Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más importantes del año litúrgico dedicata a María Santísima: la Asunción. Al término de su vida terrena, María ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo, o sea a la gloria de la vida eterna, en la plena y perfecta comunión con Dios. (...)El núcleo de nuestra fe en la Asunción es que nosotros creemos que María, como Cristo, su Hijo, ha vencido ya la muerte y triunfa en la gloria celeste con la totalidad de su ser, en cuerpo y alma.
Hemos recibido una doble herencia
San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos da algunas luces sobre este misterio partiendo del hecho central de la historia humana y de nuestra fe: la resurrección de Cristo, que es "la primicia de aquellos que han muerto". Inmerso en su Misterio Pascual, nosotros somos partícipes de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Aquí se encuentra el secreto sorprendente y la realidad clave de la entera contienda humana. San Pablo nos dice que todos somos "incorporados" en Adán, el primer y viejo hombre, que todos tenemos la misma herencia humana a la cual pertenece el sufrimiento, la muerte y el pecado. Pero a esta realidad que todos nosotros podemos ver y vivir cada día se añade una cosa nueva: que no sólo somos herederos del único ser humano que comenzó en Adán, sino que también somos "incorporados" en el nuevo hombre, en Cristo resucitado, y así la vida de la Resurrección está ya presente en nosotros. Por eso, esta primera "incorporación" biológica es incorporación en la muerte, incorporación que genera muerte. La segunda, la nueva, que nos ha sido donada en el Bautismo, es "incorporación" que da la vida. Cito ahora la segunda lectura de hoy: "Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección. En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida" (1Cor 15,21-24).
La Virgen: con todo su cuerpo y toda su alma en el Cielo: ¡Por
su fe!
Ahora bien, aquello que San Pablo afirma de todos los hombres, la Iglesia, en su Magisterio infalible, lo dice de María, en un modo y sentido preciso: al término de su vida, la Madre de Dios ha sido incorporada de tal modo en el Misterio de Cristo que se ha hecho partícipe de la Resurrección de su Hijo ya con todo su ser;
vive aquello que nosotros esperamos hasta que llegue el fin de los tiempos cuando sea destruido "el último enemigo", la muerte (cfr.1Cor 15, 26); vive ya aquello que proclamamos en el Credo: "Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro".
Ahora nos podemos preguntar: ¿Cuáles son las raíces de esta victoria sobre la muerte prodigiosamente anticipada en María? Las raíces están en la fe de la Virgen de Nazareth, como testimonia el pasaje del Evangelio que hemos escuchado (Lc 1, 39-56): una fe que es obediencia a la Palabra de Dios y abandono total a la iniciativa y a la acción divina, según cuanto le anuncia el Arcángel. La fe, por tanto, es la grandeza de María como proclama alegremente santa Isabel: María es "bendita entre las mujeres", "bendito es el fruto de su vientre", porque es "la madre del Señor", porque cree y vive de modo único la primera de las bienaventuranzas, la bienaventuranza de la fe. Santa Isabel lo confiesa en la alegría suya y del niño que le brinca en el vientre: "Y bendita aquella que ha creído en el cumplimiento de aquello que el Señor le ha dicho" (v.45). Queridos amigos! No nos limitemos a admirar a María en su destino de gloria, como una persona muy alejada de nosotros: ¡no! Estamos llamados a guardar cuanto el Señor, en su amor, ha querido para nosotros, para nuestro destino final: vivir de fe en la comunión perfecta de amor con Él y así vivir verdaderamente.
(Homilía en la Misa de la Asunción de María al Cielo. Castelgandolfo, 15-8-2010)
Monday, August 16, 2010
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