Thursday, January 21, 2010

Así pensaba el joven Ratzinger sobre el dominio nazi...

En la biografía de mi vida – en la biografía de mi corazón, si puedo decirlo así – la ciudad de Frisinga tiene un papel muy especial. En ella recibí la formación que desde entonces caracteriza mi vida. Así, de algún modo, esta ciudad está siempre presente en mí y yo en ella (...)

(...) En esta ocasión aflora en mí un entero horizonte de imágenes y de recuerdos. Usted ha señalado ya algunos de ellos, querido señor Alcalde. Quisiera retomar algunos detalles. Ante todo está el 3 de enero de 1946. Tras una larga espera, finalmente había llegado el momento en el que el seminario de Frisinga podía abrir la puerta a cuantos volvían. En efecto, había aún un hospital militar para ex prisioneros de guerra, pero ahora podíamos comenzar. Ese momento representaba un cambio en la vida: estar en el camino al que nos sentíamos llamados. En la óptica de hoy, habíamos vivido de modo “anticuado” y privado de comodidades: estábamos en dormitorios, en salas de estudio, etc. pero éramos felices, no sólo porque finalmente habíamos escapado a las miserias y a las amenazas de la guerra y del dominio nazi, sino también porque éramos libres y sobre todo porque estábamos en el camino al que nos sentíamos llamados. Sabíamos que Cristo era más fuerte que la tiranía, que el de la ideología nazi y que sus mecanismos de opresión. Sabíamos que a Cristo pertenecen el tiempo y el futuro, y sabíamos que Él nos había llamado y que nos necesitaba, que había necesidad de nosotros. Sabíamos que la gente de aquellos tiempos cambiados nos esperaba, esperaba sacerdotes que llegaran con un nuevo empuje de fe para construir la casa viva de Dios. En esta ocasión debo elevar también un pequeño himno de alabanza al viejo ateneo, del que formé parte, primero como estudiante y luego como profesor. Había expertos muy serios, algunos incluso de fama internacional, pero lo más importante – a mi entender – es que ellos no eran sólo expertos, sino también maestros, personas que no ofrecían sólo las primicias de su especialización, sino personas a las que interesaba dar a los estudiantes lo esencial, el pan sano que necesitaban para recibir la fe desde dentro. Y era importante el hecho de que nosotros – si ahora puedo decir nosotros – no nos sentíamos expertos individualmente, sino parte de un conjunto; que cada uno de nosotros trabajaba en el conjunto de la teología; que desde nuestra obra debía hacerse visible la lógica de la fe como unidad, y, de esta forma, crecer la capacidad de dar razón de nuestra fe, como dice san Pedro (1 Pe 3, 15), de transmitirla en un tiempo nuevo, dentro de los nuevos desafíos.

(Discurso al recibir la ciudadanía honoraria de la localidad alemana de Frisinga. Ciudad del Vaticano, 16-1-2010)

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