Las condiciones actuales de la sociedad requieren un extraordinario compromiso educativo a favor de las nuevas generaciones. Los jóvenes, aunque vivan en contextos diversos, tienen en común la sensibilidad ante los grandes ideales de la vida, pero encuentran muchas dificultades en vivirlos. No podemos ignorar sus necesidades y sus esperanzas, ni tampoco los obstáculos y las amenazas que encuentran. Éstos sienten la exigencia de acercarse a los valores auténticos como la centralidad de la persona, la dignidad humana, la paz y la justicia, la tolerancia y la solidaridad. Buscan también, de modos a veces confusos y contradictorios, la espiritualidad y la trascendencia, para encontrar equilibrio y armonía. A este respecto, quiero observar que precisamente la música es capaz de abrir las mentes y los corazones a la dimensión del espíritu y conducir a las personas a alzar la mirada hacia lo Alto, a abrirse al Bien y a la Belleza absolutas, que tienen la fuente última en Dios. La alegría del canto y de la música son también una constante invitación a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a comprometerse para dar a la humanidad un porvenir rico de esperanza. Además, la experiencia de tocar en una orquesta añade también la dimensión colectiva: los continuos ensayos llevados a cabo con paciencia; el ejercicio de la escucha de los demás músicos; el compromiso de no tocar “en solitario”, sino de hacerlo de forma que los diversos “colores orquestales” –aún manteniendo sus propias características– se fundan; la búsqueda común de la mejor expresión, todo esto constituye un “gimnasio” formidable, no sólo en el plano artístico y profesional, sino en el perfil humano global.
(Palabras dirigidas al Presidente de la República Italiana, Giorgio Napolitano, tras el concierto ofrecido en honor del Papa por el quinto aniversario de su elección).
Wednesday, April 28, 2010
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