Wednesday, April 14, 2010

La buena noticia de la Resurrección de Cristo requiere de testigos entusiastas y valientes

Nuestra fe se funda en la transmisión constante y fiel de esta “buena noticia”. Y nosotros, hoy, queremos decir a Dios nuestra profunda gratitud por las innumerables multitudes de creyentes en Cristo que nos han precedido en los siglos, porque nunca han decaído en el mandato fundamental de anunciar el Evangelio que habían recibido. La buena noticia de la Pascua, por tanto, requiere la obra de testigos entusiastas y valientes. Cada discípulo de Cristo, también cada uno de nosotros, está llamado a ser testigo. Éste es el preciso, comprometido y emocionante mandato del Señor resucitado. La “noticia” de la vida nueva en Cristo debe resplandecer en la vida del cristiano, debe ser viva y operante en quien la lleva, realmente capaz de cambiar el corazón, toda la existencia. Esta está viva ante todo porque Cristo mismo es su alma viviente y vivificante. Nos lo recuerda san Marcos al final de su Evangelio, donde escribe que los Apóstoles “salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (Mc 16,20).

El acontecimiento de los Apóstoles es también el nuestro y el de todo creyente, de cada discípulo que se hace “anunciador”. También nosotros, de hecho, estamos seguros de que el Señor, hoy como ayer, obra junto a sus testigos. Este es un hecho que podemos reconocer toda vez que vemos brotar las semillas de una paz verdadera y duradera, allí donde el compromiso de los cristianos y de los hombres de buena voluntad está animado por el respeto por la justicia, por el diálogo paciente, por la estima convencida hacia los demás, por el desinterés, por el sacrificio personal y comunitario. Vemos por desgracia en el mundo también mucho sufrimiento, mucha violencia, muchas incomprensiones. La celebración del Misterio pascual, la contemplación alegre de la Resurrección de Cristo, que vence el pecado y la muerte con la fuerza del Amor de Dios es ocasión propicia para redescubrir y profesar con más convicción nuestra confianza en el Señor resucitado, el cual acompaña a los testigos de su palabra obrando prodigios junto a ellos. Seremos verdaderamente y hasta el fondo testigos de Jesús resucitado cuando dejemos trasparentar en nosotros el prodigio de su amor: cuando en nuestras palabras y, aún más, en nuestros gestos, en plena coherencia con el Evangelio, se podrá reconocer la voz y la mano del mismo Jesús.
(Audiencia General en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 13-4-2010)

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