Vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que “llenarse” de iniciativas, de actividades, de sonidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. ¡Queridos hermanos y hermanas! No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros, si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.
Pero es importante subrayar también un segundo elemento: el descubrimiento del Señor (...) no es el resultado de un esfuerzo, sino que lo hace posible la propia Gracia de Dios, que le precede (...) Todo lo esencial de nuestra existencia nos ha sido dado sin nuestra aportación. El hecho de que yo vivo no depende de mí; el hecho de que me hayan sido dadas personas que me han introducido en la vida, que me han enseñado qué es amar y ser amado, que me han transmitido la fe y me han abierto la mirada a Dios: todo esto es gracia y no está “hecho por mí”. Por nosotros mismos no habríamos podido hacer nada si no nos hubiera sido dado: Dios nos precede siempre, y en cada vida hay cosas bellas y buenas que podemos reconocer fácilmente como gracia suya, como rayo de luz de su bondad. Por esto debemos estar atentos, tener siempre abiertos los “ojos interiores”, los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con asombro, en nuestra vida – como los santos – los signos de ese Dios, que está siempre cerca de nosotros, que es siempre bueno con nosotros, que nos dice: “¡Ten fe en mí!".
Permanecer en el amor de Dios para alcanzar frutos apostólicos
Finalmente, un último elemento (...): el secreto [del apostolado] está precisamente en “permanecer” con el Señor, en la oración, como se nos ha recordado también en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de orar al Señor de la mies (cfr Lc 10,2). Y sólo después de esta invitación, Jesús define algunos compromisos esenciales de los discípulos: el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico – también en los momentos de persecución – sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni al de la violencia o de la imposición; el desapego de la preocupación por las cosas – el dinero y el vestido – confiando en la Providencia del Padre; la atención y cuidado en particular hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu (cfr Lc 10,5-9).
¡Queridos hermanos y hermanas! Estoy entre vosotros para confirmaros en la fe. Deseo exhortaros, con fuerza y afecto, a permanecer firmes en esa fe que habéis recibido, que da sentido a la vida y que da la fuerza para amar. Que nos acompañen en este camino el ejemplo y la intercesión de la Madre de Dios y de san Pedro Celestino. ¡Amen!
(Homilía en la Misa celebrada en la plaza Garibaldi de la localidad italiana de Sulmona, 4-7-2010)
Monday, July 5, 2010
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