En el contexto de esta esperanza nacida del amor y de la fidelidad de Dios reconozco el dolor que ha sufrido la Iglesia en América como consecuencia del abuso sexual de menores. Ninguna palabra mía podría describir el dolor y el daño producido por dicho abuso. Es importante que se preste una cordial atención pastoral a los que han sufrido. Tampoco puedo expresar adecuadamente el daño que se ha hecho dentro de la comunidad de la Iglesia. Ya se han hecho grandes esfuerzos para afrontar de manera honesta y justa esta trágica situación y para asegurar que los niños –a los que nuestro Señor ama entrañablemente (cf. Mc 10,14), y que son nuestro tesoro más grande– puedan crecer en un ambiente seguro. Estos esfuerzos para proteger a los niños han de continuar. Ayer hablé de esto con vuestros Obispos. Hoy animo a cada uno de ustedes a hacer cuanto les sea posible para promover la recuperación y la reconciliación, y para ayudar a los que han sido dañados. Les pido también que estimen a sus sacerdotes y los reafirmen en el excelente trabajo que hacen. Y, sobre todo, oren para que el Espíritu Santo derrame sus dones sobre la Iglesia, los dones que llevan a la conversión, al perdón y el crecimiento en la santidad.
San Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura, habla de una especie de oración que brota de las profundidades de nuestros corazones con suspiros que son demasiado profundos para expresarlos con palabras, con “gemidos” (Rm 8,26) inspirados por el Espíritu. Ésta es una oración que anhela, en medio de la tribulación, el cumplimiento de las promesas de Dios. Es una plegaria de esperanza inagotable, pero también de paciente perseverancia y, a veces, acompañada por el sufrimiento por la verdad. A través de esta plegaria participamos en el misterio de la misma debilidad y sufrimiento de Cristo, mientras confiamos firmemente en la victoria de su Cruz. Que la Iglesia en América, con esta oración, emprenda cada vez más el camino de la conversión y de la fidelidad al Evangelio. Y que todos los católicos experimenten el consuelo de la esperanza y los dones de la alegría y la fuerza infundidos por el Espíritu.
En el relato evangélico de hoy, el Señor resucitado otorga a los Apóstoles el don del Espíritu Santo y les concede la autoridad para perdonar los pecados. Mediante el poder invencible de la gracia de Cristo, confiado a frágiles ministros humanos, la Iglesia renace continuamente y se nos da a cada uno de nosotros la esperanza de un nuevo comienzo. Confiemos en el poder del Espíritu de inspirar conversión, curar cada herida, superar toda división y suscitar vida y libertades nuevas. ¡Cuánta necesidad tenemos de estos dones! ¡Y qué cerca los tenemos, particularmente en el Sacramento de la penitencia! La fuerza libertadora de este Sacramento, en el que nuestra sincera confesión del pecado encuentra la palabra misericordiosa de perdón y paz de parte de Dios, necesita ser redescubierta y ralea propia de cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América y en el mundo depende de la renovación de la regla de la penitencia y del crecimiento en la santidad: los dos es inspirado y realizadas por este Sacramento.
“En esperanza fuimos salvados” (Rm 8,24). Mientras la Iglesia en los Estados Unidos da gracias por las bendiciones de los doscientos años pasados, invito a ustedes, a sus familias y cada parroquia y comunidad religiosa a confiar en el poder de la gracia para crear un futuro prometedor para el Pueblo de Dios en este País. En el nombre del Señor Jesús les pido que eviten toda división y que trabajen con alegría para preparar vía para Él, fieles a su palabra y en constante conversión a su voluntad. Les exhorto, sobre todo, a seguir a siendo fermento de esperanza evangélica en la sociedad americana, con el fin de llevar la luz y la verdad del Evangelio en la tarea de crear un mundo cada vez más justo y libre para las generaciones futuras.
Quien tiene esperanza ha de vivir de otra manera (cf. Spe Salvi, 2). Que ustedes, mediante sus plegarias, el testimonio de su fe y la fecundidad de su caridad, indiquen el camino hacia ese horizonte inmenso de esperanza que Dios está abriendo también hoy a su Iglesia, más aún, a toda la humanidad: la visión de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. A Él honor y gloria, ahora y siempre.
Amén.
(SANTA MISA HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI Nationals Stadium de Washington, D.C. Jueves 17 de abril de 2008)
Saturday, April 10, 2010
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