y de la profetisa Ana. Simeón, de hecho, proclama a Jesús como “salvación” de la humanidad, como “luz” de todos los pueblos y “signo de contradicción”, porque desvelará los pensamientos de los corazones (cfr Lc 2,29-35). En Oriente esta fiesta se llamaba Hypapante, fiesta del encuentro: de hecho, Simeón y Ana, que encuentran a Jesús en el Templo y reconocen en Él al Mesías tan esperado, representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Sucesivamente esta fiesta se extendió también en Occidente, desarrollando sobre todo el símbolo de la luz, y la procesión con las candelas, que dio origen al término “Candelaria”. Con este signo visible se quiere significar que la Iglesia encuentra en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acoge con todo el empuje de su fe para llevar esta “luz” al mundo.
(Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor en la Basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 2-2-2010)

Thursday, February 4, 2010

Mensaje del Papa para la cuaresma: para entrar en la justicia es necesario salir de la autosuficiencia

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Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).

1. En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo.

Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

2.El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el Justo [Jesucristo] muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

3. Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

(Mensaje para la Cuaresma del 2010. Ciudad del Vaticano, 4-2-2010)


Tuesday, February 2, 2010

El amor es el "lifestyle" de Dios y de un creyente

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En el llamado "himno a la caridad" (1 Corintios 12,31-13,13) Pablo muestra el "camino" de la perfección. Éste, dice, no consiste en tener cualidades excepcionales: hablar idiomas nuevos, conocer todos los misterios, tener una fe prodigiosa o realizar gestos heroicos. Consiste, por el contrario, en la caridad (ágape), es decir, en el amor auténtico, que Dios nos ha revelado en Jesucristo. La caridad es el don "más grande", que da valor a todos los demás, y sin embargo "no hace alarde, no se envanece", es más, "se regocija con la verdad" y con el bien del otro. Quien ama verdaderamente "no busca su propio interés", "no tiene en cuenta el mal recibido", "todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (Cf. 1 Corintios 13,4-7). Al final, cuando nos encontraremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desfallecerán; el único que permanecerá para siempre será la caridad, pues Dios es amor y nosotros seremos semejantes a Él, en comunión perfecta con Él.

Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por este motivo, al inicio de mi pontificado, he querido dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est.

El amor es, por así decir, el "estilo" de Dios y del creyente, es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo, estos dos aspectos forman una unidad perfecta: Él es el Amor encarnado. Este Amor se nos ha revelado plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarle, podemos confesar con el apóstol Juan: "nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él" (Cf. 1 Juan 4,16; encíclica Deus caritas est, 1).

Si pensamos en los santos, reconocemos la verdad de sus dones espirituales, y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la Familia Salesiana, y patrono de los jóvenes.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 31-1-2010)

El cardenal Newman es modelo porque fue un sacerdote santo, más que un erudito que escribió muchas cosas

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(a los cristianos de Inglaterra y Gales)
Preocupaos, por tanto, de aprovechar los considerables dones de los fieles laicos en Inglaterra y Gales y mirad que estén preparados para pasar la fe a las nuevas generaciones de forma exhaustiva, precisa y con una aguda conciencia de que al hacerlo están jugando su parte en la misión de la Iglesia. En un entorno social que alienta la expresión de una variedad de opiniones sobre cada cuestión que se plantea, es importante reconocer la disidencia por lo que es, y no confundirla con una contribución madura a un debate equilibrado y amplio. Es la verdad revelada a través de la Escritura y la Tradición, y articulada por el Magisterio de la Iglesia, la que nos hace libres. El cardenal Newman se dio cuenta de esto, y nos dejó un ejemplo extraordinario de fidelidad a la verdad revelada siguiendo esta “luz amable" donde quiera que lo llevó, incluso a un costo personal considerable. En la Iglesia de hoy se necesitan grandes escritores y comunicadores de su estatura e integridad, y mi esperanza es que la devoción hacia él sirva de inspiración a muchos para seguir sus pasos.

Mucha atención se ha concedido a la erudición de Newman y a sus extensos escritos, pero es importante recordar que él se vio a sí mismo ante todo como sacerdote. En palabras de Newman, "los sacerdotes de Cristo no tienen sacerdocio propio, sino el de Él... lo que hacen, Él lo hace, cuando bautizan, Él está bautizando, y cuando bendicen, Él es la bendición" (Parochial and Plain Sermons, VI 242). De hecho, ya que el sacerdote desempeña un papel insustituible en la vida de la Iglesia, no escatiméis esfuerzos en fomentar las vocaciones sacerdotales y en subrayar a los fieles el verdadero significado y la necesidad del sacerdocio. Alentad a los fieles laicos a expresar su aprecio por los sacerdotes que les sirven, y reconoced las dificultades que a veces enfrentan a causa de su disminución y del aumento de las presiones. El apoyo y la comprensión de los fieles es especialmente necesario cuando las parroquias tienen que fusionarse o los horarios de Misas deben ajustarse. Ayudadles a evitar toda tentación de considerar al clero como meros funcionarios, sino más bien a alegrarse del don del ministerio sacerdotal, un regalo que nunca se puede dar por sentado.
(Discurso a los obispos de Inglaterra y Gales con motivo de la visita ad Limina. Ciudad del Vaticano, 1-2-2010)
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