En la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo, celebramos un misterio de la vida de Cristo, ligado al precepto de la ley mosaica que prescribía a los padres, cuarenta días después del nacimiento del primogénito, subir al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo al Señor y para la purificación ritual de la madre (cfr Ex 13,1-2.11-16; Lv 12,1-8). También María y José cumplieron este rito, ofreciendo – según la ley – una pareja de tórtolas o dos palomas. Leyendo las cosas más en profundidad, comprendemos que en aquel momento es Dios mismo quien presenta a su Hijo Unigénito a los hombres, mediante las palabras del viejo Simeón y de la profetisa Ana. Simeón, de hecho, proclama a Jesús como “salvación” de la humanidad, como “luz” de todos los pueblos y “signo de contradicción”, porque desvelará los pensamientos de los corazones (cfr Lc 2,29-35). En Oriente esta fiesta se llamaba Hypapante, fiesta del encuentro: de hecho, Simeón y Ana, que encuentran a Jesús en el Templo y reconocen en Él al Mesías tan esperado, representan a la humanidad que encuentra a su Señor en la Iglesia. Sucesivamente esta fiesta se extendió también en Occidente, desarrollando sobre todo el símbolo de la luz, y la procesión con las candelas, que dio origen al término “Candelaria”. Con este signo visible se quiere significar que la Iglesia encuentra en la fe a Aquel que es “la luz de los hombres” y lo acoge con todo el empuje de su fe para llevar esta “luz” al mundo.
(Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor en la Basílica de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 2-2-2010)
Friday, February 5, 2010
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