Saturday, December 12, 2009

Dios da a conocer sus misterios a las personas sencillas: El trabajo del verdadero teólogo debe ser una escuela de humildad

¿Qué es la teología? ¿Qué somos nosotros, los teólogos? ¿Cómo hacer verdadera teología? Hemos escuchado que el Señor alaba al Padre porque ha ocultado el gran misterio del Hijo, el misterio trinitario, el misterio cristológico, a los sabios y a los doctos --no lo han conocido-- y lo ha revelado a los pequeños, a los nepioi, a aquellos que no son doctos, que no tienen una gran cultura. A ellos se les ha revelado este gran misterio.
Con estas palabras, el Señor describe sencillamente un hecho de su vida; un hecho que comienza ya en tiempos de su nacimiento, cuando los Magos de Oriente preguntan a los expertos, a los escribas, a los exegetas, el lugar del nacimiento del Salvador, del Rey de Israel. Los escribas lo saben, porque son grandes especialistas; pueden decir inmediatamente dónde nace el Mesías: ¡en Belén! Pero no se sienten invitados a emprender el camino: para ellos, sigue siendo un conocimiento académico que no toca su vida, se quedan fuera. Pueden dar información pero la información no se convierte en formación para la propia vida. (...)
(...)Podríamos seguir leyendo toda la historia de esta manera. Sólo quisiera hacer una observación más. Estos eruditos sabios, sofoi y sinetoi, en la primera lectura, aparecen de otro modo. Aquí sofia y sínesis son dones del Espíritu Santo que reposan en el Mesías, en Cristo. ¿Qué significa? Se puede ver un doble uso de la razón y un doble modo de ser sabios o pequeños. Hay una manera de usar la razón que es autónoma, que se pone por encima de Dios, en toda la gama de las ciencias, comenzando por las naturales donde un método apto para la investigación de la materia es universalizado: en éste método Dios no tiene sitio, por lo tanto, Dios no existe. Y así, finalmente, también sucede con la teología: se pesca en las aguas de la Sagrada Escritura con una red que sólo permite atrapar peces de una cierta medida, y todo aquello que está más allá de esta medida no entra en la red y, por lo tanto, no puede existir. De este modo, el gran misterio de Jesús, del Hijo hecho hombre, se reduce a un Jesús histórico: una figura trágica, un fantasma sin carne y hueso, un hombre que ha quedado en el sepulcro, se ha corrompido, y que realmente un muerto. El método sabe "atrapar" ciertos peces, pero excluye el gran misterio, porque el hombre adopta él mismo la medida: tiene esa soberbia que, al mismo tiempo, es una gran necedad, porque absolutiza ciertos métodos que no son adecuados para las grandes realidades; entra en este espíritu académico que hemos visto en los escribas, quienes responden a los Reyes Magos: no me toca el corazón; sigo cerrado en mi existencia, que no se conmueve. Es la especialización que ve todos los detalles pero deja de ver la totalidad.
Y hay otro modo de usar la razón, de ser sabios, que es el del hombre que reconoce quién es; reconoce la propia medida y la grandeza de Dios, abriéndose en la humildad a la novedad del actuar de Dios. De este modo, precisamente aceptando la propia pequeñez, haciéndose pequeño como es realmente, llega a la verdad. De este modo, también la razón puede expresar todas sus posibilidades, no se apaga, sino que se amplía, se hace más grande. Se trata de otra sofia o sínesis, que no excluye el misterio, sino que es precisamente comunión con el Señor en el cual reposan la prudencia y la sabiduría, y su verdad.
En este momento, queremos rezar para que el Señor nos conceda la humildad verdadera: que nos dé la gracia de ser pequeños para poder ser realmente sabios; que nos ilumine, nos haga ver su misterio del gozo del Espíritu Santo, nos ayude a ser verdaderos teólogos, que pueden anunciar su misterio, porque hemos quedado tocados en la profundidad de nuestro corazón y de nuestra existencia. Amén.
(Homilía de la Misa celebrada con los miembros de la Comunidad Teológica Internacional. Ciudad del Vaticano, 3-12-2009)

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