No poner toda nuestra confianza sólo en las cosas materiales
Como antítesis, el Apóstol señala después a “las cosas de la tierra”, poniendo de manifiesto así que la vida en Cristo comporta una “elección de campo”, una renuncia radical a todo aquello que – como lastre – tiene atado al hombre a la tierra, corrompiendo su alma. La búsqueda de las “cosas de arriba” no quiere decir que el cristiano tenga que descuidar sus propias obligaciones y deberes terrenos, sólo que no debe extraviarse en ellos, como si tuvieran un valor definitivo. El recuerdo de las realidades del Cielo es una invitación a reconocer la relatividad de lo que está destinado a pasar, frente a esos valores que no conocen el deterioro del tiempo. Se trata de trabajar, de comprometerse, de concederse el justo descanso, pero con el sereno desapego de quien sabe que es sólo un viandante en camino hacia la Patria celeste; un peregrino; en un cierto sentido, un extranjero hacia la eternidad.
¿Qué es la vida eterna?
La vida eterna se nos abrió por el Misterio Pascual de Cristo y la fe es la vía para alcanzarla. Es cuando se desprende de las palabras de Jesús a Nicodemo y recogidas por el evangelista Juan: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna” (Jn 3,14-15). Aquí está la referencia explícita al episodio narrado en el libro de los Números (21,1-9), que pone de relieve la fuerza salvífica de la fe en la palabra divina. Durante el éxodo, el pueblo hebreo se había rebelado contra Moisés y contra Dios, y fue castigado con la plaga de las serpientes venenosas. Moisés pidió perdón, y Dios, aceptando el arrepentimiento de los israelitas, les ordenó: “Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado”. Y así sucedió. Jesús, en la conversación con Nicodemo, revela el sentido más profundo de ese acontecimiento de salvación, remitiéndolo a su propia muerte y resurrección: el Hijo del hombre debe ser levantado en el leño de la Cruz para que quien crea en Él tenga la vida. San Juan ve precisamente en el misterio de la Cruz el momento en el que se revela la gloria real de Jesús, la gloria de un amor que se entrega totalmente en la pasión y muerte. Así la Cruz, paradójicamente, de signo de condenación, de muerte, de fracaso, se convierte en signo de redención, de vida, de victoria, en el que, con mirada de fe, se pueden recoger los frutos de la salvación.
Dios se acercó al hombre en una muestra de amor total
Continuando el diálogo con Nicodemo, Jesús profundiza ulteriormente el sentido salvífico de la Cruz, revelando con cada vez mayor claridad que éste consiste en el inmenso amor de Dios y en el don del Hijo unigénito: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito”. Esta es una de las palabras centrales del Evangelio. El sujeto es Dios Padre, origen de todo el misterio creador y redentor. Los verbos "amar" y "entregar" indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con que Dios se acercó al hombre en el amor, hasta el don total, hasta el umbral de nuestra soledad última, arrojándose en el abismo de nuestro extremo abandono, atravesando la puerta de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir, la humanidad. Es una palabra que borra completamente la idea de un Dios lejano y extraño al camino del hombre, y revela, más bien, su verdadero rostro: Él nos entregó a su Hijo por amor, para ser el Dios cercano, para hacernos sentir su presencia, para venir a nuestro encuentro y llevarnos en su amor, de manera que toda la vida sea animada por este amor divino. El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y entregar la vida. Dios no se adueña, sino que ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y en el perdón. Comprender todo esto significa entrar en el misterio de la salvación: Jesús vino para salvar y no para condenar; con el Sacrificio de la Cruz él revela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor sobreabundante que se nos ha dado en Cristo Jesús, sabemos que incluso la más pequeña fuerza de amor es más grande que la mayor fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esta misma fe podemos tener una “esperanza fiable”, en la vida eterna y en la resurrección de la carne.
(...) Y nosotros, peregrinos en camino hacia la Jerusalén celeste, esperamos en silencio, con firme esperanza, la salvación del Señor (cfr Lam 3,26), intentando caminar en el camino del bien, sostenidos por la gracia de Dios, recordando siempre que “no tenemos aquí una ciudad estable, sino que vamos en busca de la futura” (Hb 13,14). Amén.
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