Nos estamos acercando a la conclusión del Año Sacerdotal y, en este último miércoles de abril, quisiera hablar de dos santos sacerdotes ejemplares en su donación a Dios y en el testimonio de caridad, vivida en la Iglesia y para la Iglesia, hacia los hermanos más necesitados: san Leonardo Murialdo y san Giuseppe Benedetto Cottolengo.
San Leonardo Murialdo
Murialdo nació en Turín el 26 de octubre de 1828(...). Leonardo es el octavo hijo de una familia sencilla. De niño, junto con su hermano, entró en el colegio de los Padres Escolapios de Savona para el curso elemental, la escuela media y la escuela superior; allí encontró educadores preparados, en un clima de religiosidad fundado en una seria catequesis, con prácticas de piedad regulares. Durante la adolescencia vivió, sin embargo, una profunda crisis existencial y espiritual que le llevó a anticipar la vuelta a la familia y a concluir sus estudios en Turín, inscribiéndose en el bienio de filosofía. La “vuelta a la luz” sucedió – como él relata – tras algunos meses, con la gracia de una confesión general, en la que redescubrió la inmensa misericordia de Dios; maduró, entonces, a los 17 años, la decisión de hacerse sacerdote, como respuesta de amor a Dios que le había aferrado con su amor.
Quiero subrayar que el núcleo central de la espiritualidad de Murialdo es la convicción del amor misericordioso de Dios: un Padre siempre bueno, paciente y generoso, que revela la grandeza y la inmensidad de su misericordia con el perdón. Esta realidad san Leonardo la experimentó no a nivel intelectual, sino existencial, mediante el encuentro vivo con el Señor. Él se consideró siempre un hombre agraciado por Dios misericordioso: por esto vivió el sentido gozoso de la gratuidad al Señor, la serena conciencia de sus propios límites, el deseo ardiente de penitencia, el compromiso constante y generoso de conversión. Veía toda su existencia no sólo iluminada, guiada, sostenida por este amor, sino continuamente inmersa en la infinita misericordia de Dios. Escribió en su Testamento espiritual: "Tu misericordia me rodea, oh Señor… Como Dios está siempre y en todas partes, así es siempre y en todas partes amor, es siempre y en todas partes misericordia". Recordando el momento de crisis que tuvo en su juventud, anotaba: "He aquí que el buen Dios quería hacer resplandecer una vez más su bondad y generosidad de forma totalmente singular. No sólo me admitió de nuevo a su amistad, sino que me llamó a una elección de predilección: me llamó al sacerdocio, y esto sólo pocos meses después de mi vuelta a Él". San Leonardo vivió por eso la vocación sacerdotal como don gratuito de la misericordia de Dios con sentido de reconocimiento, alegría y amor. Escribió también: "¡Dios me ha elegido! Me ha llamado, me ha incluso obligado al honor, a la gloria, a la felicidad inefable de ser su ministro, de ser 'otro Cristo'... ¿Y dónde estaba yo cuando me buscabas, Dios mío? ¡En el fondo del abismo! Yo estaba allí, y allí vino Dios a buscarme; allí me hizo comprender su voz...”
San Giuseppe Benedetto Cottolengo
Giuseppe Benedetto Cottolengo nació en Bra, pequeña ciudad de la provincia de Cuneo, el 3 de mayo de 1786. Primogénito de 12 hijos, de los que 6 murieron a tierna edad, mostró desde pequeño gran sensibilidad hacia los pobres. Abrazó el camino del sacerdocio, imitado también por dos de sus hermanos.
A la edad de 32 años fue nombrado canónico de la Santísima Trinidad, una congregación de sacerdotes que tenía la tarea de oficiar en la Iglesia del Corpus Domini y de dar decoro a las ceremonias religiosas de la ciudad, pero en aquel puesto se sentía inquieto. Dios le estaba preparando para una misión particular y, precisamente con un encuentro inesperado y decisivo, le dio a entender cuál habría sido su futuro destino en el ejercicio de su ministerio.
El Señor pone siempre signos en nuestro camino para guiarnos según su voluntad al verdadero bien. Para el Cottolengo esto sucedió, de forma dramática, la mañana del domingo del 2 de septiembre de 1827. Llegó a Turín, procedente de Milán, la diligencia, llena como nunca de gente, en la que se apretaba una entera familia francesa en la que la mujer, con cinco niños, estaba al final del embarazo y con la fiebre alta. Tras haber vagado por varios hospitales, esa familia encontró alojamiento en un dormitorio público, pero la situación de la mujer siguió agravándose y algunos se pusieron a buscar un cura. Por un misterioso designio se cruzaron con Cottolengo, y fue precisamente él, con el corazón abrumado y oprimido, quien acompañó la muerte de esta joven madre, entre el desgarro de toda la familia. Tras haber concluido este doloroso deber, con el sufrimiento en el corazón, se reclinó ante el Santísimo Sacramento y rezó: “Dios mío, ¿por qué? ¿Por qué me has querido testigo? ¿Qué quieres de mí? ¡Hay que hacer algo!”. Levantándose, hizo resonar todas las campanas, encender las velas y, acogiendo a los curiosos en la Iglesia, dijo: "¡La gracia se ha hecho! ¡La gracia se ha hecho!" Desde aquel momento Cottolengo se transformó: todas sus capacidades, especialmente su habilidad económica y organizativa, se utilizaron para dar vida a iniciativas en apoyo de los más necesitados.
Supo implicar en su empresa a decenas y decenas de colaboradores y voluntarios. (...) Estuvo siempre dispuesto a seguir a la Divina Providencia, nunca a cuestionarla. Decía: “Yo no soy bueno en nada y no sé siquiera que estoy haciendo. La Divina Providencia sin embargo sabe ciertamente lo que quiere. A mí sólo me toda secundarla. Adelante in Domino". Para sus pobres y los más necesitados, se definirá siempre el “obrero de la Divina Providencia".
Queridos amigos, estos dos santos sacerdotes, de los cuales he presentado algún rasgo, vivieron su ministerio en el don total de la vida a los más pobres, a los más necesitados, a los últimos, encontrando siempre la raíz profunda, la fuente inextinguible de su acción en la relación con Dios, bebiendo de su amor, en la convicción profunda de que no es posible ejercer la caridad sin vivir en Cristo y en la Iglesia. Que su intercesión y su ejemplo sigan iluminando el ministerio de tantos sacerdotes que se consumen con generosidad por Dios y por el rebaño a ellos confiado, y que ayuden a cada uno a entregarse con alegría y generosidad a Dios y al prójimo.
(Audiencia General en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 28-4-2010)
Thursday, April 29, 2010
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