Thursday, December 24, 2009

Durante este año, el Papa ha tenido especialmente presente al continente africano

Para la Iglesia y para mí personalmente, el año que está terminando ha estado en gran parte bajo el signo de África. Primero fue el viaje a Camerún y Angola. Fue conmovedor para mí experimentar la gran cordialidad con la que el sucesor de Pedro, el Vicarius Christi, era acogido. La alegría festiva y afecto cordial, que me salían al encuentro en todas las calles, no se referían, simplemente, a un huésped causal cualquiera. En el encuentro con el Papa se hacía experimentable la Iglesia universal, la comunidad que abraza al mundo y es reunida por Dios mediante Cristo, comunidad que no se funda en intereses humanos, sino que se nos ofrece desde la atención amorosa de Dios por nosotros. Todos juntos somos la familia de Dios, hermanos y hermanas en virtud de un único Padre: ésta fue la experiencia vivida. Y se experimentaba que la atención amorosa de Dios en Cristo para nosotros no es algo del pasado o teorías eruditas, sino una realidad muy concreta, aquí y ahora. Precisamente Él está entre nosotros: esto lo hemos percibido a través del ministerio del Sucesor de Pedro. Así nos elevábamos por encima de la simple cotidianeidad. El cielo estaba abierto, y esto es lo que hace de un día una fiesta. Es a la vez algo duradero. Sigue siendo cierto, incluso en la vida cotidiana, que el cielo ya no está cerrado, que Dios está cerca; que en Cristo todos nos pertenecemos unos a otros.

De modo particularmente profundo ha quedado impreso en mi memoria el recuerdo de las celebraciones litúrgicas. Las celebraciones de la Eucaristía eran verdaderas fiestas de la fe. Quisiera mencionar dos elementos que me parecen particularmente importantes. Había ante todo una gran alegría compartida, que se expresa también a través del cuerpo, pero de una forma disciplinada y orientada por la presencia del Dios vivo. Con esto ya se indica el segundo elemento: el sentido de la sacralidad, del misterio presente del Dios viviente, plasmaba, por así decirlo, cada gesto individual. El Señor está presente, el Creador, Aquel a quien todo pertenece, del que procedemos y hacia el que estamos en camino. Espontáneamente me venían a la mente las palabras de san Cipriano, que en su comentario al Padrenuestro escribe: "Recordemos que estamos bajo la mirada de Dios. Debemos agradar a los ojos de Dios, tanto con la actitud de nuestro cuerpo como con el uso de nuestra voz"(De dom. or. 4. CSEL III 1 p 269). Sí, esta conciencia estaba allí presente: estamos en presencia de Dios. De esto no se deriva miedo o inhibición, ni tampoco una obediencia exterior a las normas, y menos aún un deseo de aparecer ante los otros, o gritar de modo indisciplinado. Se dio más bien lo que los Padres llamaban "sobria ebrietas": estar llenos de una alegría que sin embargo permanece sobria y ordenada, que une a las personas desde el interior, llevándolas a la alabanza comunitaria de Dios, una alabanza que al mismo tiempo suscita el amor al prójimo, la responsabilidad mutua.
(Discurso de fin de año a la Curia Romana. Ciudad del Vaticano, 21-12-2009)

0 comments:

Post a Comment

ban nha mat pho ha noi bán nhà mặt phố hà nội