La maternidad de la Iglesia es reflejo del amor solícito de Dios, de la que habla el profeta Isaías: "Como uno a quien su madre le consuela, / así yo os consolaré, / (y por Jerusalén seréis consolados" (Is 66,13). Una maternidad que habla sin palabras, que suscita en los corazones el consuelo, una alegría íntima, una alegría que paradójicamente convive con el dolor, con el sufrimiento. La Iglesia, como María, guarda dentro de sí los dramas del hombre y el consuelo de Dios, los tiene juntos, a lo largo de su peregrinación en la historia. A través de los siglos, la Iglesia muestra los signos del amor de Dios, que sigue realizando cosas grandes en las personas humildes y sencillas. El sufrimiento aceptado y ofrecido, el compartir sincero y gratuito, ¿no son quizás milagros del amor? El valor de afrontar los males desarmados - como Judit – con la sola fuerza de la fe y de la esperanza en el Señor, ¿no es un milagro que la gracia de Dios suscita continuamente en tantas personas que gastan tiempo y energías en ayudar a quien sufre? Por todo esto vivimos una alegría que no olvida el sufrimiento, al contrario, lo incluye. De esta forma los enfermos y todos los sufrientes son en la Iglesia no sólo destinatarios de atención y cuidados, sino aún antes y sobre todo, protagonistas de la peregrinación de la fe y de la esperanza, testigos de los prodigios del amor, de la alegría pascual que florece de la Cruz y de la Resurrección de Cristo.
(Homilía en la XVIII Jornada Mundial del Enfermo. Ciudad del Vaticano, 11-2-2010)
Friday, February 19, 2010
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