Saturday, January 30, 2010

¿Cómo podemos ser más solidarios con las víctimas de Haití? Imitar la pobreza de espíritu de San Francisco de Asis puede ser una opción

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San Francisco (...) era verdaderamente un icono vivo de Cristo. Fue también llamado el “hermano de Jesús”. En efecto, éste era su ideal: ser como Jesús, contemplar al Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera bienaventuranza del Discurso de la Montaña – Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3) – encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Verdaderamente, queridos amigos, los santos son los mejores intérpretes de la Biblia; éstos, encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atrayente que nunca, de modo que habla realmente con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con dedicación y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo también un estilo de vida sobrio y un desapego de los bienes materiales.(...)
Del amor de Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de fraternidad universal y de amor por la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. Como recordé en mi reciente encíclica Caritas in veritate, es sostenible solo un desarrollo que respete a la creación y que no dañe el medio ambiente (cfr nn. 48-52), y en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año he subrayado que también la constitución de una paz sólida está unida al respeto de la creación. Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. La naturaleza es entendida por él precisamente como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad divina se hace transparente y podemos nosotros hablar de Dios y con Dios.
Queridos amigos, Francisco fue un gran santo y un hombre alegre. Su sencillez, su humildad, su fe, su amor por Cristo, su bondad hacia cada hombre y cada mujer le hicieron alegre en toda situación. De hecho, entre la santidad y la alegría subsiste una relación íntima e indisoluble. Un escritor francés dijo que en el mundo hay una sola tristeza: la de no ser santos, es decir, la de no estar cerca de Dios. Mirando el testimonio de Francisco, comprendemos que éste es el secreto de la verdadera felicidad: ¡ser santos, cercanos a Dios!

Conoce la historia de San Francisco de Asís

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"Nació al mundo un sol". Con estas palabras, en la Divina Commedia (Paraíso, Canto XI), el máximo poeta italiano Dante Alighieri alude al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Perteneciente a una rica familia – el padre era comerciante de telas –, Francisco transcurrió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de la época. A los veinte años tomó parte en una campaña militar, y fue hecho prisionero. Se puso enfermo y fue liberado. Tras su vuelta a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual, que le llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había llevado hasta entonces. A este periodo corresponden los célebres episodios del encuentro con el leproso, al que Francisco, bajando del caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucificado en la pequeña iglesia de San Damián. En tres ocasiones el Cristo en la cruz cobró vida, y le dijo “Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas”. Este sencillo acontecimiento de la palabra del Señor oída en la iglesia de San Damián esconde un simbolismo profundo. Inmediatamente san Francisco es llamado a reparar esta pequeña iglesia, pero el estado ruinoso de este edificio es el símbolo de la situación dramática e inquietante de la misma Iglesia en esa época, con una fe superficial que no forma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que comporta también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos herejes. Con todo, en esta Iglesia en ruinas está en el centro el Crucifijo y haba: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la pequeña iglesia de san Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar a la misma Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor por Cristo. Este acontecimiento, sucedido probablemente en 1205, hace pensar en otro acontecimiento similar, sucedido en 1207: el sueño del papa Inocencio III. Éste vio en sueños que la Basílica de San Juan de Letrán, la iglesia madre de todas las iglesias, está derrumbándose y que un religioso pequeño e insignificante apuntala con sus hombros a la iglesia para que no caiga. Es interesante notar, por una parte, que no es el Papa el que ayuda para que la Iglesia no caiga, sino un religioso pequeño e insignificante, que el Papa reconoce en Francisco cuando éste le visita. Inocencio III era un papa poderoso, de gran cultura teológica, como también de gran poder político, y sin embargo no es él el que renueva a la Iglesia, sino un pequeño e insignificante religioso: es san Francisco, llamado por Dios. Por otra parte, sin embargo, es importante observar que san Francisco no renueva la Iglesia sin o contra el Papa, sino en comunión con él. Las dos realidades van juntas: el Sucesor de Pedro, los Obispos, la Iglesia fundada sobre la sucesión de los Apóstoles, y el carisma nuevo que el Espíritu Santo crea en este momento para renovar la Iglesia. Juntos crece la verdadera renovación. (...)

(...) Escuchando un pasaje del Evangelio de Mateo – el discurso de Jesús a los apóstoles enviados a la misión – Francisco se sintió llamado a vivir en la pobreza y a dedicarse a la predicación. Otros compañeros se unieron a él, y en 1209 se dirigió a Roma, para someter al Papa Inocencio III el proyecto de una nueva forma de vida cristiana. Recibió una acogida paternal por parte de aquel gran Pontífice que, iluminado por el Señor, intuyó el origen divino del movimiento suscitado por Francisco. El Pobrecillo de Asís había comprendido que todo carisma dado por el Espíritu Santo debe ser puesto al servicio del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia; por tanto actuó siempre en comunión plena con la autoridad eclesiástica. En la vida de los santos no hay contraposición entre carisma profético y carisma de gobierno y, si se crea alguna tensión, éstos saben esperar con paciencia los tiempos del Espíritu Santo. (...)

La muerte de Francisco – su transitus – sucedió la noche del 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula. Tras haber bendecido a sus hijos espirituales, murió, acostado sobre la tierra desnuda. Dos años más tarde el Papa Gregorio IX lo inscribió en el elenco de los santos. Poco tiempo después se erigía en Asís una gran basílica en su honor, meta aún hoy de muchísimos peregrinos, que pueden venerar la tumba del santo y disfrutar la visión de los frescos de Giotto, pintor que ha ilustrado de modo magnífico la vida de Francisco.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 27-1-2010)

Friday, January 29, 2010

El pensamiento cristiano no propone ideas retrógradas

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Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angelicus et communis, [es]un modelo siempre actual en el que inspirar la acción y el diálogo [académico] con las distintas culturas. Él, de hecho, consiguió instaurar una confrontación fructífera tanto con el pensamiento árabe como con el judío de su época y, haciendo tesoro de la tradición filosófica griega, produjo una extraordinaria síntesis teológica, armonizando plenamente la razón y la fe. Él dejó ya en sus contemporáneos un recuerdo profundo e indeleble, precisamente por la extraordinaria finura y agudeza de su inteligencia y la grandeza y originalidad de su genio, además de por la luminosa santidad de su vida. Su primer biógrafo, Guillermo de Tocco, subraya la extraordinaria y penetrante originalidad pedagógica de santo Tomás, con expresiones que pueden inspirar también vuestras acciones: fray Tomás – escribe – “en sus lecciones introducía nuevos artículos, resolvía cuestiones de un modo nuevo y claro con nuevos argumentos. En consecuencia, quienes le escuchaban enseñar tesis nuevas y tratarlas con método nuevo, no podían dudar de que Dios le hubiese iluminado con una luz nueva: de hecho, ¿se pueden acaso enseñar o escribir opiniones nuevas si no se recibe de Dios una inspiración nueva?” (Vita Sancti Thomae Aquinatis, en Fontes Vitae S. Thomae Aquinatis notis historicis et criticis illustrati, ed. D. Prümmer M.-H. Laurent, Tolosa, s.d., fasc. 2, p. 81).
El pensamiento y el testimonio de santo Tomás de Aquino nos sugieren estudiar con gran atención los problemas emergentes para ofrecer respuestas adecuadas y creativas. Confiados en la posibilidad de la “razón humana”, en la fidelidad plena al inmutable depositum fidei, es necesario – como hizo el "Doctor Communis" – recurrir siempre a las riquezas de la Tradición, en la constante búsqueda de la “verdad de las cosas”. Por esto, es necesario que las Pontificias Academias sean hoy más que nunca Instituciones vitales y vivaces, capaces de percibir agudamente tanto las preguntas de la sociedad y de las culturas, como las necesidades y las expectativas de la Iglesia, para ofrecer una contribución adecuada y válida y promover así, con todas las energías y los medios a disposición, un auténtico humanismo cristiano.

Thursday, January 28, 2010

La fe no es una creencia ciega sino la experiencia de sentir a Cristo presente y vivo

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Los discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor resucitado, vuelven a Jerusalén y encuentran a los Once reunidos junto con los demás. El Cristo resucitado se les aparece, los consuela, vence su temor, sus dudas, se hace comensal suyo y les abre el corazón a la inteligencia de las Escrituras, recordando todo lo que tenía que suceder y que se convertirá en el núcleo central del anuncio cristiano. Jesús afirma: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén” (Lc 24,46-47). Estos son los acontecimientos de los cuales darán testimonio ante todo los discípulos de la primera hora y, a continuación, los creyentes en Cristo de todo tiempo y de todo lugar. Es importante, sin embargo, subrayar que este testimonio, entonces como hoy, nace del encuentro con el Resucitado, se nutre de la relación constante con Él, está animado por el amor profundo hacia Él. ¡Solo quien ha hecho experiencia de sentir a Cristo presente y vivo - “Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo” (Lc 24,39) -, de sentarse a la mesa con Él, de escucharle para que haga arder el corazón, puede ser Su testigo! Por esto, Jesús promete a los discípulos y a cada uno de nosotros una poderosa asistencia de lo alto, una nueva presencia, la del Espíritu Santo, don del Cristo resucitado, que nos guía hacia la verdad completa: “Mirad, voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre” (Lc 24,49), dice a los Once y a nosotros (...)
(...) En un mundo marcado por la indiferencia religiosa, e incluso por una creciente aversión hacia la fe cristiana, es necesaria una nueva, intensa, actividad de evangelización (...) No faltan, por desgracia, cuestiones que nos separan a unos de otros, y que esperamos que puedan ser superadas a través de la oración y el diálogo, pero hay un contenido central del mensaje de Cristo que podemos anunciar todos juntos: la paternidad de Dios, la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte con su cruz y su resurrección, la confianza en la acción transformadora del Espíritu. (...)Estamos llamados a ofrecer un testimonio común frente a los desafíos cada vez más complejos de nuestro tiempo, como la secularización y la indiferencia, el relativismo y el hedonismo, los delicados temas éticos respecto al principio y al final de la vida, los límites de la ciencia y de la tecnología, el diálogo con las demás tradiciones religiosas. Hay además ulteriores campos en los que debemos desde ahora dar un testimonio común: la salvaguarda de la Creación, la promoción del bien común y de la paz, la defensa de la centralidad de la persona humana, el compromiso por vencer las miserias de nuestro tiempo, como el hambre, la indigencia, el analfabetismo, la desigual distribución de los bienes.
(Vísperas conclusivas de la Semana por la Unidad de los Cristianos. Basílica de San Pablo Extramuros. Roma, 25-1-2010)

La Iglesia no es un monolito de hombres uniformados sino como un cuerpo con órganos muy diferentes entre sí

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Entre las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy se encuentra el célebre texto de la Primera Carta a los Corintios en el que san Pablo compara la Iglesia al cuerpo humano. Así escribe el Apóstol: “Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido en un solo Espíritu” (1 Cor 12,12-13). La Iglesia está concebida como el cuerpo, del que Cristo es la cabeza, y forma con Él una unidad. Sin embargo lo que el Apóstol quiere comunicar es la idea de la unidad en la multiplicidad de los carismas, que son los dones del Espíritu Santo. Gracias a ellos, la Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que conduce a todos a la unidad profunda, asumiendo la diversidad sin abolirla y realizando un conjunto armonioso. Ésta prolonga en la historia la presencia del Señor resucitado, en particular mediante los Sacramentos, la Palabra de Dios, los carismas y los ministerios distribuidos en la comunidad. Por eso, precisamente en Cristo y en el Espíritu Santo, la Iglesia es una y santa, es decir una íntima comunión que trasciende las capacidades humanas y las sostiene.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 24-1-2010)

Sunday, January 24, 2010

¿Qué es el juicio?

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La opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte; esta vida suya está ante el Juez. Su opción, que se ha fraguado en el transcurso de toda la vida, puede tener distintas formas. Puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor. Personas en las que todo se ha convertido en mentira; personas que han vivido para el odio y que han pisoteado en ellas mismas el amor. Ésta es una perspectiva terrible, pero en algunos casos de nuestra propia historia podemos distinguir con horror figuras de este tipo. En semejantes individuos no habría ya nada remediable y la destrucción del bien sería irrevocable: esto es lo que se indica con la palabra infierno. Por otro lado, puede haber personas purísimas, que se han dejado impregnar completamente de Dios y, por consiguiente, están totalmente abiertas al prójimo; personas cuya comunión con Dios orienta ya desde ahora todo su ser y cuyo caminar hacia Dios les lleva sólo a culminar lo que ya son.

No obstante, según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres –eso podemos suponer– queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma. ¿Qué sucede con estas personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su vida, ¿se hará de repente irrelevante? O, ¿qué otra cosa podría ocurrir? San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, nos da una idea del efecto diverso del juicio de Dios sobre el hombre, según sus condiciones. Lo hace con imágenes que quieren expresar de algún modo lo invisible, sin que podamos traducir estas imágenes en conceptos, simplemente porque no podemos asomarnos a lo que hay más allá de la muerte ni tenemos experiencia alguna de ello. Pablo dice sobre la existencia cristiana, ante todo, que ésta está construida sobre un fundamento común: Jesucristo. Éste es un fundamento que resiste. Si hemos permanecido firmes sobre este fundamento y hemos construido sobre él nuestra vida, sabemos que este fundamento no se nos puede quitar ni siquiera en la muerte. Y continúa: « Encima de este cimiento edifican con oro, plata y piedras preciosas, o con madera, heno o paja. Lo que ha hecho cada uno saldrá a la luz; el día del juicio lo manifestará, porque ese día despuntará con fuego y el fuego pondrá a prueba la calidad de cada construcción. Aquel, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa, mientras que aquel cuya obra quede abrasada sufrirá el daño. No obstante, él quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego » (3,12-15). En todo caso, en este texto se muestra con nitidez que la salvación de los hombres puede tener diversas formas; que algunas de las cosas construidas pueden consumirse totalmente; que para salvarse es necesario atravesar el « fuego » en primera persona para llegar a ser definitivamente capaces de Dios y poder tomar parte en la mesa del banquete nupcial eterno.
47. Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego ». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios. Así se entiende también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría. Está claro que no podemos calcular con las medidas cronométricas de este mundo la « duración » de este arder que transforma. El « momento » transformador de este encuentro está fuera del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del « paso » a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo. El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación « con temor y temblor » (Fil 2,12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro « abogado », parakletos (cf. 1 Jn 2,1). (nn. 45-47)

¿Existe la justicia definitiva y la resurrección de los muertos?

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La parte central del gran Credo de la Iglesia, que trata del misterio de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y el nacimiento temporal de la Virgen María, para seguir con la cruz y la resurrección y llegar hasta su retorno, se concluye con las palabras: « de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos ». Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo. En la configuración de los edificios sagrados cristianos, que quería hacer visible la amplitud histórica y cósmica de la fe en Cristo, se hizo habitual representar en el lado oriental al Señor que vuelve como rey –imagen de la esperanza–, mientras en el lado occidental estaba el Juicio final como imagen de la responsabilidad respecto a nuestra vida, una representación que miraba y acompañaba a los fieles justamente en su retorno a lo cotidiano. En el desarrollo de la iconografía, sin embargo, se ha dado después cada vez más relieve al aspecto amenazador y lúgubre del Juicio, que obviamente fascinaba a los artistas más que el esplendor de la esperanza, el cual quedaba con frecuencia excesivamente oculto bajo la amenaza.

(...)

Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne[33]. Existe una justicia[34]. Existe la « revocación » del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva.
(nn 41-43)

¿Qué podemos hacer para contribuir a la unidad de todos los cristianos?

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El tema de este año está tomado del Evangelio de san Lucas, de las últimas palabras del Resucitado a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de esto” (Lc 24,48). (...)
Podemos ser testigos sólo conociendo a Cristo y, conociendo a Cristo, también conociendo a Dios. Pero conocer a Cristo implica ciertamente una dimensión intelectual – aprender lo que conocemos de Cristo – pero es siempre mucho más que un proceso intelectual: es un proceso existencial, es un proceso de la apertura de mi yo, de mi transformación por la presencia y por la fuerza de Cristo, y así es también un proceso de apertura a todos los demás, que deben ser cuerpo de Cristo. De esta forma, es evidente que conocer a Cristo, como proceso intelectual y sobre todo existencial, es un proceso que nos hace testigos. En otras palabras, podemos ser testigos sólo si a Cristo lo conocemos de primera mano, y no sólo a través de otros, desde nuestra propia vida, de nuestro encuentro personal con Cristo. Encontrándole realmente en nuestra vida de fe, nos convertimos en testigos y podemos contribuir a la novedad del mundo, a la vida eterna. El Catecismo de la Iglesia católica nos da una indicación también para el contenido de este “todo esto”. (...)
Pero conociendo a Cristo – este es el punto esencial – conocemos el rostro de Dios. Cristo es sobre todo la revelación de Dios. En todos los tiempos, los hombres perciben la existencia de Dios, un Dios único, pero que está lejos y no se muestra. En Cristo este Dios se muestra, el Dios lejano se convierte en cercano. (...) Esto implica otra dimensión: Cristo nunca está solo; Él vino en medio de nosotros, murió solo, pero resucitó para atraer a todos hacia sí. Cristo, como dice la Escritura, se crea un cuerpo, reúne a toda la humanidad en su realidad de la vida inmortal. Y así, en Cristo que reúne a la humanidad, conocemos el futuro de la humanidad: la vida eterna. Todo esto, por tanto, es muy sencillo, en última instancia: conocemos a Dios conociendo a Cristo, su cuerpo, el misterio de la Iglesia y la promesa de la vida eterna.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 20-1-2010)

¿Qué hace la Iglesia Católica por la unidad de las iglesias cristianas que no están en comunión con el Papa?

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El movimiento ecuménico moderno se ha desarrollado de forma tan significativa que se ha convertido, en el último siglo, en un elemento importante en la vida de la Iglesia, recordando el problema de la unidad entre todos los cristianos y sosteniendo también el crecimiento de la comunión entre ellos. (...) Además, implica a la vida concreta de las Iglesias y de las Comunidades eclesiales con temáticas que tocan la pastoral y la vida sacramental, como por ejemplo el mutuo reconocimiento del Bautismo, las cuestiones relativas a los matrimonios mixtos, los casos parciales de comunicatio in sacris en situaciones particulares bien definidas. En el surco de este espíritu ecuménico, los contactos han ido ensanchándose también a movimientos pentecostales, evangélicos y carismáticos, para un mayor conocimiento recíproco, aunque no falten problemas graves en este sector.
La Iglesia católica, desde el Concilio Vaticano II en adelante, ha entrado en relaciones fraternas con todas las Iglesias de Oriente y las Comunidades eclesiales de Occidente, organizando, en particular, con la mayor parte de ellas, diálogos teológicos bilaterales, que han llevado a encontrar convergencias o incluso consenso en diversos puntos, profundizando así los vínculos de comunión. En el año apenas transcurrido, los diálogos han registrado pasos positivos. Con las Iglesias ortodoxas la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico ha comenzado, en la XI Sesión plenaria celebrada en Paphos (Chipre) en octubre de 2009, el estudio de un tema crucial en el diálogo entre católicos y ortodoxos: El papel del obispo de Roma en la comunión de la Iglesia en el primer milenio, es decir, en el tiempo en el que los cristianos de Oriente y Occidente vivían en la comunión plena. Este estudio se extenderá a continuación al segundo milenio. Ya he pedido muchas veces la oración de los católicos por este diálogo delicado y esencial para todo el movimiento ecuménico. (...)
Durante el año pasado, con las Comunidades eclesiales de Occidente se han examinado los resultados alcanzados en los diversos diálogos en estos cuarenta años, deteniéndose, el particular, en los mantenidos con la Comunión Anglicana, con la Federación Luterana Mundial, con la Alianza Reformada Mundial y con el Consejo Mundial Metodista. Al respecto, el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos realizó un estudio para evidenciar los puntos de convergencia a los que se ha llegado en los relativos diálogos bilaterales, y señalar, al mismo tiempo, los problemas abiertos sobre los que habrá que iniciar una nueva fase de confrontación.
Entre los recientes acontecimientos, quisiera mencionar la conmemoración del décimo aniversario de la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, celebrado por católicos y luteranos juntos el 31 de octubre de 2009, para estimular la prosecución del diálogo, como también la visita a Roma del arzobispo de Canterbury, el doctor Rowan Williams, el cual ha mantenido también coloquios sobre la particular situación en que se encuentra la Comunión Anglicana. El compromiso común de continuar las relaciones y el diálogo son un signo positivo, que manifiesta cuán intenso es el deseo de unidad, a pesar de todos los problemas que se oponen. Así vemos que hay una dimensión de nuestra responsabilidad en hacer todo lo posible para llegar realmente a la unidad, pero que hay otra dimensión, la de la acción divina, porque solo Dios puede dar unidad a la Iglesia. Una unidad “autohecha” sería humana, pero nosotros deseamos la Iglesia de Dios, hecha por Dios, el cual cuando quiera y cuando nosotros estemos preparados, creará la unidad. Debemos tener presente también los progresos reales que se han alcanzado en la colaboración y en la fraternidad en todos estos años, en estos últimos cincuenta años. Al mismo tiempo, debemos saber que el trabajo ecuménico no es un proceso lineal. De hecho, problemas viejos, nacidos en el contexto de otra época, pierden su peso, mientras que en el contexto actual nacen problemas nuevos y nuevas dificultades. Por tanto, debemos estar siempre disponibles para un proceso de purificación, en el cual el Señor nos haga capaces de estar unidos.
Queridos hermanos y hermanas, por la compleja realidad ecuménica, por la promoción del diálogo, como también para que los cristianos de nuestro tiempo puedan dar un nuevo testimonio común de fidelidad a Cristo ante este nuestro mundo, pido la oración de todos. Que el Señor escuche la invocación nuestra y de todos los cristianos, que en esta semana se eleva a Él con particular intensidad.

¿Cómo responde el ateísmo a la idea del Juicio y la justicia final?

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En la época moderna, la idea del Juicio final se ha desvaído: la fe cristiana se entiende y orienta sobre todo hacia la salvación personal del alma; la reflexión sobre la historia universal, en cambio, está dominada en gran parte por la idea del progreso. Pero el contenido fundamental de la espera del Juicio no es que haya simplemente desaparecido, sino que ahora asume una forma totalmente diferente. El ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno. Hay que contestar este Dios precisamente en nombre de la moral. Y puesto que no hay un Dios que crea justicia, parece que ahora es el hombre mismo quien está llamado a establecer la justicia. Ahora bien, si ante el sufrimiento de este mundo es comprensible la protesta contra Dios, la pretensión de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. Si de esta premisa se han derivado las más grandes crueldades y violaciones de la justicia, no es fruto de la casualidad, sino que se funda en la falsedad intrínseca de esta pretensión. Un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza. Nadie ni nada responde del sufrimiento de los siglos. Nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder –bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente– no siga mangoneando en el mundo. Así, los grandes pensadores de la escuela de Francfort, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, han criticado tanto el ateísmo como el teísmo. Horkheimer ha excluido radicalmente que pueda encontrarse algún sucedáneo inmanente de Dios, pero rechazando al mismo tiempo también la imagen del Dios bueno y justo. En una radicalización extrema de la prohibición veterotestamentaria de las imágenes, él habla de la « nostalgia del totalmente Otro », que permanece inaccesible: un grito del deseo dirigido a la historia universal. También Adorno se ha ceñido decididamente a esta renuncia a toda imagen y, por tanto, excluye también la « imagen » del Dios que ama. No obstante, siempre ha subrayado también esta dialéctica « negativa » y ha afirmado que la justicia, una verdadera justicia, requeriría un mundo « en el cual no sólo fuera suprimido el sufrimiento presente, sino también revocado lo que es irrevocablemente pasado »[30]. Pero esto significaría –expresado en símbolos positivos y, por tanto, para él inapropiados– que no puede haber justicia sin resurrección de los muertos. Pero una tal perspectiva comportaría « la resurrección de la carne, algo que es totalmente ajeno al idealismo, al reino del espíritu absoluto »[31]. (n.42)

Thursday, January 21, 2010

Así pensaba el joven Ratzinger sobre el dominio nazi...

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En la biografía de mi vida – en la biografía de mi corazón, si puedo decirlo así – la ciudad de Frisinga tiene un papel muy especial. En ella recibí la formación que desde entonces caracteriza mi vida. Así, de algún modo, esta ciudad está siempre presente en mí y yo en ella (...)

(...) En esta ocasión aflora en mí un entero horizonte de imágenes y de recuerdos. Usted ha señalado ya algunos de ellos, querido señor Alcalde. Quisiera retomar algunos detalles. Ante todo está el 3 de enero de 1946. Tras una larga espera, finalmente había llegado el momento en el que el seminario de Frisinga podía abrir la puerta a cuantos volvían. En efecto, había aún un hospital militar para ex prisioneros de guerra, pero ahora podíamos comenzar. Ese momento representaba un cambio en la vida: estar en el camino al que nos sentíamos llamados. En la óptica de hoy, habíamos vivido de modo “anticuado” y privado de comodidades: estábamos en dormitorios, en salas de estudio, etc. pero éramos felices, no sólo porque finalmente habíamos escapado a las miserias y a las amenazas de la guerra y del dominio nazi, sino también porque éramos libres y sobre todo porque estábamos en el camino al que nos sentíamos llamados. Sabíamos que Cristo era más fuerte que la tiranía, que el de la ideología nazi y que sus mecanismos de opresión. Sabíamos que a Cristo pertenecen el tiempo y el futuro, y sabíamos que Él nos había llamado y que nos necesitaba, que había necesidad de nosotros. Sabíamos que la gente de aquellos tiempos cambiados nos esperaba, esperaba sacerdotes que llegaran con un nuevo empuje de fe para construir la casa viva de Dios. En esta ocasión debo elevar también un pequeño himno de alabanza al viejo ateneo, del que formé parte, primero como estudiante y luego como profesor. Había expertos muy serios, algunos incluso de fama internacional, pero lo más importante – a mi entender – es que ellos no eran sólo expertos, sino también maestros, personas que no ofrecían sólo las primicias de su especialización, sino personas a las que interesaba dar a los estudiantes lo esencial, el pan sano que necesitaban para recibir la fe desde dentro. Y era importante el hecho de que nosotros – si ahora puedo decir nosotros – no nos sentíamos expertos individualmente, sino parte de un conjunto; que cada uno de nosotros trabajaba en el conjunto de la teología; que desde nuestra obra debía hacerse visible la lógica de la fe como unidad, y, de esta forma, crecer la capacidad de dar razón de nuestra fe, como dice san Pedro (1 Pe 3, 15), de transmitirla en un tiempo nuevo, dentro de los nuevos desafíos.

(Discurso al recibir la ciudadanía honoraria de la localidad alemana de Frisinga. Ciudad del Vaticano, 16-1-2010)

El Papa recuerda su ordenación sacerdotal: "Soy débil e inadecuado, pero no estoy solo"

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La segunda imagen que quisiera retomar es el día de la ordenación sacerdotal. La catedral siempre fue el centro de nuestra vida, como también en el seminario éramos una familia y fue el padre Höck quien hizo de nosotros una verdadera familia. La catedral era el centro y lo ha seguido siendo para toda la vida en el día inolvidable de la ordenación sacerdotal. Son tres los momentos que se me quedaron particularmente grabados. Ante todo, el estar tumbados por tierra durante las letanías de los santos. Estando postrados en tierra, uno se hace consciente una vez más de la propia pobreza y se pregunta: ¿de verdad soy capaz de ello? Y al mismo tiempo resuenan los nombres de todos los santos de la historia y la imploración de los fieles: “Escúchanos, ayúdales”. Crece así la conciencia: sí, soy débil e inadecuado, pero no estoy solo, hay otros conmigo, la entera comunidad de los santos está conmigo, ellos me acompañan y por tanto puedo recorrer este camino y ser compañero y guía para los demás. El segundo, la imposición de las manos por parte del anciano, venerable cardenal Faulhaber — que me impuso a mí, a todos nosotros, las manos de un modo profundo e intenso – y la conciencia de que es el Señor el que pone sus manos sobre mí y me dice: me perteneces a mí, no te perteneces simplemente a ti mismo, te quiero, estás a mi servicio; pero también la conciencia de que esta imposición de las manos es una gracia, que no crea sólo obligaciones, sino que es sobre todo un don, que Él está conmigo y que su amor me protege y me acompaña. Además estaba aún el rito antiguo, en el que el poder de redimir los pecados se confería en un momento aparte, que iniciaba cuando el obispo decía, con las palabras del Señor: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”. Y sabía – sabíamos – que esto no es sólo una cita de Juan 15, sino una palabra actual que el Señor me está dirigiendo ahora. Él me acepta como amigo; estoy en esta relación de amistad; él me ma dado su confianza, y en esta amistad puedo trabajar y hacer otros amigos de Cristo.

(Discurso al recibir la ciudadanía honoraria de la localidad alemana de Frisinga. Ciudad del Vaticano, 16-1-2010)

Tuesday, January 19, 2010

¿Qué es lo que une principalmente a cristianos y judíos?

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En particular, el Decálogo, las "Diez Palabras" o Diez Mandamientos (Cf. Éxodo 20,1-17; Deuteronomio 5,1-21), que procede de la Torá de Moisés, constituye la antorcha de la ética, de la esperanza y del diálogo, al estrella polar de la fe y de la moral del pueblo de Dios, e ilumina y guía también el camino de los cristianos. Constituye un faro y una norma de vida en la justicia y en el amor, un "gran código" ético para toda la humanidad. Las "Diez Palabras" iluminan el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto, según los criterios de la conciencia recta de toda persona. Jesús mismo lo ha repetido en varias ocasiones, subrayando que es necesario un compromiso concreto siguiendo el camino de los Mandamientos: "si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos" (Mateo 19,17). Desde esta perspectiva, hay varios campos de colaboración y testimonio. Quisiera recordar tres particularmente importantes para nuestro tiempo.
Las "Diez Palabras" piden reconocer al único Señor, superando la tentación de adoptar otros ídolos, de construirse becerros de oro. En nuestro mundo, muchos no conocen a Dios o consideran que es superfluo, que no tiene relevancia para la vida; se han fabricado, de este modo, otros dioses nuevos ante los que se inclina el hombre. Despertar en nuestra sociedad la apertura a la dimensión trascendente, dar testimonio del único Dios es un servicio precioso que judíos y cristianos pueden ofrecer juntos.
Las "Diez Palabras" piden respeto, protección de la vida, contra toda injusticia y abuso, reconociendo el valor de toda persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Cuántas veces, en todas las partes de la tierra, cercanas o alejadas, siguen pisoteándose la dignidad, la libertad, los derechos del ser humano! Dar testimonio juntos del valor supremo de la vida contra todo egoísmo es ofrecer una importante contribución para un mundo en el que reine la justicia y la paz, el "shalom" deseado por los legisladores, los profetas y los sabios de Israel.
Las "Diez Palabras" exigen conservar y promover la santidad de la familia, cuyo "sí" personal y recíproco, fiel y definitivo del hombre y de la mujer, abre el espacio al futuro, a la auténtica humanidad de cada uno, y se abre, al mismo tiempo, al don de una nueva vida. Testimoniar que la familia sigue siendo la célula esencial de la sociedad y el contextos básico en el que se aprenden y ejercen las virtudes humanas es un servicio precioso que hay que ofrecer a la construcción de un rostro más humano.
(Discurso durante la visita a la sinagoga de Roma. Roma, 17-1-2010)

Monday, January 18, 2010

La memoria de la Shoah debe empujarnos a reforzar los vínculos entre cristianos y judíos

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Viniendo entre vosotros por primera vez como cristiano y como Papa, mi venerado Predecesor Juan Pablo II, hace casi veinticuatro años, quiso ofrecer una decidida contribución a la consolidación de las buenas relaciones entre nuestras comunidades, para superar toda incomprensión y prejuicio. Este visita mía se inserta en el camino trazado, para confirmarlo y reforzarlo. Con sentimientos de viva cordialidad me encuentro en medio de vosotros para manifestaros la estima y el afecto que el Obispo y la Iglesia de Roma, como también la entera Iglesia católica, nutren hacia esta comunidad y las comunidades judías dispersas por el mundo.

(...)La Iglesia no ha dejado de deplorar las faltas de sus hijos e hijas, pidiendo perdón por todo aquello que ha podido favorecer de cualquier modo las heridas del antisemitismo y del antijudaísmo (cfr Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, Nosotros Recordamos: una reflexión sobre la Shoah, 16 marzo 1998). ¡Que estas heridas puedan ser curadas para siempre! (...)

(...)El paso del tiempo nos permite reconocer en el siglo XX una época verdaderamente trágica para la humanidad: guerras sangrientas que han sembrado destrucción, muerte y dolor como nunca había sucedido antes; ideologías terribles que han tenido su raíz en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que han llevado una vez más al hermano a matar al hermano. El drama singular e impactante de la Shoá representa, en cualquier caso, el culmen de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo. (...)

(...)En este lugar, ¿cómo no recordar a los judíos romanos que fueron arrancados de sus casas, ante estos muros, y con horrendo tormento fueron asesinados en Auschwitz? ¿Cómo es posible olvidar sus rostros, sus nombres, sus lágrimas, la desesperación de hombres, mujeres y niños? El exterminio del pueblo de la Alianza de Moisés, primero anunciado y después sistemáticamente programado y realizado en la Europa bajo el dominio nazi, alcanzó aquel día trágicamente también a Roma. Por desgracia, muchos permanecieron indiferentes, pero muchos, también entre los católicos italianos, sostenidos por la fe y por la enseñanza cristiana, reaccionaron con valor, abriendo los brazos para socorrer a los judíos perseguidos y fugitivos, a menudo a riesgo de su propia vida, y merecen una gratitud perenne. También la Sede Apostólica llevo a cabo una acción de socorro, a menudo oculta y discreta.
La memoria de estos acontecimientos debe empujarnos a reforzar los vínculos que nos unen para que crezcan cada vez más la comprensión, el respeto y la acogida.(...)

(...) Como enseña Moisés en el Shemá (cf. Deuteronomio 6,5; Levítico 19,34), y Jesús afirma en el Evangelio (cf. Marcos 12, 19-31), todos los mandamientos se resumen en el amor de Dios y en la misericordia por el prójimo. Esta Regla compromete a judíos y cristianos a vivir, en nuestro tiempo, una generosidad especial con los pobres, las mujeres, los niños, los extranjeros, los enfermos, los débiles, los necesitados. En la tradición judía hay un admirable dicho de los Padres de Israel: "Simón el Justo solía decir: El mundo se funda en tres cosas: la Torá, el culto y los actos de misericordia" (Aboth 1,2). Con el ejercicio de la justicia y la misericordia, judíos y cristianos están llamados a anunciar y a dar testimonio del Reino del Altísimo que viene, y por el que rezan y actúan cada día en la esperanza.
En esta dirección podemos dar pasos juntos, conscientes de las diferencias que se dan entre nosotros, pero también de que si logramos unir nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada del Señor, su luz se hará más cercana para iluminar a todos los pueblos de la tierra. Los pasos dados en estos cuarenta años desde por el Comité Internacional Conjunto Católico-Judío y, en los años recientes, por la Comisión Mixta de la Santa Sede y del Gran Rabinato de Israel, son un signo de la voluntad común de continuar un diálogo abierto y sincero. Precisamente mañana la Comisión Mixta celebrará aquí, en Roma, su noveno encuentro sobre "La enseñanza católica y judía sobre la creación y el ambiente". Deseamos a sus miembros un diálogo fecundo sobre un tema tan importante como actual.
Cristianos y judíos tienen buena parte de su patrimonio espiritual en común, rezan al mismo Señor, tienen las mismas raíces, pero con frecuencia se desconocen mutuamente. Nos corresponde a nosotros, respondiendo a la llamada del Señor, trabajar para que quede siempre abierto el espacio del diálogo, del respeto recíproco, del crecimiento en la amistad, del testimonio común ante los desafíos de nuestro tiempo, que nos invitan a colaborar por el bien de la humanidad en este mundo creado por Dios, el Omnipotente y Misericordioso.
(Discurso durante la visita a la Sinagoga de Roma. Roma 17-1-2010)

Jornada Mundial del inmigrante y el refugiado: El Niño Jesús también fue un refugiado

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En el domingo de hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. La presencia de la Iglesia al lado de estas personas ha sido constante en el tiempo, alcanzando objetivos singulares a principios del siglo pasado: baste pensar en las figuras del obispo beato Giovanni Battista Scalabrini y de santa Francesca Cabrini. En el mensaje enviado para la ocasión he llamado la atención sobre los migrantes y refugiados menores de edad. Jesucristo, que de recién nacido vivió la dramática experiencia del refugiado a causa de las amenazas de Herodes, enseña a sus discípulos a acoger a los niños con gran respeto y amor. También el niño, de hecho, sea cual sea su nacionalidad o el color de su piel, debe ser considerado ante todo y siempre como persona, imagen de Dios, que promover y tutelar contra todo tipo de marginación y explotación. En particular, es necesario poner todo cuidado para que los menores que se encuentran viviendo en un país extranjero tengan garantías a nivel legislativo, y sean sobre todo acompañados en los innumerables problemas que deben afrontar. Mientras animo vivamente a las comunidades cristianas y a los organismo que trabajan en el servicio a los menores migrantes y refugiados, exhorto a todos a mantener viva la sensibilidad educativa y cultural hacia ellos, según el auténtico espíritu evangélico.
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 17-1-2010)

El amor a la vida está inscrito en el corazón de todos los hombres

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En temas tan delicados y actuales, como los que se refieren a la procreación y a las nuevas propuestas terapéuticas que comportan la manipulación del embrión y del patrimonio genético humano, la Instrucción ha recordado que “el valor ético de la ciencia biomédica se mide con referencia tanto al respeto incondicional debido a todo ser humano, en todos los momentos de su existencia, como a la tutela de la especificidad de los actos personales que transmiten la vida" (Instr. Dignitas personae, n. 10). De este modo el Magisterio de la Iglesia pretende ofrecer su propia contribución a la formación de la conciencia, no sólo de los creyentes, sino de cuantos buscan la verdad y pretenden escuchar argumentaciones que proceden de la fe, pero también de la propia razón. La Iglesia, al proponer valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, llama a la luz, tanto de la razón como de la fe(cfr Ibid., n. 3), en cuanto que su convicción es la de que “lo que es humano no sólo es acogido y respetado por la fe, son también purificado, enaltecido y perfeccionado por ella" (Ibid., n. 7).
En este contexto se da así una respuesta a la difundida mentalidad, según la cual la fe se presenta como obstáculo a la libertad y a la investigación científica, porque estaría constituida por un conjunto de prejuicios que viciarían la comprensión objetiva de la realidad. Frente a esta postura, que tiende a sustituir la verdad con el consenso, frágil y fácilmente manipulable, la fe cristiana ofrece en cambio una contribución verdadera también en el ámbito ético-filosófico, no proporcionando soluciones preconstituídas a problemas concretos, como la investigación y la experimentación biomédica, sino proponiendo perspectivas morales fiables dentro de las cuales la razón humana puede buscar y encontrar soluciones válidas.
Hay, de hecho, determinados contenidos de la revelación cristiana que arrojan luz sobre las problemáticas bioéticas: el valor de la vida humana, la dimensión relacional y social de la persona, la conexión entre el aspecto unitivo y procreativo de la sexualidad, la centralidad de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer. Estos contenidos, inscritos en el corazón del hombre, son comprensibles también racionalmente como elementos de la ley moral natural y pueden hallar acogida también por parte de aquellos que no se reconocen en la fe cristiana.
La ley moral natural no es exclusivamente o predominantemente confesional, aunque la Revelación cristiana y la realización del hombre en el misterio de Cristo la ilumine y desarrolle en plenitud su doctrina. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica, ésta "indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral" (n. 1955). Fundada en la propia naturaleza humana y accesible a toda criatura racional, constituye así la base para entrar en diálogo con todos los hombres que buscan la verdad y, más en general, con la sociedad civil y secular. Esta ley, inscrita en el corazón de cada hombre, toca uno de los nudos esenciales de la misma reflexión sobre el derecho e interpela igualmente a la conciencia y a la responsabilidad de los legisladores.
(Discurso a la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ciudad del Vaticano, 15-1-2010)

Friday, January 15, 2010

Auténticos reformadores de la Iglesia siempre han sido los santos

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Al inicio del nuevo año miramos la historia del Cristianismo, para ver cómo se desarrolla una historia y cómo puede ser renovada. En ella podemos ver que son los santos, guiados por la luz de Dios, los auténticos reformadores de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Maestros con la palabra y testigos con el ejemplo, saben promover una renovación eclesial estable y profunda, porque ellos mismos son profundamente renovados, están en contacto con la verdadera novedad: la presencia de Dios en el mundo. Esta consoladora realidad, o sea, que en cada generación nazcan santos y traigan la creatividad de la renovación, acompaña constantemente la historia de la Iglesia en medio de las tristezas y de los aspectos negativos de su camino. Vemos, de hecho, siglo a siglo, nacer también las fuerzas de la reforma y de la renovación, porque la novedad de Dios es inexorable y da siempre nueva fuerza para seguir adelante.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 13-1-2010)

¿Por qué las órdenes mendicantes viven la pobreza con tanta radicalidad?

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[Las órdenes mendicantes son] un modelo de gran renovación en una nueva época histórica. Éstos fueron llamados así por su característica de “mendigar”, es decir, de recurrir humildemente al apoyo económico de la gente para vivir el voto de pobreza y llevar a cabo su propia misión evangelizadora. De las Órdenes Mendicantes que surgieron en ese periodo, los más conocidos y más importantes son los Frailes Menores y los Frailes Predicadores, conocidos como Franciscanos y Dominicos. Se les llama así por el nombre de sus fundadores, Francisco de Asís y Domingo de Guzmán respectivamente. Estos dos grandes santos tuvieron la capacidad de leer con inteligencia “los signos de los tiempos”, intuyendo los desafíos que debía afrontar la Iglesia de su tiempo.
Un primer desafío estaba representado por la expansión de varios grupos y movimientos de fieles que, aun inspirados por un legítimo deseo de una auténtica vida cristiana, se ponían a menudo fuera de la comunión eclesial. Estaban en profunda oposición a la Iglesia rica y hermosa que se había desarrollado precisamente con el florecimiento del monaquismo. En recientes catequesis e detuve sobre la comunidad monástica de Cluny, que había atraído a jóvenes, y por tanto fuerzas vitales, como también bienes y riquezas. Se había desarrollado así, lógicamente, en un primer momento, una Iglesia rica en propiedades y también inmóvil. Contra esta Iglesia se contrapuso la idea de que Cristo vino a la tierra pobre y que la verdadera Iglesia debería ser precisamente la Iglesia de los pobres; el deseo de una verdadera autenticidad cristiana se opuso así a la realidad de la Igelsia empírica. Se trata de los llamados movimientos pauperísticos de la Edad Media. Éstos rechazaban ásperamente el modo de vivir de los sacerdotes y de los monjes de aquel tiempo, acusados de haber traicionado el Evangelio y de no practicar la pobreza como los primeros cristianos, y estos movimientos contrapusieron al ministerio de los obispos una auténtica “jerarquía paralela”. Además, para justificar sus propias elecciones, difundieron doctrinas incompatibles con la fe católica. Por ejemplo, el movimiento de los cátaros o albigenses volvió a proponer antiguas herejías, como la devaluación y el desprecio del mundo material – la oposición contra la riqueza se convierte velozmente en oposición contra la realidad material en cuanto tal – la negación de la libre voluntad, y después el dualismo, la existencia de un segundo principio del mal equiparado a Dios. Estos movimientos tuvieron éxito, especialmente en Francia y en Italia, no solo por su sólida organización, sino también porque denunciaban un desorden real en la Iglesia, causado por el comportamiento poco ejemplar de varios representantes del clero.
Los Franciscanos y los Dominicos, en la estela de sus fundadores, mostraron, en cambio, que era posible vivir la pobreza evangélica, la verdad del Evangelio como tal, sin separarse de la Iglesia; mostraron que la Iglesia sigue siendo el verdadero, auténtico lugar del Evangelio y de la Escritura. Es más, Domingo y Francisco sacaron precisamente de su íntima comunión con la Iglesia y con el Papado la fuerza de su testimonio. Con una elección completamente original en la historia de la vida consagrada, los miembros de estas órdenes no sólo renunciaban a la posesión de bienes personales, como hacían los monjes desde la antigüedad, sino que ni siquiera querían que se pusieran a nombre de la comunidad terrenos y bienes inmuebles. Pretendían así dar testimonio de una vida extremadamente sobria, para ser solidarios con los pobres y confiar sólo en la Providencia, vivir cada día de la Providencia, de la confianza de ponerse en las manos de Dios. Este estilo personal y comunitario de las Órdenes Mendicantes, unido a la total adhesión a las enseñanzas de la Iglesia y a su autoridad, fue muy apreciado por los Pontífices de la época, como Inocencio III y Honorio III, que ofrecieron su completo apoyo a estas nuevas experiencias eclesiales, reconociendo en ellas la vos del Espíritu. Y los frutos no faltaron: los movimientos pauperísticos que se habían separado de la Iglesia volvieron a entrar en la comunión eclesial o, lentamente, se redimensionaron hasta desaparecer. También hoy, a pesar de vivir en una sociedad en la que a menudo prevalece el “tener” sobre el “ser”, se es muy sensible a los ejemplos de pobreza y solidaridad, que los creyentes ofrecen con elecciones valientes. También hoy no faltan iniciativas similares: los movimientos, que parten realmente de la novedad del Evangelio y lo viven con radicalidad en la actualidad, poniéndose en las manos de Dios, para servir al prójimo. El mundo, como recordaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, escucha de buen grado a los maestros, cuando son también testigos. Esta es una lección que no hay que olvidar nunca en la obra de difusión del Evangelio: vivir los primeros aquello que se anuncia, ser espejo de la caridad divina.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 13-1-2010)

Debemos a las órdenes mendicantes el surgimiento de las universidades

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Otro gran desafío lo representaban las transformaciones culturales que estaban teniendo lugar en ese periodo. Nuevas cuestiones hacían vivaz la discusión en las universidades, que nacieron a finales del siglo XII. Menores y Predicadores no dudaron en asumir también esta tarea y, como estudiantes y profesores, entraron en las universidades más famosas de su tiempo, erigieron centros de estudio, produjeron textos de gran valor, dieron vida a verdaderas y auténticas escuelas de pensamiento, fueron protagonistas de la teología escolástica en su mejor periodo, incidieron significativamente en el desarrollo del pensamiento. Los más grandes pensadores, santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, eran mendicantes, trabajando precisamente con este dinamismo de la nueva evangelización, que renovó también el coraje del pensamiento, del diálogo entre razón y fe. También hoy hay una “caridad de la y en la verdad”, una “caridad intelectual” que ejercer, para iluminar las inteligencias y conjugar la fe con la cultura. El empeño llevado a cabo por los Franciscanos y los Dominicos en las universidades medievales es una invitación, queridos fieles, a hacerse presentes en los lugares de elaboración del saber, para proponer, con respeto y convicción, la luz del Evangelio sobre las cuestiones fundamentales que interesan al hombre, su dignidad, su destino eterno. Pensando en el papel de los Franciscanos y de los Dominicos en la Edad Media, en la renovación espiritual que suscitaron, al soplo de vida nueva que comunicaron en el mundo, un monje dijo: “En aquel tiempo el mundo envejecía. Surgieron dos Órdenes en la Iglesia, de la que renovaron su juventud, como la de un águila” (Burchard d’Ursperg, Chronicon).
Queridos hermanos y hermanas, invoquemos precisamente al inicio de este año el Espíritu Santo, eterna juventud de la Iglesia: que él haga sentir a cada uno la urgencia de ofrecer un testimonio coherente y valiente del Evangelio, para que no falten nunca santos, que hagan resplandecer a la Iglesia como esposa siempre pura y bella, sin mancha y sin arruga, capaz de atraer irresistiblemente el mundo hacia Cristo, hacia su salvación.
(Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 13-1-2010)

Wednesday, January 13, 2010

El Papa invita a buscar las raíces de la crisis económica en una mentalidad materialista y egoísta

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La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás. Ella, por tanto, comparte intensamente la suerte de la humanidad que, en este año apenas comenzado, aparece todavía marcada por la crisis dramática que ha golpeado la economía mundial, provocando una grave y vasta inestabilidad social. En la Encíclica «Caritas in veritate», he invitado a buscar las raíces profundas de esta situación, que se encuentran, a fin de cuentas, en la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en cuenta los límites inherentes a toda criatura. Quisiera subrayar hoy que dicha mentalidad amenaza también a la creación. Cada uno de nosotros podría citar, probablemente, algún ejemplo de los daños que ella produce en el medio ambiente en todas las partes del mundo. Cito uno, entre tantos otros, de la historia reciente de Europa: hace veinte años, cuando cayó el muro de Berlín y se derrumbaron los regímenes materialistas y ateos que habían dominado durante varios decenios una parte de este continente, ¿acaso no fue posible calcular el alcance de las profundas heridas que un sistema económico carente de referencias fundadas en la verdad del hombre había infligido, no sólo a la dignidad y a la libertad de las personas y de los pueblos, sino también a la naturaleza, con la contaminación de la tierra, las aguas y el aire? La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, y devasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguardia de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios. (...)
(...) Sin embargo, conviene que esta atención y compromiso por el ambiente esté bien establecido en el conjunto de los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad. Si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona humana hacia ella misma es donde se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación. Pues, como enseña santo Tomás de Aquino, el hombre representa lo más noble del universo (cf. Summa Theologiae, I, q. 29, a. 3). Además, como ya recordé en la reciente Cumbre Mundial de la FAO sobre la Seguridad Alimentaria, «la tierra puede alimentar suficientemente a todos sus habitantes» (Discurso, 16 noviembre 2009, n. 2), con tal de que el egoísmo no lleve a algunos a acaparar los bienes destinados a todos. (...)
(...)
Señoras y Señores Embajadores, al final de este rápido recorrido que, debido a su brevedad, no se puede detener en todas las situaciones que lo merecerían, me vienen a la mente las palabras del Apóstol Pablo, para quien «la creación entera está gimiendo con dolores de parto» y «también nosotros gemimos en nuestro interior» (Rm 8, 22-23). En efecto, hay muchos sufrimientos en la humanidad y el egoísmo humano hiere a la creación de muchas maneras. Por eso mismo, el anhelo de salvación que atañe a toda la creación, es todavía más intenso y está presente en el corazón de todos, creyentes o no. La Iglesia indica que la respuesta a esta aspiración está en Cristo «primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres» (Col 1, 15-16). Fijando mis ojos en Él, exhorto a toda persona de buena voluntad a trabajar con confianza y generosidad por la dignidad y la libertad del hombre. Que la luz y la fuerza de Jesús nos ayuden a respetar la ecología humana, conscientes de que la ecología medioambiental se beneficiará también de ello, ya que el libro de la naturaleza es único e indivisible. De esta manera, podremos consolidar la paz, hoy y para las generaciones venideras. Os deseo a todos un feliz año.
(Discurso al Cuerpo Diplomático. Ciudad del Vaticano, 11-1-2010)

¿En qué consiste la "laicidad positiva" de la que habla el Papa Benedicto XVI?

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Señoras y Señores Embajadores, hasta aquí he evocado solamente algunos aspectos relacionados con el problema del medio ambiente. Las raíces de la situación que está a la vista de todos son, sin embargo, de tipo moral y la cuestión tiene que ser afrontada en el marco de un gran esfuerzo educativo, con el fin de promover un cambio efectivo de la mentalidad y establecer nuevos modelos de vida. La comunidad de los creyentes puede y quiere participar en ello, pero para hacerlo es necesario que se reconozca su papel público. Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana. Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida. Desde este punto de vista, pienso en Europa que, con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, ha abierto una nueva fase de su proceso de integración, que la Santa Sede seguirá con respeto y cordial atención. Al observar con satisfacción que el Tratado prevé que la Unión Europea mantenga con las Iglesias un diálogo «abierto, transparente y regular» (art. 17), formulo mis votos para que Europa, en la construcción de su porvenir, encuentre continua inspiración en las fuentes de su propia identidad cristiana. Ésta, como ya afirmé en mi viaje apostólico a la República Checa el pasado mes de septiembre, tiene un papel insustituible «para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de toda persona que a este continente lo llama "mi casa"» (Encuentro con las Autoridades civiles y el Cuerpo diplomático, 26 septiembre 2009).
(Discurso al Cuerpo Diplomático. Ciudad del Vaticano, 11-1-2010)

Monday, January 11, 2010

Por el bautismo de Jesús el Cielo se abre por primera vez después del pecado de Adán

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En el Jordán, Jesús se manifiesta con una humildad extraordinaria, que recuerda la pobreza y la sencillez del Niño colocado en el pesebre, y que anticipa los sentimientos con los que, al final de sus días terrenos, llegará a lavar los pies de sus discípulos y sufrirá la humillación terrible de la cruz. El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla entre pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus espaldas el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.
Cuando, recogido en oración, tras el bautismo, sale del agua, se abren los cielos. Es el momento esperado por tantos profetas: "Si rompieses los cielos y descendieses", había invocado Isaías (63, 19). En ese momento, según parece sugerir san Lucas, se escucha esta oración. De hecho, "se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo" (3, 21-22); se escucharon palabras nunca antes escuchadas: "Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado" (v. 22). Al salir de las aguas, como afirma san Gregorio Nazianceno, "ve cómo se rasgan y se abren los cielos, esos cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia" (Discurso 39 para el Bautismo del Señor, PG 36). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva. Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guió a los Magos de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres la presencia en el mundo de su Hijo e invita a esperar en la resurrección, en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
(Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor. Ciudad del Vaticano, 10-1-2010)

Jesús hace la fila para ser bautizado en el río Jordán como uno más

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Con la fiesta del Bautismo de Jesús continúa el ciclo de las manifestaciones del Señor, que comenzó en Navidad con el nacimiento en Belén del Verbo encarnado, contemplado por María, José y los pastores en la humildad del pesebre, y que ha tenido una etapa importante en la Epifanía, cuando el Mesías, a través de los Magos, se ha manifestado a todos los pueblos. Hoy Jesús se revela en la orillas del Jordán, a Juan y al pueblo de Israel. Es la primera ocasión en la que, como hombre maduro, entra en el escenario público, después de haber dejado Nazaret. Lo encontramos junto al Bautista, a quien acude un gran número de personas, en una escena particular. En el pasaje evangélico, poco antes proclamado, san Lucas observa ante todo que el pueblo estaba "a la espera" (3, 15). Subraya de este modo la espera de Israel; percibe en esas personas que habían dejado sus casas y sus compromisos habituales el profundo deseo de un mundo diferente y de palabras nuevas, que parecen encontrar respuesta precisamente en las palabras severas, comprometedoras, pero llenas de esperanza del Precursor. Su bautismo es de penitencia, un signo que invita a la conversión, a cambiar de vida, pues se acerca Aquél que "bautizará en Espíritu Santo y fuego" (3,16). De hecho, no se puede aspirar a un mundo nuevo permaneciendo sumergidos en el egoísmo y en las costumbres ligadas al pecado. También Jesús deja su casa y sus habituales ocupaciones para ir al Jordán. Llega en medio de la muchedumbre que está escuchando al Bautista y se pone en fila, como todos, en espera de ser bautizado. Al verle, Juan intuye que en ese Hombre hay algo único, que es el Otro misterioso que esperaba y hacia el que había orientado toda su vida. Comprende que se encuentra ante Alguien más grande que él, al que no es digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias.
(Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor. Ciudad del Vaticano, 10-1-2010)

No negar a los niños la luz que proviene del bautismo

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Queridos amigos: para estos niños hoy es un gran día. Con el Bautismo, participando en la muerte y resurrección de Cristo, comienzan con Él la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo. La liturgia la presenta como una experiencia de luz. De hecho, al entregar a cada uno la vela encendida en el cirio pascual, la Iglesia afirma: "¡Recibid la luz de Cristo!". El Bautismo ilumina con la luz de Cristo, abre los ojos a su resplandor e introduce en el misterio de Dios a través de la luz divina de la fe. En esta luz, los niños que van a ser bautizados tendrán que caminar durante toda la vida, ayudados por las palabras y el ejemplo de los padres, de los padrinos y madrinas. Éstos tendrán que comprometerse a alimentar con las palabras y el testimonio de su vida las antorchas de la fe de los niños para que pueda resplandecer en este mundo, que con frecuencia camina a tientas en las tinieblas de la duda, y llevar la luz del Evangelio que es vida y esperanza. Sólo de este modo, como adultos, podrán pronunciar con plena conciencia la fórmula que aparece al final de la profesión de fe de este rito: "Esta es nuestra fe. Esta es la fe de la Iglesia. Y nosotros nos gloriamos de profesarla en Cristo Jesús, nuestro Señor".
También en nuestros días la fe es un don que hay que volver a descubrir, cultivar y testimoniar. Que en esta celebración del Bautismo, el Señor conceda a cada uno de nosotros la gracia de vivir la hermosura y la alegría de ser cristianos para que podamos introducir a los niños bautizados en la plenitud de la adhesión a Cristo. Encomendamos estos pequeños a la materna intercesión de la Virgen María. Le pedimos que, revestidos con el vestido blanco, signo de su nueva dignidad de hijos de Dios, sean durante toda su vida fieles discípulos de Cristo y valientes testigos del Evangelio. Amén.
(Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor. Ciudad del Vaticano, 10-1-2010)

Friday, January 8, 2010

Los reyes magos nos indican el camino de la verdadera sabiduría de los científicos

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Celebramos hoy la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la Manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los Judíos (cfr Mt 2,1-2). El evangelista Mateo, que relata el acontecimiento, subraya que éstos llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella, avistada en su surgimiento e interpretada como signo del nacimiento del Rey anunciado por los profetas, o sea, el Mesías. Llegados sin embargo a Jerusalén, los Magos necesitaron las indicaciones de los sacerdotes y de los escribas para conocer exactamente el lugar a donde dirigirse, es decir, Belén, la ciudad de David (cfr Mt 2,5-6; Mi 5,1). La estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad.

Éstos eran unos sabios, que escrutaban los astros y conocían la historia de los pueblos. Eran hombres de ciencia en un sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas. De hecho, no se avergüenzan de pedir instrucciones a los jefes religiosos de los judíos. Habrían podido decir: hagámoslo solos, no necesitamos a nadie, evitando, según nuestra mentalidad actual, toda “contaminación” entre la ciencia y la Palabra de Dios. En cambio los Magos escuchan las profecías y las acogen; y, apenas se vuelven a poner en camino hacia Belén, ven nuevamente la estrella, casi como confirmación de una perfecta armonía entre la búsqueda humana y la Verdad divina, una armonía que llenó de alegría sus corazones de auténticos sabios (cfr Mt 2,10). El culmen de su itinerario de búsqueda fue cuando se encontraron ante "el niño con María su madre" (Mt 2,11). Dice el Evangelio que “postrándose le adoraron". Habrían podido quedarse desilusionados, es más, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abrieron al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demostraron que reconocían en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel.

Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que “advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, volvieron a su tierra por otro camino" (Mt 2,12). Habría sido natural volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como soberano al Niño, lo custodian escondiéndolo, según el estilo de María, o mejor de Dios mismo, y tal como habían aparecido, desaparecieron en el silencio, apagados, pero también cambiados tras el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor. Que nos ayude la Virgen María, modelo de verdadera sabiduría, a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre la razón y la fe, entre la ciencia y la revelación.

(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 6-1-2010)

Thursday, January 7, 2010

¿Por qué algunos no ven la estrella?

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Podemos entonces preguntarnos: ¿cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven? Podemos responder: la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios. Están seguros de la idea que se han hecho del mundo y no se dejan ya conmover en lo profundo por la aventura de un Dios que quiere encontrarles. Ponen su confianza más en sí mismos que en Él y no consideran posible que Dios sea tan grande que pueda hacerse pequeño, que se pueda acercar verdaderamente a nosotros.

Al final, lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme. Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios. El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos. Queramos, entonces, pedirle a Él que nos dé un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo. Amén.


(Homilía en la solemnidad de la Epifanía del Señor. Ciudad del Vaticano, 6-1-2010)

Oro, incienso y mirra son un acto de sumisión a Dios

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Éstos trajeron oro, incienso y mirra. No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias o cotidianas. En aquel momento la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil. Pero estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad. La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino, no pueden ya volver a Herodes, ya no pueden ser ya aliados con aquel soberano poderoso y cruel. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo.
(Homilía en la solemnidad de la Epifanía del Señor. Ciudad del Vaticano, 6-1-2010)

Los magos fueron los primeros de una multitud que continúa en camino hacia Belén

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Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre. En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía. En el camino de la historia, hay siempre personas que son iluminadas por la luz de la estrella, que encuentran el camino y llegan a Él. Todas viven, cada una a su manera, la misma experiencia que los Magos.
(Homilía en la solemnidad de la Epifanía del Señor. Ciudad del Vaticano, 6-1-2010)

Saturday, January 2, 2010

María fue la primera criatura que vio el rostro de Dios hecho hombre

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En el primer día del nuevo año tenemos la alegría y la gracia de celebrar a la Santísima Madre de Dios y, al mismo tiempo, la Jornada Mundial de la Paz. ¡En ambos aniversarios celebramos a Cristo, Hijo de Dios, nacido de María Virgen y nuestra verdadera paz! A todos vosotros, que estáis aquí reunidos: Representantes de los pueblos del mundo, de la Iglesia romana y universal, sacerdotes y fieles; y a todos los que están conectados mediante la radio y la televisión, repito las palabras de la antigua bendición: que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz (cfr. Nm. 6,26). Precisamente el tema del Rostro y de los rostros querría desarrollar hoy, a la luz de la Palabra de Dios -Rostro de Dios y rostros de los hombres- un tema que nos ofrece también una clave de lectura del problema de la paz en el mundo.
Hemos escuchado, sea en la primera lectura -extraída del Libro de los Números- sea en el Salmo responsorial, algunas expresiones que contienen la metáfora del rostro referida a Dios: “El Señor haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia” (Nm 6,25); “Apiádese Dios de nosotros y bendíganos, haga resplandecer su faz sobre nosotros” (Sal 66/67, 2-3). El rostro es la expresión por excelencia de la persona, es lo que la hace reconocible y por lo que se muestran sentimientos, pensamientos, intenciones del corazón. Dios, por su naturaleza, es invisible, sin embargo la Biblia le aplica también a Él esta imagen. Mostrar el rostro es expresión de su benevolencia, mientras que esconderlo indica ira e indignación. El Libro del Éxodo dice que “El Señor hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo” (Ex 33,11), y siempre a Moisés el Señor promete su cercanía con una fórmula muy singular: “Mi rostro caminará contigo y te daré descanso” (Ex 33,14). Los Salmos nos muestran a los creyentes como los que buscan el rostro de Dios (cfr. Sal 26/27, 8; 104/105, 4) y los que en el culto aspiran a verlo (cfr. Sal 42,3), y nos dicen que “los hombres rectos” lo “contemplarán” (Sal 10/11,7).
Toda la historia bíblica se puede leer como progresivo desvelo del rostro de Dios, hasta llegar a su plena manifestación en Jesucristo. “Al llegar la plenitud de los tiempos -nos ha recordado también hoy el apóstol Pablo- envió Dios a su Hijo” (Gal 4,4). Y rápidamente añade: “nacido de mujer, nacido bajo la ley”. El rostro de Dios ha tomado un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María, que por eso veneramos con el título altísimo de “Madre de Dios”. Ella, que ha custodiado en su corazón el secreto de la divina maternidad, ha sido la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre. La madre tiene una relación muy especial, única y de todos modos exclusiva con el hijo recién nacido. El primer rostro que el niño ve es el de la madre, y esta mirada es decisiva para su relación con la vida, con sí mismo, con los demás, con Dios; es decisiva también para que él pueda convertirse en un “hijo de la paz” (Lc 10,6).
(Homilía en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios. Ciudad del Vaticano, 1-1-2010)

Comenzar el año con el deseo de cuidar el medio ambiente y las relaciones humanas

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Un objetivo compartido por todos, condición indispensable para la paz, es el de administrar con justicia y sabiduría los recursos naturales de la Tierra. “Si quieres cultivar la paz, custodia lo creado”: a este tema, de gran actualidad, he dedicado mi Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz de hoy. Mientras se publicaba el Mensaje, los Jefes de Estado y de Gobierno estaban reunidos en Copenhague para la cumbre sobre el clima, donde ha emergido una vez más la urgencia de directrices acordadas en el ámbito mundial. Sin embargo, en este momento, querría destacar la importancia que, en la tutela del medio ambiente, tienen también las elecciones de cada uno, de las familias y de las administraciones locales. “Resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida” (cfr. Mensaje n.11). En realidad, todos somos responsables de la protección y del cuidado de lo creado. Por ello, también en este campo, es fundamental la educación: para aprender a respetar la naturaleza; orientarse cada vez más “a construir la paz a partir de opciones de gran calado en el ámbito personal, familiar, comunitario y político” (ibid.).
Si debemos cuidar las criaturas que nos rodean, ¡qué consideración deberemos tener con las personas, nuestros hermanos y hermanas! ¡Qué respeto por la vida humana! En el primer día del año, querría dirigir una llamada a las conciencias de los que forman parte de grupos armados de cualquier tipo. A todos y a cada uno digo: ¡deteneos, reflexionad y abandonad el camino de la violencia! En un primer momento, este paso os podrá parecer imposible, pero, si tenéis la valentía de cumplirlos, Dios os ayudará, y sentiréis volver a vuestros corazones la alegría de la paz, que quizás desde hace tiempo habéis olvidado. Encomiendo este llamamiento a la intercesión de la Santísima Madre de Dios, María. Hoy, la liturgia nos recuerda que ocho días después del nacimiento del Niño Ella, junto a su esposo José, lo hizo circuncidar, según la ley de Moisés, y le puso por nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel (cfr Lc 2,21). Este nombre, que significa “Dios salva”, es el cumplimiento de la revelación de Dios. Jesús es el rostro de Dios, es la bendición para cada persona y para todas las poblaciones, es la paz para el mundo. ¡Gracias, Madre Santa, que has dado a luz al Salvador, el Príncipe de la paz!
(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 1-1-2010)

Friday, January 1, 2010

Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo

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Los rostros de los niños son como un reflejo de la visión de Dios sobre el mundo. ¿Por qué entonces apagar su sonrisa? ¿Por qué envenenar sus corazones? Desgraciadamente, el icono de la Madre de Dios de la ternura encuentra su trágico opuesto en las dolorosas imágenes de tantos niños y de sus madres en las garras de la guerra y la violencia: prófugos, refugiados, emigrantes forzados. Rostros minados por el hambre y la enfermedad, rostros desfigurados por el dolor y por la desesperación. Los rostros de los pequeños inocentes son una llamada silenciosa a nuestra responsabilidad: frente a su condiciones de impotencia, destruyen todas las falsas justificaciones de la guerra y de la violencia. Debemos simplemente convertirnos en diseñadores de la paz, deponer las armas de todo tipo y comprometernos todos juntos para construir un mundo más digno de la persona.
(Homilía en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios. Ciudad del Vaticano, 1-1-2010)

Meditar sobre el misterio del rostro de Dios

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Meditar sobre el misterio del rostro de Dios y del hombre es una vía privilegiada que conduce a la paz. Ésta, de hecho, comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, su lengua, su religión. ¿Pero quién, si no Dios, puede garantizar, por así decirlo, la “profundidad” del rostro del hombre? En realidad, sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de detectar en el rostro del otro a un hermano de humanidad, no un medio sino un fin, no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del infinito misterio del ser humano. Nuestra percepción del mundo y, en particular, de nuestros similares, depende esencialmente de la presencia en nosotros del Espíritu de Dios. Es una especie de “resonancia”: quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes planas, privadas de espesor. En cambio, cuanto más estemos habitados por Dios, seremos también más sensibles a su presencia en lo que nos rodea: en todas las criaturas, y especialmente en las otras personas, aunque a veces el rostro humano, marcado por la dureza de la vida y del mal, pueda resultar difícil de apreciar y de acoger como epifanía de Dios. Con mayor razón, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestros límites y nuestros errores.
(Homilía en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios. Ciudad del Vaticano, 1-1-2010)

Icono de la Virgen de la ternura

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Entre las muchas tipologías de iconos de la Virgen María en la tradición bizantina, se encuentra la llamada “de la ternura”, que representa al niño Jesús con el rostro apoyado -mejilla a mejilla- en el de la Madre. El Niño mira a la Madre, y ésta nos mira a nosotros, casi como reflejando al que observa, y reza, la ternura de Dios, bajada en Ellos del Cielo y encarnada en aquel Hijo de hombre que lleva en brazos. En este icono mariano podemos contemplar algo de Dios mismo: un signo del amor inefable que le ha llevado a “dar a su hijo unigénito” (Jn 3,16). Pero ese mismo icono nos muestra también, en María, el rostro de la Iglesia, que refleja sobre nosotros y sobre el mundo entero la luz de Cristo, la Iglesia mediante la cual llega a toda persona la buena noticia: “Ya no es siervo, sino hijo” (Gal 4,7) -como leemos todavía en san Pablo.
(Homilía en la solemnidad de María Santísima Madre de Dios. Ciudad del Vaticano, 1-1-2010)
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