Monday, June 28, 2010

Una persona entregada a Dios descubre una nueva dimensión de su libertad

El evangelista Lucas nos presenta a Jesús que, mientras camina por el camino, directo a Jerusalén, se encuentra con algunos hombres, probablemente jóvenes, que prometen seguirlo donde quiera que vaya. Con ellos Él se muestra muy exigente, advirtiéndoles que “el Hijo del hombre -es decir Él, el Mesías- no tiene donde reclinar su cabeza”, es decir que no tiene una casa propia estable, y que quien escoge trabajar con Él en el campo de Dios ya no puede echarse atrás (cfr Lc 9,57-58.61-62). A otro en cambio Cristo mismo le dice: “Sígueme”, pidiéndole un corte neto con los vínculos familiares (cfr Lc 9,59-60). Estas exigencias pueden parecer demasiado duras, pero en realidad expresan la novedad y la prioridad absoluta del Reino de Dios que se hace presente en la Persona misma de Jesucristo. En última instancia, se trata de esa radicalidad que le es debida al Amor de Dios, al cual Jesús mismo obedece primero. Quien renuncia a todo, incluso a sí mismo, para seguir a Jesús, entra en una nueva dimensión de la libertad, que san Pablo define como “caminar según el Espíritu” (cfr Gal 5,16). “Cristo nos ha liberado por la libertad!” -escribe el Apóstol- y explica que esta nueva forma de libertad adquirida para nosotros por Cristo consiste en estar “al servicio los unos de los otros” (Gal 5,1.13). ¡Libertad y amor coinciden! Al contrario, obedecer al propio egoísmo conduce a rivalidades y conflictos.


Queridos amigos, llega a término el mes de junio, caracterizado por la devoción al Sagrado Corazón de Cristo. Precisamente en la fiesta del Sagrado Corazón renovamos con los sacerdotes del mundo entero nuestro compromiso de santificación. Hoy querría invitar a todos a contemplar el misterio del Corazón divino-humano del Señor Jesús, para sacar agua de la fuente misma del Amor de Dios. Quien fija su mirada en ese Corazón atravesado y siempre abierto por amor a nosotros, siente la verdad de esta invocación: “Sé tú, Señor, mi único bien” (Salmo resp.), y está listo para dejarlo todo por seguir al Señor. Oh María, que has correspondido sin reservas a la divina llamada, ruega por nosotros!

(Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 27-6-2010)

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