Tuesday, August 10, 2010

Las preocupaciones cotidianas disminuyen si pedimos a Dios la virtud de la Esperanza

El pasaje del Evangelio de este domingo, continúa con el discurso de Jesús a los discípulos sobre el valor de la persona a los ojos de Dios, y sobre la inutilidad de las preocupaciones terrenas. No se trata de un elogio al desempeño de los hombres. Es más, escuchando la invitación llena de seguridad de Jesús "No temáis, pequeña grey, porqué a vuestro Padre ha complacido daros el Reino" (Lc 12,32), nuestro corazón se abre a una esperanza que ilumina y anima la existencia concreta: tenemos certeza de que "el Evangelio no es sólo una comunicación de cosas que se pueden saber, sino que es una comunicación que produce hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abrierta de par en par. Quien tiene esperanza vive diversamente; le ha sido donada una nueva vida" (Enc. Spe Salvi, 2). Como leíamos en el pasaje de Carta a los Hebreos en la liturgia de hoy, Abraham se mueve con el corazón lleno de confianza en la esperanza que Dios le abre: la promesa de una tierra  y de una "descendencia numerosa" y se marcha "sin saber adonde iba", confiando sólo en Dios (cfr 11,8-12). Y Jesús en el Evangelio de hoy -a través de tres parábolas- ilustra cómo la espera del cumplimiento de la "feliz speranza" de su venida debe empujar aún más a una vida intensa, rica de obras buenas: "Vendan sus bienes y denlos como limosna. Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla (Lc 12,33). Es una invitación a usar las cosas sin egoísmo, sin sed de posesión o de dominio, según la lógica de Dios, la lógica de la atención al otro, la lógica del amor: como escribe sintéticamente Romano Guardini, "en la forma de una relación: a partir de Dios, en vistas de Dios" (La aceptación de sí mismo, Brescia 1992, 44).

(...)
Confiamos en el sostén materno de la Virgen María, Reina de los Santos que amorosamente comparte nuestro peregrinar. A Ella dirigimos nuestra oración


(Ángelus en la residencia Pontificia de Castelgandolfo, 8-8-2010)

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