
La particular e intensa atmósfera espiritual que circunda la Navidad se desarrolló en el Medioevo, gracias a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, en la Vita seconda narra que san Francisco “Por encima de las demás solemnidades, celebraba con inefable premura la Navidad del Niño Jesús, y llamaba fiesta de las fiestas el día en que Dios, hecho un niño pequeño, había mamado de un seno humano” (Fonti Francescane, n. 199, p. 492). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación tuvo origen la famosa celebración de la Navidad en Greccio [Italia]. (...) Lo que animaba al Pobrecillo de Asís era el deseo de experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos.
En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, ofreciendo una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del pesebre. La noche de Greccio, de hecho, ha devuelto a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad, y ha educado al Pueblo de Dios a aprehender su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. (...)
En esa noche de Navidad, le fue concedida a Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio yacer inmóvil en el pesebre a un niño pequeño, que se despertó el sueño precisamente por la cercanía de Francisco. Y añade Celano: “Esta visión no era contraria a los hechos, pues, por obra de su gracia que actuaba por medio de su santo siervo Francisco, el niño Jesús fue resucitado en el corazón de muchos, que le habían olvidado, y se marcó profundamente en su memoria amorosa” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 307). Este cuadro describe con mucha precisión cómo la fe viva y el amor de Francisco por la humanidad de Cristo se han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios verdaderamente se ha convertido en el “Enmanuel", el Dios-con-nosotros, del que no nos separa barrera ni lejanía alguna. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tu y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.
En ese Niño, de hecho, se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por así decirlo, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido por el hombre en libertad; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el ansia de poseer del hombre. En Jesús Dios asumió esta condición pobre y desarmada para vencer con el amor y conducirnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de “Hijo”, Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aún correspondiendo de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”.
Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. Es a la luz de la Navidad como podemos comprender las palabras de Jesús: “Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón esa simplicidad que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo Francisco en Greccio. Entonces nos podría suceder también a nosotros lo que Tomás de Celano – refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cfr Lc 2,20) – narra a propósito de cuantos estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: "cada uno volvió a su casa lleno de inefable alegría" (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 479).
En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, ofreciendo una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del pesebre. La noche de Greccio, de hecho, ha devuelto a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad, y ha educado al Pueblo de Dios a aprehender su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. (...)
En esa noche de Navidad, le fue concedida a Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio yacer inmóvil en el pesebre a un niño pequeño, que se despertó el sueño precisamente por la cercanía de Francisco. Y añade Celano: “Esta visión no era contraria a los hechos, pues, por obra de su gracia que actuaba por medio de su santo siervo Francisco, el niño Jesús fue resucitado en el corazón de muchos, que le habían olvidado, y se marcó profundamente en su memoria amorosa” (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 307). Este cuadro describe con mucha precisión cómo la fe viva y el amor de Francisco por la humanidad de Cristo se han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios verdaderamente se ha convertido en el “Enmanuel", el Dios-con-nosotros, del que no nos separa barrera ni lejanía alguna. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tu y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.
En ese Niño, de hecho, se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por así decirlo, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido por el hombre en libertad; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el ansia de poseer del hombre. En Jesús Dios asumió esta condición pobre y desarmada para vencer con el amor y conducirnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de “Hijo”, Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aún correspondiendo de manera única a su divinidad, que es la divinidad del “Hijo”.
Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. Es a la luz de la Navidad como podemos comprender las palabras de Jesús: “Si no os convertís y os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón esa simplicidad que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo Francisco en Greccio. Entonces nos podría suceder también a nosotros lo que Tomás de Celano – refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cfr Lc 2,20) – narra a propósito de cuantos estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: "cada uno volvió a su casa lleno de inefable alegría" (Vita prima, op. cit., n. 86, p. 479).
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