Sunday, February 28, 2010
Jesús llorando por las personas realizó plenamente su misión sacerdotal
Jesús llora, con fuertes gritos. Sabemos por los Evangelios que Jesús gritó desde la Cruz, gritó: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34; cfr. Mt 27, 46), y que gritó una vez más al final. Y este grito responde a una dimensión fundamental de los Salmos: en los momentos terribles de la vida humana, muchos salmos son un fuerte grito a Dios: “¡Ayúdanos, escúchanos!”. Precisamente hoy, en el Breviario, hemos rezado en este sentido: ¿Donde estás, Dios? “Como ovejas de matadero nos entregan” (Sal 44, 12). ¡Un grito de la humanidad sufriente! Y Jesús, que es el verdadero sujeto de los Salmos, lleva realmente este grito de la humanidad a Dios, a los oídos de Dios: “¡Ayúdanos y escúchanos!”. Él transforma todo el sufrimiento humano, tomándolo en sí mismo en un grito a los oídos de Dios.
Y así vemos que precisamente de este modo se realiza el sacerdocio, la función del mediador, transportando en sí, asumiendo en sí el sufrimiento y la pasión del mundo, transformándola en grito hacia Dios, llevándola ante los ojos y en las manos de Dios, y así llevándola realmente al momento de la Redención.
Las lágrimas de Cristo, la angustia del Monte de los Olivos, el grito de la Cruz, todo el sufrimiento no son algo al lado de su gran misión. Precisamente de esta forma Él ofrece el sacrificio, hace de sacerdote. La Carta a los Hebreos, con este “ofreció”, prosphèrein, nos dice: esta es la realización de su sacerdocio, así lleva la humanidad a Dios, así se hace mediador, así se hace sacerdote.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Libertad plena y obediencia a Dios son las dos caras de una misma moneda
San Máximo Confesor, en su interpretación del Monte de los Olivos, de la angustia expresada precisamente en la oración de Jesús, “no mi voluntad, sino la tuya”, describió este proceso, que Cristo lleva en sí como verdadero hombre, con la naturaleza, la voluntad humana; en este acto – “no mi voluntad, sino la tuya” – Jesús resume todo el proceso de su vida, es decir, del llevar la vida humana natural a la vida divina, y de esta forma transformar al hombre: divinización del hombre, y así redención del hombre, porque la voluntad de Dios no es una voluntad tiránica, no es una voluntad que esté fuera de nuestro ser, sino que es precisamente la voluntad creadora, es precisamente el lugar donde encontramos nuestra verdadera identidad.
Dios nos ha creado y somos nosotros mismos conformes con su voluntad: sólo así entramos en la verdad de nuestro ser y no estamos alienados. Al contrario, la alienación se realiza precisamente saliendo de la voluntad de Dios, porque de este modo salimos del diseño de nuestro ser, ya no somos nosotros mismos y caemos en el vacío. En verdad, la obediencia a Dios, es decir, la conformidad, la verdad de nuestro ser, es la verdadera libertad, porque es la divinización. Jesús, llevando al hombre, el ser hombre, en sí y consigo, en la conformidad con Dios, en la perfecta obediencia, es decir, en la conformación perfecta entre las dos voluntades, nos ha redimido y la redención es siempre este proceso de llevar la voluntad humana a la comunión con la voluntad divina. Es un proceso por el que rezamos cada día: “hágase tu voluntad”. Y queremos rezar realmente al Señor, para que nos ayude a ver íntimamente que esta es la libertad, y a entrar, así, con gozo en esta obediencia y a “recoger” al ser humano para llevarlo – con nuestro ejemplo, con nuestra humildad, con nuestra oración, con nuestra acción pastoral – a la comunión con Dios.
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Wednesday, February 24, 2010
La Eucaristía es señal de que Dios no se rinde ante nuestras faltas
Pero luego la historia concreta es una historia de infidelidad (...) Pero Dios no se rinde: Dios encuentra un modo nuevo para llegar a un amor libre, irrevocable, al fruto de ese amor, a la uva verdadera. Dios se hace hombre y así él mismo se convierte en la raíz de la vid, se convierte él mismo en vid, y así la vid llega a ser indestructible. Este pueblo de Dios no puede ser destruido, porque Dios mismo ha entrado en él, se ha implantado en esta tierra.
El Señor no habla explícitamente de la Eucaristía, pero naturalmente tras el misterio del vino está la realidad de que él se ha hecho fruto y vino por nosotros, de que su sangre es el fruto del amor que nace de la tierra para siempre y, en la Eucaristía, su sangre se convierte en nuestra sangre, nos renueva, recibimos una nueva identidad, porque la sangre de Cristo se convierte en nuestra sangre. Así estamos emparentados con Dios en el Hijo y en la Eucaristía se hace realidad esta gran realidad de la vid en la cual nosotros somos los sarmientos unidos con el Hijo y así unidos con el amor eterno.
Creo que debemos meditar mucho este misterio, es decir, que Dios mismo se hace cuerpo, se hace uno con nosotros; sangre, uno con nosotros; que podemos permanecer -permaneciendo en este misterio- en comunión con Dios mismo, en esta gran historia de amor, que es la historia de la verdadera felicidad. Meditando este don -Dios se ha hecho uno con todos nosotros y, al mismo tiempo, nos hace uno a todos, una vid- también debemos comenzar a rezar a fin de que este misterio penetre cada vez más en nuestra mente, en nuestro corazón, y seamos cada vez más capaces de ver y de vivir la grandeza del misterio, y comenzar así a realizar este imperativo: "Permaneced".
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Dios nos llama a una vida de abundancia y alegría
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Ser amigos de Dios para ser verdaderos amigos de los demás. La caridad cristiana no consiste en un moralismo heroico
Procedamos en nuestra reflexión. El Señor dice: "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer". Ya no siervos, que obedecen al mandamiento, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor. La novedad, por lo tanto, es que Dios se ha dado a conocer, que Dios se ha mostrado, que Dios ya no es el Dios ignoto, buscado pero no encontrado o sólo adivinado de lejos. Dios se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho "conocido", y así nos ha hecho amigos. Pensemos como en la historia de la humanidad, en todas las religiones arcaicas, se sabe que existe un Dios. Este es un conocimiento inmerso en el corazón del hombre, que Dios es uno, los dioses no son "el" Dios. Pero este Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar, no es amigo, sino que está lejos
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
El cristianismo no es un moralismo externo, sino una vida conforme a un nuevo ser
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Tuesday, February 23, 2010
No existen dos principios: el bien y el mal. Dios es omnipotente
("Lectio divina" en su visita al Pontificio Seminario Romano Mayor. Roma, 20-2-2010)
Sunday, February 21, 2010
¿En qué consiste la conversión de nuestra vida?
El "convertíos y creed en el Evangelio" no está solo en el inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, permanece renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable de gracia, porque cada día nos invita a entregarnos a Jesús, a tener confianza en Él, a permanecer en Él, a compartir su estilo de vida, a aprender de Él el amor verdadero, a seguirle en el cumplimiento cotidiano de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, aún cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, aún cuando estamos tentados de abandonar el camino de seguimiento de Cristo y de cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor. En el reciente Mensaje para la Cuaresma he querido recordar que “se necesita humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo 'mío', para darme gratuitamente lo 'suyo'. Esto sucede particularmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias al amor de Cristo, podemos entrar en la justicia 'más grande', que es la del amor (cfr Rm 13,8-10), la justicia de quien se siente en todo momento más deudor que acreedor, porque ha recibido más de cuanto podía esperar" (L'Oss. Rom. 5 de febrero de 2010, p. 8).
(Homilía del Miércoles de Ceniza. Ciudad del Vaticano 17-2-2010)
Saturday, February 20, 2010
¿Por qué la cuaresma inicia con la imposición de las cenizas?
También en las lecturas bíblicas del Miércoles de Ceniza está bien presente el tema de la justicia. Ante todo, la página del profeta Joel y el Salmo responsorial – el Miserere – forman un díptico penitencial, que pone de manifiesto cómo en el origen de toda injusticia material y social está la que la Biblia llama “iniquidad”, es decir, el pecado, que consiste fundamentalmente en una desobediencia a Dios, es decir, una falta de amor. "Pues mi delito yo lo reconozco, / mi pecado sin cesar está ante mí; / contra ti, contra ti solo he pecado, / lo malo a tus ojos cometí” (Sal 50/51,5-6). El primer acto de justicia es por tanto reconocer la propia iniquidad, es reconocer que está arraigada en el “corazón”, en el centro mismo de la persona humana. Los “ayunos”, los “llantos”, los “lamentos” (cfr Jl 2,12) y toda expresión penitencial tienen valor a los ojos de Dios sólo si son el signo de corazones verdaderamente arrepentidos. También el Evangelio, tomado del “sermón de la montaña”, insiste en la exigencia de practicar la propia “justicia” - limosna, oración, ayuno – no ante los hombres sino solo a los ojos de Dios, que “ve en lo secreto” (cfr Mt 6,1-6.16-18). La verdadera "recompensa" no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que deriva de ella, una gracia que da fuerza para cumplir el bien, para amar también a quien no lo merece, de perdonar a quien nos ha ofendido.
La segunda lectura, el llamamiento de Pablo a dejarnos reconciliar con Dios (cfr 2 Cor 5,20), contiene una de las célebres paradojas paulinas, que reconduce toda la reflexión sobre la justicia al misterio de Cristo. Escribe san Pablo: "A quien no conoció pecado – es decir, a su Hijo hecho hombre – le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). En el corazón de Cristo, es decir, en el centro de su Persona divino-humana, se jugó en términos decisivos y definitivos todo el drama de la libertad. Dios llevó a las consecuencias extremas su propio designio de salvación, permaneciendo fiel a su amor aun a costa de entregar a su Hijo unigénito a la muerte, y a la muerte de cruz. Como he escrito en el Mensaje cuaresmal, "aquí se revela la justicia divina, profundamente diversa de la humana… Gracias a la acción de Cristo, podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cfr Rm 13,8-10)".
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma alarga nuestro horizonte, nos orienta hacia la vida eterna. En esta tierra estamos en peregrinación, “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro”, dice la Carta a los Hebreos (Hb 13,14). La Cuaresma da a entender la relatividad de los bienes de esta tierra y así nos hace capaces de las renuncias necesarias, libres para hacer el bien. Abramos la tierra a la luz del cielo, a la presencia de Dios en medio de nosotros. Amén.
Existe una "complicidad" activa entre el sacerdote y las personas que sufren
De este texto, que contiene el fundamento y la praxis del sacramento de la Unción de enfermos, se extrae al mismo tiempo una visión del papel de los enfermos en la Iglesia. Un papel activo al “provocar”, por así decirlo, la oración hecha con fe. "¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros”. En este Año Sacerdotal, quiero subrayar el vínculo entre enfermos y sacerdotes, una especie de alianza, de “complicidad” evangélica. Ambos tienen una tarea: el enfermo debe “llamar” a los presbíteros, y éstos deben responder, para atraer sobre la experiencia de la enfermedad la presencia y la acción del Resucitado y de su Espíritu. Y aquí podemos ver toda la importancia de la pastoral de los enfermos, cuyo valor es verdaderamente incalculable, por el bien inmenso que hace en primer lugar al enfermo y al mismo sacerdote, pero también a los familiares, a los conocidos, a la comunidad y, a través de vías ocultas y desconocidas, a toda la Iglesia y al mundo. En efecto, cuando la Palabra de Dios habla de curación, de salvación, de salud del enfermo, entiende estos conceptos en sentido íntegro, no separando nunca alma y cuerpo: un enfermo curado por la oración de Cristo, mediante la Iglesia, es una alegría en la tierra y en el cielo, es una primicia de la vida eterna.
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)
Friday, February 19, 2010
Vivir la cuaresma muy cerca de la Santísima Virgen
Esta justicia y esta bienaventuranza se realizan en el “Reino de los cielos” o “Reino de Dios”, que tendrá su cumplimiento al final de los tiempos pero que está ya presente en la historia. Donde los pobres son consolados y admitidos al banquete de la vida, allí se manifiesta la justicia de Dios. Ésta es la tarea que los discípulos del Señor están llamados a llevar a cabo también en la sociedad actual.
El Evangelio de Cristo responde positivamente a la sed de justicia del hombre, pero de modo inesperado y sorprendente. Jesús no propone una revolución de tipo social y político, sino la del amor, que ya ha realizado con su Cruz y su Resurrección. Sobre ella se fundan las Bienaventuranzas, que proponen el nuevo horizonte de justicia, inaugurado por la Pascua, gracias al cual podemos ser justos y construir un mundo mejor.
Queridos amigos, dirijámonos ahora a la Virgen María. Todas las generaciones la proclaman “beata”, porque ha creído en la buena noticia que el Señor ha anunciado (cfr Lc 1,45.48). Dejémonos guiar por Ella en el camino de la Cuaresma, para ser liberados de la ilusión de la autosuficiencia, reconocer que tenemos necesidad de Dios, de su misericordia, y entrar así en su Reino de justicia, de amor y de paz.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 14-2-2010)
La Iglesia es Madre y especialmente de los que sufren
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)
La Virgen María demuestra especial cariño por los enfermos
En la memoria de las apariciones de Lourdes, lugar elegido por María para manifestar su solicitud maternal por los enfermos, la liturgia hace resonar oportunamente el Magnificat, el cántico de la Virgen que exalta las maravillas de Dios en la historia de la salvación: los humildes y los indigentes, como todos aquellos que temen a Dios, experimentan su misericordia, que invierte las suertes terrenas y demuestra así la santidad del Creador y Redentor. El Magnificat no es el cántico de aquellos a quienes sonríe la fortuna, que tienen siempre “el viento en popa”; es más bien la acción de gracias de quien conoce los dramas de la vida, pero confía en la obra redentora de Dios. Es un canto que expresa la fe probada de generaciones de hombres y mujeres que han puesto en Dios su esperanza y se han comprometido en primera persona, como María, en ser de ayuda a los hermanos en necesidad. En el Magnificat oímos la voz de tantos santos y santas de la caridad, pienso en particular en los que consumieron su vida entre los enfermos y los que sufren, como Camilo de Lellis y Juan de Dios, Damián de Veuster y Benito Menni. Quien permanece mucho tiempo cerca de las personas que sufren, conoce la angustia y las lágrimas, pero también el milagro de la alegría, fruto del amor.
Queridos amigos, como he escrito en la Encíclica Spe salvi, "la medida de la humanidad se determina esencialmente en la relación con el sufrimiento y con el sufriente. Esto vale tanto para el individuo como para la sociedad” (n. 30). Instituyendo un Dicasterio dedicado a la pastoral sanitaria, la Santa Sede ha querido ofrecer su propia contribución también para promover un mundo capaz de acoger y de cuidar a los enfermos como personas. Ha querido, de hecho, ayudarles a vivir la experiencia de la enfermedad de modo humano, sin renegar de ella, sino ofreciéndole un sentido. Quisiera concluir estas reflexiones con un pensamiento del Venerable Papa Juan Pablo II, que él testimonió con su propia vida. En la carta apostólica Salvifici doloris escribió: "Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien a quien sufre. En este doble aspecto él reveló profundamente el sentido del sufrimiento”. Que la Virgen María nos ayude a vivir plenamente esta misión. ¡Amen!
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)
Monday, February 15, 2010
Defender la familia es el mejor modo de custodiar los derechos del niño
Es precisamente la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la ayuda más grande que se pueda ofrecer a los niños. Estos quieren ser amados por una madre y por un padre que se aman, y necesita habitar, crecer y vivir junto con ambos padres, porque la figura materna y paterna son complementarias en la educación de los hijos y en la construcción de su personalidad y de su identidad. Es importante, por tanto, que se haga todo lo posible por hacerles crecer en una familia unida y estable. Con este fin, es necesario exhortar a los cónyuges a no perder nunca de vista las razones profundas y la sacramentalidad de su pacto conyugal y a reforzarlo con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el diálogo constante, la acogida recíproca y el perdón mutuo. Un ambiente familiar no sereno, la división de la pareja, y en particular, la separación con el divorcio no dejan de tener consecuencias para los niños, mientras que apoyar a la familia y promover su bien, sus derechos, su unidad y estabilidad, es la mejor forma de tutelar los derechos y las auténticas exigencias de los menores.
(Mensaje al Pontificio Consejo para la Familia. Ciudad del Vaticano, 8-2-2010)
Thursday, February 11, 2010
Para ser buen cristiano no hacer falta ser "súper" hombre
En este Año Sacerdotal, roguemos al Señor de la mies, para que envíe operarios a su mies y para que los que sientan la invitación del Señor a seguirlo, después del necesario discernimiento, sepan responderle con generosidad, no confiando en sus propias fuerzas, sino abriéndose a la acción de su gracia. En particular, invito a todos los sacerdotes a reavivar su generosa disponibilidad para responder cada día a la llamada del Señor con la misma humildad y fe de Isaías, Pedro y Pablo.
A la Virgen Santa confiamos todas las vocaciones, particularmente las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. María suscite en cada uno el deseo de pronunciar el propio “sí” al Señor con alegría y dedicación plena.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 7-2-2010)
El Papa recuerda la vocación específica de los laicos
Esta tarea requiere una disposición a enfrentarse firmemente a los desafíos presentados por la marea creciente de secularismo en vuestro país. El apoyo a la eutanasia ataca el corazón mismo de la comprensión cristiana de la dignidad de la vida humana. Los desarrollos recientes en ética médica y algunas de las prácticas defendidas en el campo de la embriología dan razón para gran preocupación. Si la enseñanza de la Iglesia es comprometida, incluso ligeramente, en un área como ésta, entonces se hace más duro defender la totalidad de la doctrina católica de una manera integral. Los pastores de la Iglesia, por tanto, deben continuamente llamar a los fieles a una fidelidad completa al Magisterio de la Iglesia, respetando y defendiendo al mismo tiempo el derecho de la Iglesia a vivir libremente en sociedad según sus creencias.
Aseguraos de presentar esta enseñanza de esta manera que sea reconocida por el mensaje de esperanza que es. Con demasiada frecuencia, la doctrina de la Iglesia se percibe como una seria de prohibiciones y posiciones retrógradas, mientras que la realidad, como sabemos, es que es creativa y dadora de vida, y se dirige a la realización más plena posible del gran potencial de bien y a la felicidad que Dios ha puesto en cada uno de nosotros.
(Discurso a los obispos de Escocia en la visita ad limina. Ciudad del Vaticano, 5-2-2010)
Wednesday, February 10, 2010
¿Cuál es la causa del mal y de las injusticias?
(Mensaje del Papa para la cuaresma. Ciudad del Vaticano, 4-2-2010)
Sunday, February 7, 2010
El apostolado exige cultivar la "dimensión cultural" de la fe para hacerlo con belleza
Santo Domingo descubrió que muchos pueblos todavía no conocían el Evangelio y se encontró con diversos grupos heréticos, muy extendidos en el sur de Francia. Junto a su Obispo, Domingo acude al Papa, que lo envía a hacer frente al error albigense].
Este gran santo nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero, que empuja incesantemente a llevar el primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización: ¡es Cristo, de hecho, el bien más precioso que los hombres y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen el derecho de conocer y amar! Y es consolador ver como también en la Iglesia de hoy son tantos – pastores y fieles laicos, miembros de antiguas órdenes religiosas y de nuevos movimientos eclesiales – que con alegría gastan su vida por este ideal supremo: anunciar y dar testimonio del Evangelio.
En segundo lugar, Domingo, con un gesto valiente, quiso que sus seguidores adquiriesen una sólida formación teológica, y no dudó en enviarles a las universidades de la época, aunque no pocos eclesiásticos miraban con desconfianza a estas instituciones culturales. Las Constituciones de la Orden de los Predicadores dan mucha importancia al estudio como preparación al apostolado. Domingo quiso que sus frailes se dedicasen a él sin reserva, con diligencia y piedad; un estudio fundado en el alma de cada saber teológico, es decir, en la Sagrada Escritura, y respetuoso con las preguntas planteadas por la razón. El desarrollo de la cultura impone a aquellos que realizan el ministerio de la Palabra, a los distintos niveles, de estar bien preparados. Exhorto por tanto a todos, pastores y laicos, a cultivar esta "dimensión cultural" de la fe, para que la belleza de la vida cristiana pueda ser mejor comprendida y la fe pueda ser verdaderamente nutrida, reforzada y también defendida.
Todos los fieles pueden encontrar una profunda “alegría interior” al contemplar la belleza de la verdad que viene de Dios, verdad siempre actual y siempre viva. El lema de los Frailes Predicadores – contemplata aliis tradere – nos ayuda a descubrir, además, un anhelo pastoral en el estudio contemplativo de estas verdades, por la exigencia de comunicar a los demás el fruto de la propia contemplación.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 3-2-2010)
Friday, February 5, 2010
¿Tiene sentido, hoy, una vida consagrada a Dios?
En realidad, es precisamente y sólo a partir de esta fe, de esta profesión de fe en Jesucristo, el Mediador único y definitivo, que en la Iglesia tiene sentido una vida consagrada a Dios mediante Cristo. Tiene sentido sólo si Él es verdaderamente mediador entre Dios y nosotros, de lo contrario se trataría sólo de una forma de sublimación o de evasión.
La vida consagrada, de hecho, testimonia y expresa de modo “fuerte” precisamente la mutua búsqueda de Dios y del hombre, el amor que les atrae; la persona consagrada, por el mismo hecho de existir, representa como un “puente” hacia Dios para todos aquellos que la encuentran, una llamada, un envío. Y todo esto en base a la mediación de Jesucristo, el Consagrado del Padre. ¡El fundamento es Él! Él, que ha compartido nuestra fragilidad, para que nosotros mismos pudiésemos participar de su naturaleza divina.
Nuestro texto insiste, más que sobre la fe, sobre la “confianza” con la que podemos acercarnos al “trono de la gracia”, desde el momento en que el sumo sacerdote fue Él mismo “probado en todo como nosotros”. Podemos acercarnos para “recibir misericordia”, “encontrar gracia”, y para “ser ayudados en el momento oportuno”. Me parece que estas palabras contienen una gran verdad y al mismo tiempo un gran consuelo para nosotros, que hemos recibido el don y el compromiso de una especial consagración en la Iglesia.
Las personas consagradas están llamadas de modo particular a ser testigos de esta misericordia del Señor, en la que el hombre encuentra su propia salvación. Estas mantienen viva la experiencia del perdón de Dios, porque tienen conciencia de ser personas salvadas, de ser grandes cuando se reconocen pequeñas, de sentirse renovadas y envueltas por la santidad de Dios cuando reconocen su propio pecado. Por esto, también para el hombre de hoy, la vida consagrada sigue siendo una escuela privilegiada de la “compunción del corazón”, del reconocimiento humilde de la propia miseria, pero al mismo tiempo, sigue siendo una escuela de la confianza en la misericordia de Dios, en su amor que nunca nos abandona. En realidad, más uno se acerca a Dios, más se acerca a él, tanto más se es útil a los demás.
El particular, las comunidades que viven en la clausura, con su compromiso específico de fidelidad en el “estar con el Señor”, en el “estar bajo la cruz”, llevan a cabo a menudo este papel vicario, unidas al Cristo de la Pasión, tomando sobre sí los sufrimientos y las pruebas de los demás y ofreciendo con alegría todo por la salvación del mundo.
Si esta no existiese, ¡cuánto más pobre sería el mundo! Más allá de las valoraciones superficiales de funcionalidad, la vida consagrada es importante precisamente por su ser signo de gratuidad y de amor, y esto tanto más en una sociedad que corre el riesgo de ser sofocada en el torbellino de lo efímero y de lo útil (cfr Exhort. ap. post-sinod. Vita consecrata, 105). La vida consagrada, en cambio, testimonia la sobreabundancia de amor que empuja a “perder” la propia vida, como respuesta a la sobreabundancia de amor del Señor, que “perdió” el primero su vida por nosotros.
¿De dónde viene el título de la Virgen de la Candelaria?
(Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor en la Basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 2-2-2010)
Thursday, February 4, 2010
Mensaje del Papa para la cuaresma: para entrar en la justicia es necesario salir de la autosuficiencia
1. En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo.
Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
2.El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el Justo [Jesucristo] muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
3. Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
(Mensaje para la Cuaresma del 2010. Ciudad del Vaticano, 4-2-2010)
Tuesday, February 2, 2010
El amor es el "lifestyle" de Dios y de un creyente
Por ahora, mientras estamos en este mundo, la caridad es el distintivo del cristiano. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. Por este motivo, al inicio de mi pontificado, he querido dedicar mi primera encíclica precisamente al tema del amor: Deus caritas est.
El amor es, por así decir, el "estilo" de Dios y del creyente, es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo. En Jesucristo, estos dos aspectos forman una unidad perfecta: Él es el Amor encarnado. Este Amor se nos ha revelado plenamente en Cristo crucificado. Al contemplarle, podemos confesar con el apóstol Juan: "nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él" (Cf. 1 Juan 4,16; encíclica Deus caritas est, 1).
Si pensamos en los santos, reconocemos la verdad de sus dones espirituales, y también de sus caracteres humanos. Pero la vida de cada uno de ellos es un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Hoy, 31 de enero, recordamos en particular a san Juan Bosco, fundador de la Familia Salesiana, y patrono de los jóvenes.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 31-1-2010)
El cardenal Newman es modelo porque fue un sacerdote santo, más que un erudito que escribió muchas cosas
Preocupaos, por tanto, de aprovechar los considerables dones de los fieles laicos en Inglaterra y Gales y mirad que estén preparados para pasar la fe a las nuevas generaciones de forma exhaustiva, precisa y con una aguda conciencia de que al hacerlo están jugando su parte en la misión de la Iglesia. En un entorno social que alienta la expresión de una variedad de opiniones sobre cada cuestión que se plantea, es importante reconocer la disidencia por lo que es, y no confundirla con una contribución madura a un debate equilibrado y amplio. Es la verdad revelada a través de la Escritura y la Tradición, y articulada por el Magisterio de la Iglesia, la que nos hace libres. El cardenal Newman se dio cuenta de esto, y nos dejó un ejemplo extraordinario de fidelidad a la verdad revelada siguiendo esta “luz amable" donde quiera que lo llevó, incluso a un costo personal considerable. En la Iglesia de hoy se necesitan grandes escritores y comunicadores de su estatura e integridad, y mi esperanza es que la devoción hacia él sirva de inspiración a muchos para seguir sus pasos.
Mucha atención se ha concedido a la erudición de Newman y a sus extensos escritos, pero es importante recordar que él se vio a sí mismo ante todo como sacerdote. En palabras de Newman, "los sacerdotes de Cristo no tienen sacerdocio propio, sino el de Él... lo que hacen, Él lo hace, cuando bautizan, Él está bautizando, y cuando bendicen, Él es la bendición" (Parochial and Plain Sermons, VI 242). De hecho, ya que el sacerdote desempeña un papel insustituible en la vida de la Iglesia, no escatiméis esfuerzos en fomentar las vocaciones sacerdotales y en subrayar a los fieles el verdadero significado y la necesidad del sacerdocio. Alentad a los fieles laicos a expresar su aprecio por los sacerdotes que les sirven, y reconoced las dificultades que a veces enfrentan a causa de su disminución y del aumento de las presiones. El apoyo y la comprensión de los fieles es especialmente necesario cuando las parroquias tienen que fusionarse o los horarios de Misas deben ajustarse. Ayudadles a evitar toda tentación de considerar al clero como meros funcionarios, sino más bien a alegrarse del don del ministerio sacerdotal, un regalo que nunca se puede dar por sentado.
(Discurso a los obispos de Inglaterra y Gales con motivo de la visita ad Limina. Ciudad del Vaticano, 1-2-2010)