En el Jordán, Jesús se manifiesta con una humildad extraordinaria, que recuerda la pobreza y la sencillez del Niño colocado en el pesebre, y que anticipa los sentimientos con los que, al final de sus días terrenos, llegará a lavar los pies de sus discípulos y sufrirá la humillación terrible de la cruz. El Hijo de Dios, el que no tiene pecado, se mezcla entre pecadores, muestra la cercanía de Dios al camino de conversión del hombre. Jesús carga sobre sus espaldas el peso de la culpa de toda la humanidad, comienza su misión poniéndose en nuestro lugar, en lugar de los pecadores, en la perspectiva de la cruz.
Cuando, recogido en oración, tras el bautismo, sale del agua, se abren los cielos. Es el momento esperado por tantos profetas: "Si rompieses los cielos y descendieses", había invocado Isaías (63, 19). En ese momento, según parece sugerir san Lucas, se escucha esta oración. De hecho, "se abrió el cielo, y bajó sobre él el Espíritu Santo" (3, 21-22); se escucharon palabras nunca antes escuchadas: "Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado" (v. 22). Al salir de las aguas, como afirma san Gregorio Nazianceno, "ve cómo se rasgan y se abren los cielos, esos cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia" (Discurso 39 para el Bautismo del Señor, PG 36). El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva. Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guió a los Magos de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres la presencia en el mundo de su Hijo e invita a esperar en la resurrección, en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
(Homilía en la solemnidad del bautismo del Señor. Ciudad del Vaticano, 10-1-2010)
Monday, January 11, 2010
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