Wednesday, April 14, 2010

La Resurrección de Cristo es la prueba más grande de nuestra fe

La Pascua de Cristo es el acto supremo e insuperable del poder de Dios. Es un acontecimiento absolutamente extraordinario, el fruto más bello y maduro del “misterio de Dios”. Es tan extraordinario que resulta inenarrable en esas dimensiones suyas que escapan a nuestra capacidad humana de conocimiento y de investigación. Y sin embargo, este es también un hecho “histórico”, real, testimoniado y documentado. Es el acontecimiento que funda toda nuestra fe. Es el contenido central en el que creemos y el contenido principal por el que creemos.

El Nuevo Testamento no describe la Resurrección de Jesús en su realización. Refiere sólo los testimonios de aquellos a quienes Jesús en persona encontró después de resucitar. Los tres Evangelios sinópticos nos relatan que ese anuncio – “¡Ha resucitado!” – es proclamado inicialmente por unos ángeles. Es por tanto un anuncio que tiene origen en Dios; pero Dios lo confía en seguida a sus “mensajeros” para que lo transmitan a todos. Y así son estos mismos ángeles los que invitan a las mujeres, llegadas de buena mañana al sepulcro, a que vayan en seguida a decir a los discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis” (Mt 28,7). De esta forma, mediante las mujeres del Evangelio, ese mandato divino alcanza a todos y a cada uno para que, a su vez, transmitan a otros, con fidelidad y con valor, esta misma noticia: una noticia bella, alegre y portadora de alegría.
(Audiencia General en la Plaza de San Pedro. Ciudad del Vaticano, 13-4-2010)

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